Mujeres, guerra, ideales – por José Miguel Hernández

La miliciana Marina Ginestà - Hans Gutman, conocido como Juan Guzmán - EFE

En el New Cemetery de Ashford (Kent, Inglaterra) reposan los restos mortales de Simone Weil, una mujer que vivió intensamente. Hoy día su figura constituye un referente imprescindible en la historia de la corriente intelectual crítica con las contradicciones políticas y sociales de la primera mitad del siglo XX. Nacida en París el 3 de Febrero de 1909 su familia poseía un gran nivel cultural, lo cual favoreció el desarrollo de las aptitudes e intereses intelectuales de Simone: el estudio de la Antigüedad, la poesía y la novela. Sin embargo, su atención se fue decantando claramente hacia la Filosofía. Entre 1925 y 1928 escribió algunos trabajos que anunciaban los temas que aparecerían en su obra posterior: el sacrificio y la aceptación del dolor, la fidelidad y el compromiso personales. La lectura de autores como Hegel, Platón, Spinoza, Kant, Pascal y San Agustín configuró su talante, ciertamente inconformista hacia los acontecimientos que estaban teniendo lugar en la década de los años 30: crisis económica, injusticia social, peligroso aumento de la tensión política internacional…

Desde 1927 Simone Weil mostró públicamente su posición de firme defensora de la Paz: distribuyendo manifiestos por las calles, junto a otros compañeros del grupo «Volonté de Paix», se sumó a las peticiones de desarme general. Su militancia política estuvo dirigida a lograr un aumento de la conciencia social de los trabajadores, animando a su resistencia frente al poder y recordando en todo momento cuál ha de ser la función que han de ejercer los titulares de dicho poder. En 1931 obtuvo una plaza de profesora en el Instituto Femenino de Puy, lo cual le permitió llevar una vida de mujer adulta pero sin olvidar su actividad política: colaboró en los cursos para obreros y, en muchas ocasiones, repartió su salario entre aquellos que habían quedado en situación de paro y defendió en todo momento la independencia sindical frente a los evidentes deseos de control que manifestaban los partidos políticos.

El ascenso del Fascismo y el Nazismo impulsó a Simone Weil a conocer la situación política en primera persona. Viajó hasta Alemania y allí mantuvo contactos con miembros de los grupos de una izquierda que, cada vez en mayor medida, estaba siendo sometida a la tiranía de una burocracia que hacía ya mucho tiempo que había olvidado sus ideales. La URSS era dirigida por la voluntad política de Stalin al igual que, en Alemania, se aproximaba un totalitarismo de signo diferente, pero con grandes puntos de semejanza con el soviético. Cansada y desengañada de una política que se había burocratizado en exceso, Simone Weil decidió en 1934 entrar a trabajar en una fábrica, pues consideró que había que experimentar aquello sobre lo que había escrito. Fue entonces cuando descubrió la alienación del obrero y el dolor físico tras interminables horas de trabajo en un ambiente laboral casi cuartelario. El estallido de la Guerra Civil en España (1936) supuso una nueva ocasión en la que trabajar por una causa que ella entendió como noble y justa. Visitó el frente del Ebro y allí fue acogida por la columna Durruti. En sus memorias relató un suceso que la impresionó mucho: dos anarquistas le contaron que unos comunistas capturaron a dos sacerdotes. A uno lo mataron de un disparo y le dijeron al otro que podía irse. Cuando se había alejado unos veinte metros dispararon a éste, causándole la muerte. El que se lo contó estaba muy sorprendido porque este hecho no le hiciera gracia.  Una vez más, volvió a perder la fe en lo que ella, al igual que muchos otros en aquella época, consideró como la revolución que acabaría con la injusticia. En su lugar no vio sino las claras directrices estalinistas que tan fuertemente había ella criticado y a las que con tanta fuerza se había opuesto.

Una mujer como ella solo pudo actuar con tanta determinación gracias a una sólida vida interior. Creyó firmemente en la necesidad de un mundo más justo y creyó que, finalmente, así sería. Sin embargo, la dura realidad le llevó nuevamente a cuestionarlo todo. Su condición de judía le provocó muchos problemas en un país, Francia, que había sido ocupado por las tropas de Hitler. Fue apartada de su labor docente debido a las leyes antisemitas y se vio obligada a marchar al exilio en 1942. Desde Nueva York trató de unirse al movimiento de la resistencia contra los alemanes: viajó a Londres e intentó pasar a Francia con la firme voluntad de combatir. Sus deseos, una vez más, no se cumplieron pues sólo consiguió un puesto en la organización “Francia Libre», donde se dedicó a redactar informes. En Abril de 1943 se le diagnosticó tuberculosis y, poco tiempo más tarde, el día 24 de Agosto del mismo año, moría en un sanatorio de campaña a la temprana edad de treinta y cuatro años. Atrás había quedado el último gesto de solidaridad para con sus compatriotas franceses que vivían bajo la ocupación nazi: se negó en rotundo a ingerir más alimento del que ellos pudiesen comer.

Esta pequeña nota biográfica sobre Simone Weil inicia una pequeña aproximación a la historia de la presencia y participación de las mujeres en la Guerra Civil Española, participación que es anterior al mismo conflicto, pues está bastante claro que las mujeres se implicaron en el proceso de cambio político que se desarrolló en España durante los años republicanos. Movidas por ideologías opuestas, su participación nos acerca a un relato historiográfico que, en líneas generales, no ha gozado de la suficiente presencia que sí  han tenido sobre el conflicto armado los aspectos políticos y militares, así como de las complejas relaciones internacionales previas al estallido de la Segunda Guerra Mundial.

El punto de arranque lo constituye la proclamación de la Segunda República Española en Abril de 1931. De este trascendental hecho, y refiriéndome a los cambios habidos en la situación de las mujeres, quisiera destacar la aparición de dos revistas esenciales. La primera es “Mujeres libres”, ligada al mundo anarquista y como un grupo dentro del más amplio Movimiento Libertario español. Su publicación se inició en Abril de 1936 y finalizó en Febrero de 1939. El título de esta revista utilizó el mismo nombre de la organización integrada por mujeres pertenecientes a la clase obrera, que llegó a tener un total aproximado de veinte mil afiliadas. Los objetivos de ésta eran contribuir a la emancipación de lo que se denominaba la “triple esclavitud”: la que provoca la ignorancia, la de ser mujer en función de las expectativas del hombre y la que limitaba sus horizontes en el terreno laboral. Todos los escritos que aparecieron estaban firmados por mujeres y ningún hombre fue invitado a escribir en sus páginas, justo lo contrario de lo que ocurrió en la otra revista, “Y”, aparecida a instancias de la Sección Femenina de Falange Española. Efectivamente, la gran mayoría de los artículos estaban firmados por hombres que hacían hincapié en los valores femeninos y morales derivados del catolicismo que definían la españolidad. La finalidad de la revista era de tipo cultural, pero también de entretenimiento, defendiendo un modelo de mujer homogénea en una sociedad que aspiraba a instaurar un modelo totalitario, militarizado, en el que la mujer aparecía como el complemento para la asistencia y alivio de los hombres.

Es importante remarcar que ambas revistas surgieron antes de iniciarse la Guerra y que ambas se posicionaron ante la misma. Por ejemplo, y en el caso de “Mujeres Libres”, perdió peso el mensaje de género y ganó terreno lo referente a la revolución y la lucha. En sus páginas se defendió que, para conseguir la victoria, la aportación de las mujeres a la guerra debía localizarse en la retaguardia, desempeñando labores de asistencia y de sustitución en los puestos de trabajo que antes ocupaban los hombres. Pero, por otra parte, el carácter heterogéno y diverso de Mujeres Libres también explica que no fuese una postura única y, así, también se consideró que la agresión organizada que se estaba produciendo, no se podía contener con ternura femenina y razonamientos humanitarios si es que se quería luchar por la defensa de la vida. Por ello algunas mujeres sí que empuñaron las armas y se integraron en las denominadas “Milicias Populares”, a las que me referiré más adelante. Como se verá, esta situación no duró demasiado: las mujeres fueron retiradas de los frentes de combate debido a la presión del gobierno republicano e, incluso, de los círculos revolucionarios. El desafío era demasiado extraordinario en la España de entonces.

Mientras tanto, la postura de las mujeres falangistas guardaba cierta similitud: de ser un reducido grupo pasaron a ser la organización con más poder en la España dominada por Franco. En Julio de 1937 se concedió a la Sección Femenina la misión de construir una masa fuertemente ideologizada que, en 1939, alcanzaría un total de medio millón de integrantes. Movidas por la idea de que la femineidad era absolutamente compatible con el patriotismo se entiende que, en  la retaguardia y alejadas de los frentes de combate, las mujeres, siempre en su puesto, ejemplares y sencillas, debían desarrollar labores de tipo asistencial: atención y cuidado a los heridos y enfermos, organización de los comedores infantiles ( fundados por Mercedes Sanz Bachiller), trabajo en los lavaderos, cuidado de los niños y, también, misiones de espionaje (que llevaron a cabo en la denominada “Quinta columna”).  Esa era la forma en  que la mujer, que siempre había participado en las guerras, debía hacerlo: cuidar del orden de la casa, orar por el soldado que está en la lucha y, cuando todo se hubiese perdido, combatir como lo hizo Agustina de Aragón o las mujeres del 2 de Mayo de 1808 en Madrid.

Al empezar la Guerra las mujeres de la Sección Femenina tuvieron que actuar en la clandestinidad en el territorio controlado por la República. A través de una red denominada Auxilio Azul, fundada por María Paz Martínez Unciti, llegó a tener cerca de seis mil afiliadas que se dedicaron a ayudar a los refugiados y perseguidos, entregándoles documentación falsa, proporcionando alojamiento, ropa y comida. Las reuniones se realizaban en las casas de las afiliadas y el procedimiento para el reclutamiento era el de la amistad. Funcionaban de manera muy eficaz y la prueba de ello es que su organización no fue detectada jamás por las autoridades gubernamentales. Pero ello no evitó que algunas fuesen descubiertas, detenidas e interrogadas:  María Dolores Moyano, las hermanas María del Carmen y Elia González, María Luisa Terry, Olvido Serrano y Concepción Garrido, entre otras, guardaron silencio en los interrogatorios previos a los juicios que las llevaron a la muerte, manteniendo su fidelidad hacia los ideales falangistas. A la muerte de la fundadora, producida en Vallecas y por disparo en la nuca el día 31 de Octubre de 1936 tras su detención e interrogatorio en la checa de Fomento, su labor fue continuada por su hermana Carmen Unciti.

Pero Madrid no fue el único escenario donde actuaron las mujeres falangistas. En Aragón, por ejemplo, tuvieron también un papel muy destacado las hermanas Jesusa y Juliana Lacambra, que fueron detenidas y fusiladas por llevar a cabo labores de propaganda. Rosa Bríos Gómez, telefonista en Alcañiz, permaneció en su puesto tras entrar las tropas del ejército republicano, que acabó con su vida. María Moreno, mientras llevaba alimentos al frente de combate, falleció de un disparo procedente de un soldado enemigo.

No puede olvidarse la participación, en Navarra, de las denominadas “Margaritas”. Su origen se sitúa algunos años anteriores a la Guerra, en 1919. Bajo el nombre y modelo de doña Margarita de Borbón, esposa de Carlos VII, se aglutinaron un conjunto de mujeres que desarrollaron su actividad en domicilios e instituciones benéficas. Pero en Febrero de 1936, cuando la tensión y polarización política no auguraba nada bueno, el Secretariado Nacional de Margaritas envió una circular en la que ordenaba de forma urgente la organización de cursillos clandestinos de enfermería para sus miembros, donde se enseñara lo indispensable para las curas de urgencia, colocación de vendajes o desinfección de heridas. Las “Margaritas” eran   llamadas así por su militancia en la Comunión Tradicionalista carlista. Apoyaban y difundían un modelo femenino de tutelaje de la familia y claramente contrapuesto al desarrollado por las sociedades liberales, republicanas o izquierdistas. Su labor era la confección de uniformes, avituallamiento de las columnas de requetés y trabajo en los hospitales como enfermeras. Según un diario carlista, la mujer no podía ser soldado pues por su temperamento y vocación no aspira a herir, sino a curar; no podía disparar el fusil como una miliciana, sino orar y trabajar como una cristiana. Ligada a las “Margaritas” hay que mencionar la organización “Socorro Blanco”, creada a principios de 1933. Dirigida por María Rosa Urraca Pastor, su objetivo era el apoyo y asistencia a partidarios del Tradicionalismo Carlista y, en general, de aquellos católicos que estuvieran necesitados o perseguidos a causa de sus ideas. Colaboraron con la Quinta Columna, recaudando dinero para los emboscados y consiguiendo liberar a presos mediante el soborno de dirigentes republicanos. Contaban con personas de confianza entre los funcionarios de prisiones y difundían los partes de guerra del bando franquista. También algunas integrantes de las “Margaritas” de la Comunión Tradicionalista encontraron la muerte defendiendo sus ideas. De todas ellas quiero hacer memoria de las seis mujeres que tras ser torturadas en diferentes checas de la ciudad de Barcelona, fueron fusiladas en Montjuic el 11 de Agosto de 1938: Joaquina Sot Delclòs, Sara Jordà, Rosa Fortuny, Carme Vidal, Catalina Viader y María  Luisa Gil.

Cuando George Orwell llegó a Barcelona el 26 de Diciembre de 1936 vio algo que le llamó mucho la atención: algunas mujeres, las milicianas, vestían mono azul y empuñaban un arma de fuego. Lo que para los hombres significaba un símbolo de identidad política era, en las mujeres todo un desafío a la apariencia e indumentaria tradicional. No obstante, pasadas las primeras semanas de guerra, la mayoría de las mujeres de la clase obrera rechazaron este atuendo y optaron por un modo de vestir más tradicional y respetable, acorde con el modelo femenino. Pocas organizaciones femeninas toleraron la adopción del atuendo revolucionario y la prensa diaria siguió mostrando en sus anuncios publicitarios una imagen de mujer más acorde con la estética europea de los años 30. El gran entusiasmo que provocó la fase inicial de la Guerra se fue transformando lentamente y, de unos primeros carteles que presentaban a las milicianas como jóvenes atractivas y de silueta estilizada, que recordaban con actitudes varoniles y agresivas a los hombres que tenían que cumplir con su deber e integrarse en las Milicias Populares Antifascistas, se pasó a considerar que su participación en el frente de combate no hacía sino obstruir el desarrollo del conflicto. Parece bastante claro que, una vez más, la imagen de la mujer fue instrumentalizada. Hacia finales de Diciembre de 1936 la consigna defendida por el gobierno republicano y las organizaciones políticas de izquierda era: los hombres al frente y las mujeres a la retaguardia. El consenso político, la definición del Ejército Regular de la República y la opinión de muchas mujeres que pensaban que el papel militar no era el más adecuado para ellas: su naturaleza las llevaba a la búsqueda de la paz y estar en la guerra les parecía algo inadmisible. Habría que añadir que el rechazo a la presencia de las mujeres en los frentes estuvo motivado por insistentes rumores y acusaciones que situaban a las milicianas como prostitutas y responsables de los estragos que provocaban las enfermedades venéreas y, también, de espías colaboradoras de la Quinta Columna. No se habló en estos rumores de los casos de acoso sexual que se produjeron en los grupos de milicianos. Desde los inicios de 1937 los carteles apenas proyectaron la imagen de la miliciana que estaba llamada a jugar un papel decisivo en los combates.

Pero sería una injusticia e inexactitud histórica no hacer memoria de las mujeres que en las primeras semanas de lucha armada se comprometieron con la misma, rompiendo así las barreras que las mantenían aisladas. Fue un hecho que las mujeres se comprometieron en múltiples actividades de guerra, respondiendo así a la llamada que hicieron los partidos y desempeñando una compleja serie de funciones en tareas de apoyo, o como consejeras políticas, además de estar presentes en el frente de batalla y prestar asistencia a los enfermos y heridos, ayudando en el transporte de material. Quedaron en segundo plano, al menos temporalmente, las virtudes tradicionales de diferencia y recogimiento, dándoles una visibilidad pública colectiva. Finalmente, y como se ha mencionado anteriormente, las mujeres quedaron destinadas a ocupar los puestos de trabajo que habían dejado vacantes los hombres y confeccionando ropa para los soldados del frente mientras mantenían el cuidado del hogar. Una pregunta recurrente en la investigación histórica es la razón o razones que llevaron a estas mujeres a ingresar en las milicias. La respuesta que la historiografía ha dado es triple: porque les permitió asumir un papel nuevo, porque pudieron acompañar a sus maridos o novios y porque consideraron que la situación de agresión que estaba viviendo en España exigía una respuesta firme y decidida en consonancia con sus ideas. 

Rosario Sánchez, de la Juventud Socialista Unificada; Conchita Pérez, miembro de la CNT, al igual que Casilda Méndez; Lena Imbert, maestra y miembro del Partido Comunista… todas ellas consideraron que las mujeres podían ser excluidas de la batalla. De los relatos que nos han quedado sobre ellas llama la atención la reacción de los milicianos cuando las veían actuar, pues pensaban, esperaban que su comportamiento fuese diferente pero terminaron por reconocer su valor y coraje, igual que el de cualquier hombre. Casilda Hernáez y Encarnación Hernández (las dos estuvieron en la Batalla del Ebro, entre julio y Noviembre de 1938) consiguieron puestos de mando en tropa al igual que Ana Carrillo, Aurora Arnáiz y Enriqueta Otero. No puedo acabar estas notas sobre las milicianas sin referirme a dos, especialmente significativas.

La primera de ellas, Mika Etchebéhère, que fue una militante comunista nacida en Argentina en 1902 y fallecida en París a la edad de noventa años. Vino a España en Febrero de 1936, con el triunfo del Frente Popular y, en Julio de ese mismo año, se unió junto a Hipólito, su marido, a una columna del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). En el combate por la toma de la localidad de Atienza (Guadalajara) su marido murió y Mika le sucedió en el mando, alcanzando el grado de capitán. No ocupó mucho tiempo dicho puesto pues fue detenida en Abril de 1937. Interrogada en una checa y acusada de espía trotskista por el mando republicano que, en ese año, estaba fuertemente controlado y mediatizado por las indicaciones de Stalin, fue salvada de la muerte por su amigo, Cipriano Mera, militante anarcosindicalista y teniente coronel del ejército de la República. Se le impidió regresar a la milicia y permaneció en Madrid hasta pocos días antes del fin de la Guerra. Su testimonio como miliciana ha quedado reflejado en un libro muy revelador: “Mi guerra de España” y, en 2012, apareció la novela que recrea su historia: “La Capitana”, obra de la escritora argentina Elsa Osorio.

La segunda fue Lina (Paulina) Ódena, destacada dirigente de la Juventud Socialista Unificada y Secretaria Nacional del Comité Nacional de Mujeres Antifascistas. Nacida en Barcelona en 1911, en la zona del Eixample, sus padres eran sastres. Al estallar la Guerra se encontraba en Almería, en un Congreso del Partido Comunista y, de regreso de un viaje a Madrid en Septiembre de 1936 para conseguir armas, el chófer se equivocó de camino y acabaron encontrándose con un control de Falange. Ante la perspectiva de ser detenida y, tras un breve enfrentamiento armado, Lina prefirió suicidarse utilizando la última bala que le quedaba. Su muerte fue presentada como muerte en acción de guerra, convirtiéndola así en arquetipo de la heroína. Su rostro apareció en la portada de la revista Crónica correspondiente al día 4 de Octubre de 1936 pero, lentamente, y aunque un batallón de milicianos llevó su nombre y se le dedicó una plaza en Málaga, su recuerdo se fue diluyendo, como el de tantas otras.

Las mujeres también aportaron su visión del conflicto a través de la Prensa. Y también algunas perdieron la vida en el cumplimiento de su trabajo. El ejemplo más paradigmático de ello lo constituye la figura de Gerda Taro, fotoperiodista alemana que en Febrero de 1936 comenzó a trabajar para Alliance Photo Agency. Nacida en 1910, en la localidad de Stuttgart y en el seno de una familia judía de emigrantes polacos, huyó de Alemania tras la subida de Hitler al poder, en 1933. Llegó a Barcelona en compañía de Robert Capa, también fotógrafo y compañero sentimental de Gerda, al inicio de la Guerra y fueron testigos de diferentes episodios de la misma, publicando sus trabajos en revistas como “Regards” o “Vu”. Pero Gerda Taro también llevó a cabo reportajes en solitario en los que mostró la imagen de una guerra que se había ensañado duramente con la población. Son realmente espectaculares las imágenes de mujeres y niños, de los soldados en el fragor de la batalla o de las víctimas mortales tras un bombardeo de la aviación. Y sería su reportaje sobre la primera fase de la Batalla de Brunete el que le daría un gran prestigio al publicarlo en “Regards” el 22 de Julio de 1937. Sin embargo, también sería en esta batalla, durante su segunda fase, la que marcaría el fin de su vida: intentando obtener las mejores fotos del avance de las tropas de Franco y de la retirada de las tropas republicanas tuvo un accidente en el que su cuerpo fue arrollado por un tanque. Trasladada al hospital inglés de El Escorial, moriría en la madrugada del 26 de Julio de 1937, seis días antes de cumplir 27 años.

Sin embargo, la primera periodista fallecida en zona de conflicto no fue Gerda Taro sino Renée Lafont. La reportera francesa cubría la Guerra civil en el frente de Córdoba para el diario francés “Le Populaire” cuando en Agosto de 1936 fue detenida por soldados franquistas, ejecutada el 1 de Septiembre de 1936 y enterrada en una fosa común del cementerio cordobés de La Salud. Una periodista francesa, Maïtena Biraben, que es pariente lejana de Renée, está en la actualidad rescatando su memoria.

Virginia Cowles y Marta Gellhorn fueron dos periodistas que merecen una mención particular. La primera de ellas, norteamericana, pasó de escribir sobre moda a ser enviada a cubrir la Guerra en 1937, lo que hizo desde los dos bandos enfrentados. Sus artículos eran extensos (entre seis y siete páginas) y describían la vida en Madrid, los bombardeos sobre Barcelona en 1938, la caída de Santander y la destrucción de Guernika, donde supo que la ciudad había sido bombardeada por aviones alemanes e italianos, relato que desmentía la versión que responsabilizaba a los republicanos de su destrucción, versión difundida por la propaganda franquista. De su experiencia como periodista de guerra ha quedado su libro, recientemente editado en castellano: “Complicarse la vida: Una reportera en zona de conflicto (1937-1941)”. Casada con Adrian Crawley, político británico, moriría en 1983, víctima de un accidente automovilístico.

Cowles fue muy amiga de la segunda periodista que destaco: Marta Gellhorn, también norteamericana. De formación progresista y liberal, fue enviada a España por la revista Collier´s en Marzo de 1937. Alojada en el Hotel Florida, fue allí donde redactó su primera crónica sobre la Guerra en Julio de 1937 y que llevaba por título “Sólo gimen los obuses”. Amiga de Eleanor Roosevelt, esposa del presidente norteamericano, describió en Febrero de 1938 la ciudad de Barcelona como una ciudad donde era visible el hambre, el terror y la miseria que reinaba en las calles. Los constantes bombardeos y el colapso inminente no impedían que la propaganda oficial del gobierno republicano siguiese proclamando que la victoria final estaba cada día más cerca. Tercera esposa del escritor Ernest Hemingway, acabaría suicidándose en 1998, a los 89 años.

No pueden dejarse en el olvido periodistas como Kati Horn, fotógrafa de militancia anarquista que estuvo en Barcelona y en Valencia y publicó sus trabajos en las revistas “Tierra y Libertad”, “Tiempos Nuevos” y “Mujeres Libres”. De la inglesa Nancy Cunard, destacada activista social y corresponsal del diario “Manchester Guardian” es importante señalar que en 1937 envió un cuestionario a intelectuales de todo el mundo con el objetivo de apoyar a la República. Al acabar la Guerra se dedicó a ayudar a los refugiados españoles que se oponían a Franco y no podían regresar a España.

Tina Modotti, Josephine Herbst, Elizabeth Debble, Lilliam Hellmann, Katherine Atholl, Leah Manning, Charlotte Haddane,Ilse Kulcksar, Dorothy Parker, Virginia Wolff: en los escritos de todas ellas se aprecia la defensa de la República pero, también, hubo mujeres que apoyaron la causa de los sublevados. De origen aristocrático y favorables a una política conservadora, muy críticas con la actuación del gobierno republicano para con la Iglesia Católica, son remarcables Eleonora Tennant, Florence Flomborough (que formó parte de la plantilla de la Radio de Franco, traduciendo y emitiendo programas de propaganda) y Priscilla Scott-Ellis, que trabajó como enfermera en el ejército franquista.

Al igual que ocurre en la actualidad cuando estalla una guerra, también en el caso español hubo una gran respuesta internacional de ayuda de carácter humanitario. Es el caso del “Comité Internacional de la Cruz Roja”, del “Servicio Civil Internacional”, de “Save the Children” y de la “Sociedad Cuáquera”. Y en todas ellas participaron de forma activa las mujeres: Emma Cadbury, Thelma Cazalet, Lydia Ellicott, Suzanne Ferriere,Eglantine Jebb, Regina Kägi, Lea Manning, Farah Mendelsohn, Inez Muñoz, Elise Thomson, Celia Baker, Winifred Bates, Noreen Branson, Isabel Brown. Todas ellas procedían de ámbitos muy diversos: parlamentarias, maestras, escritoras, activistas… todas ellas de merecido recuerdo, de la misma forma que las enfermeras, presentes en todos los conflictos de la época contemporánea y a las que hago referencia a continuación

En el caso español hay que decir que el colectivo de enfermería profesional (enfermeras, matronas y practicantes) se adaptó a las dos realidades políticas. La primera, republicana, altamente politizada y fraccionada y, la segunda, donde todos los partidos políticos fueron disueltos, a excepción de Falange. El gobierno republicano puso en marcha numerosos cursillos de enfermería para compensar la marcha del personal sanitario con las unidades militares. De estos cursillos de formación surgió la Cruz Roja Republicana.  En el bando sublevado los médicos fueron militarizados y la respuesta de la clase de enfermería fue muy generosa: Cruz Roja Española, las anteriormente citadas como “Margaritas”, integrantes de Órdenes religiosas y militantes de Acción Católica. En ambos bandos las enfermeras se dedicaron al cuidado de una sociedad desgarrada formada por civiles y combatientes heridos.

Cerca de los frentes se abrieron hospitales de sangre para atender a los heridos. Estos hospitales se instalaron en escuelas, conventos, palacios, casas y trenes, pues había que atender la enorme demanda de asistencia que reclamaba una guerra que se consolidaba y se anunciaba como de larga duración. Fue esta demanda la que atrajo a enfermeras de Inglaterra, América del Norte, Francia, Holanda y Australia: Agnes Hodgson, Thora Silversthorne, Ruth Omesby, Dorothy Ruther, Valentine Ackland y Patience Darton, militante comunista. Fue enfermera en el Hospital de Valencia y otros frentes antes de prestar sus servicios en Falset, en el hospital que se instaló en una cueva durante la Batalla del Ebro. Su vida ha sido estudiada por la historiadora Ángela Jackson en un libro muy recomendable: “Para nosotros era el cielo”.

Las enfermeras también fueron víctimas de violencia gratuita en la Guerra Civil y sobre ellas se citan dos obligadas referencias. La primera es la relativa a los sucesos del Hospital psiquiátrico de Cadellada, en Oviedo. Cuando entre Septiembre y Octubre de 1937 cayó el frente de Asturias los soldados del ejército franquista detuvieron a varias personas de dicho hospital, que fueron fusiladas. A continuación se organizó una fiesta en la que se obligó al personal femenino de enfermería a preparar la comida y participar en una fiesta en la que, finalmente, serían maltratadas y violadas. No contentos con ello, los soldados obligaron a las mujeres a ir a un bosque donde serían obligadas a cavar sus tumbas para, después, ser asesinadas. Las excavaciones sacaron a la luz un total de 17 esqueletos, de los cuales 11 eran de mujeres. Todas ellas vestían su traje de enfermeras.

La segunda referencia se localiza en el Hospital de Somiedo, entre las provincias de León y Asturias. El 27 de Octubre de 1936 un grupo de milicianos de la República asaltó dicho hospital. Tres enfermeras que, además, eran militantes de Acción Católica, pudiendo haber escapado no lo hicieron y permanecieron atendiendo a los enfermos ingresados. Pilar Gallón, Olga Monteserin y Octavia Iglesias fueron detenidas y recluidas en la checa de Somiedo, donde sufrieron abusos sexuales. Trasladadas al campo del Palacio para ser ejecutadas pidieron la asistencia de un sacerdote, pero les comunicaron que el único sacerdote había sido fusilado. En el lugar de la ejecución se encontraban dirigentes republicanos y algunas mujeres que se habían ofrecido para participar el fusilamiento. Tres milicianas fueron las que, finalmente, dispararon.

Sobre la cuestión de la persecución y violencia hacia las mujeres que pertenecían a las Órdenes Religiosas de la Iglesia Católica no puedo sino remitir a los completos estudios publicados por los especialistas en el tema, entre ellos el de Antonio Montero Moreno.  De todas formas, sí haré referencia al de una religiosa teresiana de la Compañía de Enrique de Ossó, cuya historia personal se enmarca dentro de los primeros meses de la Guerra Civil. Como se sabe, en el territorio que fue leal al gobierno de la República se desató una terrible persecución hacia todos aquellos y aquellas que tuviesen algo que ver, directa o indirectamente, con la Iglesia Católica:  sacerdotes, religiosos, religiosas o seglares. En muchos casos, les dieron muerte sin mayores explicaciones como ocurrió con Miguela Rullan y Catalina Caldés, religiosas que se dedicaban al cuidado de los enfermos. O el de nueve monjas del Monasterio de San Francisco, primero torturadas y fusiladas después por los milicianos el 19 de Julio. Al acabar el mes de Septiembre de 1936 un total de 6.832 miembros del clero habían muerto ejecutados. De las 283 religiosas asesinadas una era la hermana de la Congregación de las Teresianas de Enrique de Ossó, Mercedes Prat, nacida en Barcelona en 1880 y que fue detenida el 23 de Julio por una patrulla de milicianos cuando en compañía de otra integrante de su comunidad, la hermana Joaquina Miguel, se dirigía a buscar un lugar seguro para refugiarse. Terminaron así los días de incertidumbre que comenzaron el 21 de Julio, cuando tuvo que abandonar la Casa Madre de San Gervasio. Pero se inició un tiempo de escarnio y malos tratos que acabó muy pronto. Una orden del Gobierno de última hora obligaba a respetar la vida de los religiosos detenidos, pero, en este caso, dicha orden no se cumplió. El jefe del grupo de milicianos comentó que había que matar a aquellas personas porque eran religiosos. Y así fue. A las diez de la noche del 23 de Julio, el grupo en el que estaba Mercedes Prat fue trasladado hasta un lugar de la carretera de la Rabassada, Sant Genís dels Agudells, camino al Tibidabo. Al llegar fueron divididos en dos grupos: por una parte, las religiosas teresianas y Catalina, monja franciscana; en el otro, la hermana Micaela, el hermano Pablo y Doña Prudencia, que era quien les había acogido en su casa para darles refugio. Un total de cinco hombres dispararon sus fusiles sobre ellos. Mercedes Prat quedó malherida, pero, poco después, al llegar otro coche con milicianos, los disparos de éstos terminaron con su vida. La hermana Joaquina Miguel lograría salvar la vida y, por su testimonio, sabemos lo que ocurrió aquella noche.

Ante la tumba que conserva los restos de la hermana Mercedes Prat, en la capilla del Colegio de Ganduxer, en Barcelona, guardo un respetuoso silencio y pienso en cuál hubiese sido su vida de no haberse producido tales acontecimientos. Pero el resultado es el mismo: ella, y las otras mujeres que han aparecido a lo largo de estas líneas, mantuvieron la esperanza, la seguridad y firmeza que hoy nos son necesarias para construir ese mundo que queremos. Por ello, por ellas, nuestro homenaje y recuerdo.

Fuentes consultadas:

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  • DIAZ HERNÁNDEZ, Onésimo “Mujeres protagonistas del Siglo XX” Editorial Base, Barcelona 2019.
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  • OTHEN, Gabriel “Las Brigadas Internacionales de Franco”  Ed. Destino. Barcelona 2007
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  • PRETUS, Gabriel “La ayuda humanitaria en la Guerra Civil Española” Comares Historia, Granada 2015.
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  • RUIZ, Julius “El Terror Rojo” Espasa, Navarra 2012
  • RUIZ MANJÓN, Octavio “Algunos hombres buenos” Espasa, Barcelona 2016
  • SÁNCHEZ BLANCO, Laura “Rosas y Margaritas. Mujeres falangistas, tradicionalistas y de Acción Católica asesinadas en la Guerra Civil Española” Editorial Actas, Madrid 2016
  •  SANTIRSO, Manuel/GUERRA, Alberto (eds.)”Mujeres en la guerra y en los ejércitos” Catarata, Madrid 2019

José Miguel Hernández López. Barcelona.
Colaborador, El Inconformista Digital.

Incorporación – Redacción. Barcelona, 17 Mayo 2020.

Nota: Mención en el episodio Simon Weill una filósofa guerrera y mística del siglo XX en el espacio Mujeres con Historia de Silvia Casasola en programa la Rosa de los Vientos de Ondacero.