Ridley Scott no quiere a Napoleón – por Francesc Sánchez

Napoleón es malo, muy malo, en lo político, un hombre sin escrúpulos sediento de poder, y en lo personal un inmaduro maltratador. Siendo esto verdad o mentira, esta no es la cuestión en un personaje histórico, todo lo demás en la película de Ridley Scott, nada menos que la abolición de la servidumbre del Antiguo Régimen y la llegada de la modernidad tanto a Europa como al resto del mundo a través de las ideas de la Ilustración y la Revolución Francesa, entre los años 1789 y 1799, y el papel fundamental, por supuesto, que tuvo Napoleón Bonaparte en estas cuestiones, entre 1799 y 1815, antes de ser derrotado por la dureza del invierno en Rusia y una alianza de perdedores, es accesorio. Pero tampoco hace falta ser muy escrupuloso con el cine exigiéndole veracidad, explicación y contextualización histórica, el séptimo arte es libre y su objetivo fundamental es contar una buena historia para entretenernos. El caso es que esto, a diferencia de lo que sí hizo y muy bien el propio Ridley Scott en Los duelistas, basado en un relato de Joseph Conrad que lleva el mismo nombre, contándonos la historia de dos oficiales del Ejército de Napoleón que se baten en duelo mientras van subiendo en el escalafón, y ya, como todo el continente, han olvidado porque lo hacen, en esta nueva película no aparece por ningún lado.

Ni siquiera la propia definición de Napoleón que hace Scott de personaje nefasto, tanto en lo político como en lo personal, no llega a ser más que una caricatura de cualquier dictador de tres al cuarto, con la diferencia de que éste no lo era, que se merece terminar sus días solo y olvidado en la isla de Santa Elena. Está claro que Ridley Scott no quiere a Napoleón, y es lo que quiere que todos pensemos, sin entrar en como este mequetrefe en lo político y calzonazos en su relación de pareja, llegó a ser lo que fue, pero por lo que a mí respecta su caricatura solo me produce aburrimiento e indiferencia. Le ha querido dar mucho papel a Josefina, pero también la ha desaprovechado. De la relación ni hablemos. Solo hay una escena que me parece remarcable, y es la que, por maligna y cómica, me produjo una sonrisa, la del golpe de 18 de Brumario de 1799, es decir, el momento en que este pobre hombre, que como hemos visto era un don nadie, secuestra al Directorio y le obliga a que le acepten como Cónsul. Y esto es un golpe bajo que la propia historia le ha dado a Ridley Scott en las narices en su deconstrucción y desmitificación del personaje. La historia a veces tiene golpes escondidos y aunque no queramos mostrarlos terminan por aparecer lanzándonos el mensaje de que la vida, individual y colectiva, se abre siempre paso, aunque no queramos.

Pero falta algo, muy importante. Ridley Scott no solo se quiere cargar a Napoleón sino también al proceso revolucionario en Francia y en el resto de Europa, que fue hija tanto de Ilustración como de la movilización de los de abajo, y aquí ya estamos hablando de palabras mayores, porque la alternativa real en ese momento en el continente, sin menospreciar la bravura y valentía de los que se oponían a Napoleón cuando les invadió con su Ejército -en España hemos levantado toda la leyenda sobre esta cuestión, y a mí siempre me viene a aquella verdad que dice que en las Cortes de Cádiz había ideas sin fuerza y en el resto del país fuerza sin ideas-, era el Antiguo Régimen. Los ingleses, que ya habían hecho su propia revolución cien años antes, y de ahí en adelante levantaron un Imperio formidable, que tuvo que claudicar por cierto ante los colonos americanos -que forman también parte de toda esta historia que no nos ha contado Ridley Scott-, para ridiculizar a los revolucionarios franceses decían que lo único que aportaron los franceses a la historia europea fue la guillotina. Es lo mismo que nos ofrece Scott en su película, añadiéndole el cañón de Napoleón. Seamos un poco más serios, por favor. Pasada la tormenta, que tanto inquietaba a Inglaterra, un escritor muy talentoso como Charles Dickens fue mucho más atinado y sugerente en su Historia de dos ciudades al relatarnos porque se produjo el proceso revolucionario, y en que terminó todo, y que aspectos negativos, esto es importante, había también en la Inglaterra del momento.

Si os ha gustado la película, por favor, no me hagáis mucho caso. Pero si que os invito a que aprovechéis la ocasión para acercaros a que fue esto de la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas que cambiaron Europa y el Mundo para siempre.

Francesc Sánchez – Marlowe. Barcelona.
Redactor, El Inconformista Digital.

Incorporación – Redacción. Barcelona, 10 Enero 2024.