Las fosas comunes – por Teresa Galeote

¿Cuántos Consejos de guerra se hicieron en España? Sólo en Cataluña se fueron más de 100.000. Hasta ahora no se ha realizado una investigación exhaustiva de aquellos hechos; lo que sí sabemos son sus consecuencias. Sostiene Rogelio Blanco, director general del libro, archivos y bibliotecas, que en el fichero general hay tres millones de fichas de personas que sufrieron la represión del Franquismo, pero que dicha información no está informatizada.

“Primero: en todo gremio que se produzca una huelga o abandono de servicio que por su importancia pueda estimarse como tal, serán pasados por las armas inmediatamente todas las personas que compongan la directiva del gremio y además un número igual de individuos de éste discrecionalmente escogidos. Segundo: que en vista del poco acatamiento que se ha prestado a mis mandatos advierto y resuelvo que toda persona que resista las órdenes de la autoridad o desobedezca las prescripciones de los bandos publicados o en lo sucesivo se publiquen también, serán fusilados sin causa propia”. Esta es la orden dirigida por el general Queipo de Llano a la Guardia Civil de Aznalcázar (Sevilla).

Miles de familiares de represaliados por el Franquismo llevan años buscando los restos de sus seres queridos; nada más natural que saber dónde están. Se vierte dolor sobre dolor al saber que les mataron y no saber dónde acabaron sus cuerpos. Un tiro, dos, cinco… y el cuerpo tirado en cualquier parte. Pueden existir varias palabras definitorias para describir lo que sucedió, pero creo que la más apropiada es Barbarie. Con total desprecio, esos cuerpos sin vida nunca fueron devueltos a sus casas. Primero, los familiares quedaban con la incertidumbre de no saber si regresarían. Después les llegaba la certeza de saber que les habían matado y, por último, la incertidumbre de no saber dónde estaban sus cuerpos. Aquellos actos pretendían aterrorizar a los familiares y a la sociedad. Hay un alto grado de sadismo en dichas acciones, que no sólo se infligía al asesinado, también a sus familias. Han sido ya exhumado algunos de esos restos, pero faltan casi todos. Bajo la tierra hay miles de ellos que esperan ser rescatados; son la prueba del terror.

Aquella barbarie se dio y se ha pretendido que quedase aprisionada entre los muros del silencio. No puede ser. La memoria es vida, el recordar nos humaniza y no se puede privar a las personas que olviden a los suyos, ni que olviden la tragedia vivida. Garzón ha solicitado a ayuntamientos y a la Iglesia información. Puede que también él pretenda saber, pero son las familias las llevan años reclamando ese derecho. Garzón se hace eco de las inquietudes y, de nuevo, se armó la polémica. “Se abren heridas”, dicen aquellos que no quieren que la dimensión de la tragedia se conozca; que salga a la luz los cuerpos que arrinconaron en cualquier parte. Quienes el silencio y el olvido piden solicitan lo imposible. La verdad encubierta no puede permanecer toda la vida y las heridas sólo pueden curarse cuando son tratadas debidamente. Es cierto que la verdad puede hacer daño, pero es necesario sacarla, aunque sea como terapia de una sociedad sufriente que permaneció en silencio; un silencio impuesto. Los familiares quieren el reencuentro con sus seres queridos, aunque ya sólo sean restos de lo que fueron. La ley de punto final no sirve. Una vez más, aquellos que obligaron al silencio y al olvido no hicieron sino acrecentar el deseo de saber el destino de los suyos; de aquellos cadáveres que se echaron a las cunetas, sobre los campos abiertos, o sobre barrancos. El juez Garzón pone en marcha los mecanismos para saber más. La Jerarquía eclesiástica bendijo el régimen franquista, al que consideraron una Cruzada, y pondrá todas las trabas posibles a la información que les sea solicitada.

Muchos de los que ejecutaron dicha represión y los que la dirigieron ya están muertos, pero queda el oprobio cometido con lo vencidos. Pretendían el exterminio; no querían oposición alguna. Había que extirpar el mal de raíz y además de matar a hombres y mujeres había que reeducar al resto y el miedo fue el agente más persuasivo; sobre todo a los infantes; posibles rojos, decían. La situación fue en sí misma una patología. No hubo la suficiente valentía para declarar nulos los juicios sumarísimos, en la Ley de Memoria Histórica recientemente aprobada en el Parlamento, pero debió hacerse. Eso sí, dejó una puerta abierta para que lo que está sucediendo ahora; para que los familiares puedan satisfacer parte de sus anhelos. Puede que de muchas de las víctimas no se llegue a saber el paradero; fueron tantas las barbaridades cometidas, y tan poca la caridad ejercitada con los que cayeron bajo las balas. La realidad supera a la ficción; fue una aniquilación premeditada. Las cárceles y los campos de concentración fueron los mecanismos para lograrlo, pero había más. Ahí estaban los trabajos forzados para redimir a los presos; “Redención de penas” lo llamaban. Una vez cometida la injusticia, les ofrecían realizar trabajos en la obras públicas; muchos de los encarcelados se acogían a ellas para terminar cuanto antes la condena impuesta. Algunos de ellos dieron su último aliento entre las piedras; cuánto sudor y sangre se derramaron sobre ellas, cuantos lamentos y llanto se escondieron entre. El sueño de la razón produce monstruos y fue eso lo que pasó en aquellos años de terror. España sufrió una tragedia colectiva que no puede ocultarse por más tiempo.

Teresa Galeote. Alcalá de Henares, Madrid.
Redactora, El Inconformista Digital.

Incorporación – Redacción. Barcelona, 21 Septiembre 2008.

Artículos relacionados: – Garzón y el sueño de la razón – por Teresa GaleoteLas otras huelgas – por Teresa Galeote