Cada vez que contemplo el cuadro de los Matrimonios de Martín de Loyola con Beatriz Ñusta y de Juan de Borja con Lorenza Ñusta de Loyola de 1719 creada por los jesuitas de Cuzco no dejo de sorprenderme. En esta composición, en la que vemos a un lado a españoles conquistadores y a los incas derrotados, parece solucionarse todo con la unión de sus líderes por mediación del espíritu santo. Estamos ante la legitimación del poder colonial mediante la unión de linajes indígenas nobles con familias españolas vinculadas a la Corona y a la Compañía de Jesús. Es un mensaje muy potente que nos anticipa no solo el encuentro entre dos mundos diferentes, sino también del mestizaje, que fue producto de la unión de los españoles y los indios americanos. Esta realidad, que efectivamente, hoy podemos comprobar en toda Latinoamérica, se opone al tipo de colonialismo que practicaron los anglosajones en Norteamérica, y validaría para muchos la aventura española en las Indias como gran obra de civilización. Decir lo contrario seria situarse al lado de aquellos que siempre han querido hacer daño a la patria, a los propagandistas de la Leyenda Negra, y no es menos cierto que el nacionalismo de muchos Estados americanos atribuye sus males a los conquistadores —no tanto sus descendientes— que llevan quinientos años muertos. Pero la historia, como vamos comprobando en esta serie de artículos que voy publicando es tozuda, contradictoria, con sus luces y también sus sombras.

El 21 de diciembre 1511 un fraile dominico llamado Antón de Montesino pronuncia un sermón muy significativo a los encomenderos llegados de la Península, en el que denuncia el maltrato hacía los indígenas, que tendrá consecuencias, tanto para él y sus compañeros de la Orden de los Predicadores en La Española, como para todas las Indias que iban a conquistarse. El sermón, según nos cuenta Ramón Hernández Martín, no fue una iniciativa meramente individual, sino que fue la expresión de cuatro hombres más, motivados por el relato de un hombre atormentado llamado Juan Garcés que quiere ingresar en la orden, relatándoles lo que ha visto en la isla contra los indios.
Este hecho tendrá consecuencias. Primero, Fernando el Católico, intenta zanjar el asunto buscando un correctivo hacia la Comunidad de Santo Domingo, pero después de la visita de Antón Montesino ordena la creación de una junta de juristas y teólogos para reunirse en la ciudad de Burgos —y más tarde en Valladolid— para que examinaran las quejas en el gobierno de Las Indias. Y ahí trataran de elaborar unas leyes, que acallaran todas las voces y resolvieran las dificultades. El resultado de estas reuniones serán las Leyes de Burgos y Valladolid (1512-1513).
El teólogo Juan José Tamayo, estudioso de la polémica, nos llega a afirmar que
Aquel sermón no cayó en saco roto. Marcó el comienzo del cristianismo liberador, del reconocimiento de la dignidad de los indios y del respeto a la diversidad cultural y religiosa en Amerindia. Fue, asimismo, el germen de la teología de la liberación. Tres años después, Bartolomé de Las Casas renunciaba a su función de encomendero, se convertía en el defensor de los derechos de los indios y, según Fernández Buey, en el iniciador de la variante latina de la filosofía europea de la alteridad y de la tolerancia.
En cualquier caso, esto no sería más que el principio. Bartolomé de las Casas, que había sido encomendero y que luego se sumara a los dominicos, escribe y publica en 1552 su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, en donde denuncia los abusos de todo tipo por parte de los españoles sobre los indígenas durante la conquista. Su notoriedad será tal que llega a debatir con Ginés de Sepúlveda, que mantiene justo lo contrario, en la famosa disputa o controversia de Valladolid, y en la que —aunque parezca sorprendente— logra impones su punto de vista.

Pero había algo terrible que todas las crónicas recogen, aunque muchas veces subrepticiamente. Las enfermedades traídas por los españoles a las Indias estaban diezmando a la población indígena. El historiador Guillermo Céspedes del Castillo nos dice que en la Española en 1496 vivían en la isla 3.700.000 nativos de los que en 1540 solo quedaban 250. En el México central de los 20 millones en 1519 se pasa a los 16.800.000 en 1532, y a 2.600.000 en 1568. En 1608 solo quedan 1.069.295. La Nueva España no se recupera hasta 1650, y el Perú hasta 1750. Francisco Guerra, historiador y hombre de ciencias naturales por la Universidad de Alcalá de Henares, en el artículo Origen de las epidemias en la conquista de América nos dice que la viruela, el sarampión, la gripe, y el tifus, llegaron desde Europa y provocaron una enorme mortalidad entre los indígenas porque estos no disponían de defensas biológicas contra esas enfermedades.
Y esto sucedió desde el principio. Su tesis principal es que las plagas fueron un componente clave en la derrota de los Imperios azteca e inca durante la conquista. Robert H. Jackson, un investigador independiente radicado en ciudad de México, en el artículo Comprendiendo los efectos de las enfermedades del Viejo Mundo en los nativos americanos: la viruela en las Misiones Jesuíticas del Paraguay nos señala que las misiones, organizadas para proteger y evangelizar, fueron un foco de la propagación de los contagios de viruela. Mientras que Robert McCaa, de la Universidad de Minnesota, en el artículo ¿Fue el siglo XVI una catástrofe para México? Una respuesta basada en la demografía histórica no cuantitativa introduciendo métodos de la demografía moderna, matiza más la cuestión, porque afirma que se desconoce realmente cual era la población indígena a la llegada de los europeos.
Frente a todo esto había que poner orden en las Indias. De no hacerlo hubiera significado el fracaso del proyecto de conquista en el Nuevo Mundo. Así que legalmente, como comentamos anteriormente, se elaboran las Leyes de Burgos y Valladolid (1512), que fueron el primer intento de la Corona de regular la conquista, reconociendo que los indígenas eran personas libres, y por lo tanto, aunque pueda parecernos contradictorio, debían ser evangelizados, sin por ello eliminar la encomienda y el trabajo obligatorio; las Leyes Nuevas (1542), que surgen después de nuevas denuncias como las de Bartolomé de las Casas, mucho más estrictas, prohibiendo la esclavitud de los indígenas y buscando limitar el poder de los encomenderos; y en la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias, tenemos una compilación de las leyes acumuladas durante más de un siglo. Sin embargo, nada de esto evito el desastre: la muerte de los indígenas ya fuera por la explotación, el desplazamiento de pueblos, o por las plagas provocó una ruptura demográfica en el continente que tardaría mucho en restablecerse.
Por otro lado, la población europea que llegaba al continente fue en aumento, pero no era suficiente. En función del registro de los pasajes en la Casa de Contratación podemos decir que los peninsulares en los primeros momentos eran del orden de las 3.800 personas por año. Entre 1506 y 1560 llegaron 85.000, entre 1561 y 1600 alcanzaron 157.000, y entre 1601 y 1650 llegamos a la cifra de 194.000. En cuanto a Brasil, en 1550 llegaron 3.500, en 1600 alcanzaron los 35.000, y para 1650 llegamos a los 70.000. Esta es la población que una vez asentada en América llevan el nombre de criollos. En cuanto a los esclavos en las Indias se reciben hasta el 1600 a unos 75.000 Durante el siguiente siglo llegan 293.000. El 49% fueron a la Nueva España. En Brasil hasta 1650 llegaron 300.000 negros.
La clave estuvo en los mestizos. Desde los primeros momentos de la conquista de las Indias, a diferencia de lo que sucedería en América del Norte, la mayoría de peninsulares que llegaban al Nuevo Mundo eran hombres. La proporción durante mucho tiempo fue de 9 a 1. De ahí que pronto se produjeran uniones con las indígenas. De esto tenemos que los mestizos son los hijos de un español y una indígena. Pero también existen los mulatos, en función de la unión de un español y una negra. En función del léxico del momento podemos ver todo tipo de nombres a raíz de todo de uniones.
Podemos ver esto mejor a través del más famoso Cuadro de Castas creado en el siglo XVIII, que forma parte de toda una tendencia que produjo muchas más compasiones. Nunca se aplicó socialmente plenamente, pero es muy representativo tanto del mestizaje como de la nueva mentalidad del momento, paradójicamente ilustrada y más científica.

María Elisa Velázquez Gutiérrez del Instituto Nacional de Antropología e Historia en México, en el artículo Calidades, castas y razas en el México virreinal: el uso de categorías y clasificaciones de las poblaciones de origen africano nos aclara señala que en ese momento no hablaba de razas sino de calidades, en función de la condición social, origen y estatus, castas, que eran mezcla entre españoles, indígenas y africanos, y finalmente de origen africano, para los esclavos libres, libres y sus descendientes. Estas categorías no eran fijas y podían cambiar según el contexto social, económico o legal. Precisamente el hecho que un indígena se convirtiera en cristiano hacia que sus hijos ascendieran en la posición social.
Por su parte Verena Stolcke en Los mestizos no nacen sino que se hacen, nos afirma que el mestizaje en la América virreinal no era algo solo biológico, sino sobre todo social y legal. Ser mestizo no dependía solo del origen de los progenitores. La categoría podía cambiar según el estatus social a raíz de la educación, el trabajo, el reconocimiento legal, y la forma de vida. De ahí la afirmación de la autora de que los mestizos no nacen, sino que se hacen. Finalmente, Arturo Uslar Pietri en El mestizaje y el Nuevo Mundo nos dice que el mestizaje no es solo una mezcla biológica, sino que es también un proceso de creación de nuevas culturas, lenguas, costumbres y formas de vida. Para el autor América no es Europa trasplantada, sino una civilización nueva nacida del encuentro de pueblos.
Llegados a este punto encuentro conveniente referirme a dos fuentes mucho más alejadas en el tiempo. Propiamente del mundo los virreinatos. La primera de ellas es la del jesuita José de Acosta y lleva por título Historia natural y moral de las Indias (tomo 1 y tomo 2). Esta obra del siglo XVI es una descripción de la naturaleza, pero también de los pueblos indígenas, con reflexiones sobre la evangelización. Acosta, nos dice que en el Nuevo Mundo se está creando una mezcla biológica y cultural nueva, que es una consecuencia natural del contacto entre pueblos. Por su parte el cronista e historiador Inca Garcilaso de la Vega, quizá el más conocido de los mestizos, nos dejó Primera parte de los Comentarios Reales de 1609, y también Historia general del Perú de 1617, que también podemos consultar en línea.

Recapitulando. La conquista española provocó como hemos comprobado una ruptura y una hecatombe poblacional en América, intencionadamente a través de la guerra, la explotación y el traslado de los indígenas, porque buscaba la dominación del territorio y de los pueblos que en ellos había, pero también no intencional por la llegada de las plagas. Tzvetan Todorov afirma que «si alguna vez se ha aplicado con precisión a un caso la palabra genocidio, es a éste». Cada cual que saque sus conclusiones. Sin embargo, precisamente por esta ruptura la Corona española para recuperar la población de nuevo y poner a trabajar las Indias, permitió o favoreció la realidad del mestizaje, que, sumada a la evangelización, son lo que mejor define ese encuentro entre los pueblos, que mencionaban los cronistas. Pero las diferencias se mantendrán hasta nuestros días. Y para muchos fue un desencuentro. Esa es la virtud del debate. Hasta el punto de que después de la ruptura política entre este mundo colonial y España, en esa otra historia de independencia, los que fueran criollos mantendrán la hegemonía del poder en sus países. Pero esta ya es otra historia.
Francesc Sánchez – Marlowe. Barcelona.
Redactor, El Inconformista Digital.
Incorporación – Redacción. Barcelona, 8 Noviembre 2026.