La amenaza nuclear durante la Guerra Fría vista por el cine – por Francesc Sánchez

General Leslie Groves, director del Proyecto Manhattan (dedicado a la investigación y desarrollo de la bomba atómica) - Wikimedia Commons

En el momento en que los Estados Unidos lanza las bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, el 6 de agosto y el 9 de agosto de 1945, se inicia oficiosamente la Guerra Fría entre el occidente capitalista liderado por Washington y el mundo comunista liderado por Moscú. Ambas naciones habían sido aliadas en su propósito de eliminar el fascismo de Europa, pero después de la Batalla de Berlín y el suicido de Hitler en su bunker, los vencedores, marcan distancias. Y esto iba a producirse levantando en alto esta verdadera espada de Damocles que fueron y siguen siendo las armas nucleares. El cine no podía obviar nada de esto que digo y pronto empezaron a proliferar una serie de títulos que al mismo tiempo que nos alertaban nos concienciaban sobre la amenaza. Mi propósito en este artículo es hacer un repaso de la Guerra Fría en sus diferentes etapas y hablar de esta relación existente entre la amenaza de una guerra nuclear y su influencia en la cultura expresada a través de unas cuantas películas indispensables.

Nuevo orden mundial

La derrota del nazismo fue posible por la invasión de Alemania y a ésta le precedió la división tanto de Berlín como del resto del país en diferentes sectores. Con la gran parte de Europa sucedió lo mismo: por la conferencia de Yalta y la de Potsdam se estableció que países quedaban bajo la tutela de los vencedores. En el filme Berlín Occidente (A Foreign Affair, 1948) de Billy Wilder vemos precisamente esto en una ciudad de Berlín arrasada, en la que sus habitantes intentan sobrevivir como pueden, a veces criminalmente como lo vemos en El tercer hombre (The Third Man, 1949) de Carol Reed por lo que respecta a Viena. Fue también un momento ilusionante en el que se crearon las Naciones Unidas y la Carta de los derechos humanos. Pero a la práctica imperaba la política de bloques impuesta por los Estados Unidos y la Unión Soviética y suponía el enfrentamiento en todos los niveles: en el político, democracia liberal versus democracia popular, en el económico, capitalismo de libre mercado versus economía planificada, y en el militar, OTAN versus Pacto de Varsovia. Nos vamos a detener en este último aspecto para señalar que la Organización del Tratado del Atlántico Norte se crea en el 4 de abril de 1949 y está integrada por los Estados Unidos, Francia, el Reino Unido, Canadá, Noruega, Bélgica, Países Bajos, Dinamarca, Luxemburgo, Islandia y Portugal. En cuanto al Pacto de Varsovia se crea el 14 de mayo de 1955 y lo integran la Unión Soviética, Albania, República Democrática Alemana, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, y Rumania. Como vemos en ambas organizaciones militares los países que las integran coinciden casi totalmente con el territorio que liberaron y ocuparon los que en su momento fueron aliados en contra del fascismo. Ambas organizaciones crean un sistema de seguridad colectiva, pero se establecen o refuerzan también todo tipo de relaciones económicas, sociales, políticas, y culturales. El armamento atómico desde entonces fue una amenaza real cumpliendo siempre también la función de la disuasión.

El enfrentamiento directo y abierto virtualmente quedó desplazado por las proporciones del mismo, pero durante toda la Guerra Fría hubo conflictos armados con enemigos interpuestos en los países que se habían emancipado de las metrópolis europeas. El más significativo en ese momento fue la Guerra de Corea (entre 1951 y 1953), en la que se enfrentaba el Norte apoyado por la Unión Soviética y China, y el Sur apoyado por los Estados Unidos. España aislada internacionalmente por el carácter de su régimen dictatorial nacional-católico, muy cercano durante la Segunda Guerra Mundial al nazismo alemán y el fascismo italiano, comprendió a la perfección el signo de los tiempos y la coyuntura internacional: Francisco Franco al mismo tiempo que declaraba a España como la reserva espiritual de occidente, y sus seguidores le reconocían como el centinela de occidente, se declaró abiertamente anticomunista, y propuso el envío de medio millón de soldados a combatir a Corea. Los soldados se quedaron en España, pero Estados Unidos recogió el guante y desde entonces se estableció una relación que con variaciones se mantiene hasta nuestros días. El resultado fueron los Pactos de Madrid de 1953 por los que se instalaban una serie de bases militares estadounidenses (tres aéreas, una naval, y diferentes estaciones de comunicaciones), y España, así pasaba a formar oficiosamente del sistema defensivo occidental, obteniendo a cambio el ansiado reconocimiento internacional: el 14 de diciembre de 1955 llegó la aceptación como un miembro más en las Naciones Unidas y el país se abrió al comercio internacional.

El mundo emancipado también entendió bien el signo de los tiempos y muchas de estas nuevas naciones en la Conferencia de Bandung de 1955 se declararon como el Tercer Mundo y fundaron el Movimiento de Países no Alineados. Sin embargo, como se comprobó en la Crisis de Suez de 1956 en el momento en que Nasser decide nacionalizar el Canal, y el conflicto armado con el Reino Unido, Francia e Israel, iba ser muy difícil escapar a la política de bloques y a los conflictos regionales.

Para complicar más las cosas, mientras en Port Said se intercambian los disparos, entre el 23 de octubre y el 10 de noviembre, se ha producido una rebelión en Hungría que es aplastada por los soviéticos. Nikita Jruschov, frente a la denuncia de Francia y la Gran Bretaña en las Naciones Unidas, relaciona los dos conflictos y amenaza con armas nucleares a Paris y Londres. Momento en que el presidente de los Estados Unidos, Dwight David Eisenhower, no queriéndose enemistar con todo el mundo árabe, exige el fin del conflicto a Francia y la Gran Bretaña [1].

De ahí que las metrópolis europeas, que en su tiempo tuvieron sus respectivos imperios coloniales después de Suez también comprendieron que no podían actuar al margen de las dos grandes superpotencias.

En 1959 se estrena una película muy significativa sobre los peligros de una guerra nuclear y los efectos de radiactividad. Se trata de La hora final (On the Beach) de Stanley Kramer. Ha habido un verdadero holocausto y sólo Australia ha quedado indemne. La historia cuenta la llegada de un submarino estadounidense a estas tierras en busca de supervivientes y la vida cotidiana de los habitantes. Sin embargo, la nube radiactiva terminará llegando y todos terminan enfermando.

Entonces en 1961 se levantó el Muro de Berlín, separando Berlín occidental y Berlín oriental, y desde entonces el término de Telón de Acero, que utilizó por primera vez Winston Churchill a finalizar la Segunda Guerra Mundial, tuvo su materialización física. En cuanto a nuestro tema el mismo año se produce un hecho que será el desencadenante de la mayor crisis entre las dos superpotencias hasta entonces: la revolución cubana erradicó la dictadura de Batista, y el régimen resultante liderado por Fidel Castro decide expropiar las empresas estadounidenses. Esto provoca que miles de exiliados cubanos, enviados, entrenados y armados por Washington lleven a cabo la invasión de Bahía de Cochinos, pero fracasan en el intento. Al igual que España se acercó a los Estados Unidos, Cuba hizo lo propio con la Unión Soviética.

Cuba se había transformado en un satélite firme de la URSS. Llegaban armas y asesores, y los cubanos suministraban al KGB un amplio y rico flujo de información sobre América Latina. En cuestión de meses, Moscú se encontró en disposición de actuar en el corazón de un continente al que hasta entonces no había soñado ni acercarse [2].

Esto es importante porque el conflicto de la Guerra Fría llega finalmente no sólo a Cuba si no a todo a toda América Latina. Desde entonces el continente estará en ebullición, se derrocarán dictaduras a través de revoluciones, y se llevarán a cabo golpes de estado, guerrillas y contra guerrilleros apadrinados por las superpotencias se enfrentarán durante muchos años. Pero aquí lo que más nos interesa es que los soviéticos de mutuo acuerdo con los cubanos, un año después de Bahía de Cochinos, deciden apostar fuerte y levar a cabo un plan para instalar misiles nucleares de medio alcance en la isla.

Existen varias versiones sobre el porqué de esta decisión. La más evidente era de tipo estratégico: en un momento en el que los soviéticos aún no disponían de misiles intercontinentales, los cohetes nucleares de alcance intermedio instalados en el Caribe, a escasos kilómetros de la costa norteamericana, amenazaban fácilmente Washington y el corazón de los EEUU. Por otra parte, parece que Jruschov planteó la operación como un desafío calculado que serviría para negociar con los norteamericanos la retirada de los misiles nucleares en Turquía, que amenazaban de cerca a la URSS, y la preservación del régimen castrista [3].

Toda esta historia que fue un verdadero pulso entre John F. Kennedy y Nikita Jruschov se cuenta muy bien en el filme Trece días (Thirteen Days, 2000) de Roger Donaldson. Kennedy decide imponer un bloqueo naval para evitar que lleven los barcos cargueros soviéticos que llevan los misiles a la isla, y Jruschov finalmente ordena el desmantelamiento de las rampas de misiles. Sin quitar importancia a Trece días, muy fiel a los hechos, sin embargo, quiero prestar más atención de forma pormenorizada a dos filmes indispensables sobre la amenaza nuclear que se rodaron durante estos años.

Peter George en 1958 publica el libro Red Alert en el que relata el inicio de un ataque nuclear hacía la Unión Soviética por parte de los Estados Unidos. La idea le interesa a Stanley Kubrick y tiene el propósito de hacer una película, sin embargo, en 1962 se publica el libro Fall State por parte de Eugene Burdik y Harvey Wheeler, que guarda mucha similitud con Red Alert, y que el productor Max Youngstein quiere convertir en una película con Sidney Lumet como director. Kubrick entonces decide iniciar un pleito por plagio en nombre de Peter George contra los autores de Fall State con el propósito de impedir que Max Youngstein haga su película. Finalmente, Stanley Kubrick no obtiene el necesario requerimiento judicial y ambos filmes verán la luz, y serán distribuidos bajo la columbia en 1964, estrenándose con unos meses de diferencia [4].

Coexistencia

Puntoto límite (Fail Safe, 1964) de Sidney Lumet es terror en estado puro. Nos encontramos en una reunión social de las clases altas en la que un analista fríamente expone en que consiste una guerra nuclear y su convencimiento que «ésta se puede ganar si se golpea primero y proporcionalmente», proponiendo en lugar de la Destrucción Mutua Asegurada, promovida por John Von Newman, la teoría de la «guerra nuclear limitada». Para el analista los supervivientes en Estados Unidos serían aquellos que se encuentren en habitáculos protegidos por el plomo: los oficinistas en grandes edificios y los criminales en prisiones, que se impondrían a los primeros, pero que finalmente sucumbirían a los oficinistas por su inteligencia y trabajo en equipo. Los Estados Unidos han situado una serie de escuadrones de cazabombarderos cargados con bombas atómicas en un punto límite de seguridad: en caso de amenaza ponen rumbo hacia la Unión Soviética y lanzan su mortífera carga. Esto es lo que les cuentan los militares a los dos congresistas que visitan la Sala de Mando cuando un fallo mecánico comunica una amenaza a uno de los escuadrones que automáticamente decide salir de su límite de seguridad. Frente a la eventualidad de que el enemigo pueda confundir a los pilotos nadie puede comunicarse con ellos después de la comprobación de su código de seguridad y su destino. Entonces en la Sala de Mando con conexión directa con el presidente se abren dos caminos: los que piensan que deben colaborar con los soviéticos para derribar los aviones, y evitar así una respuesta que desencadené un ataque nuclear masivo, y los que quieren aprovechar la ocasión para derrotar sin paliativos a los comunistas.

¿Teléfono Rojo? Volamos hacía Moscú (Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964) de Stanley Kubrick es una sátira que también contiene un poderoso mensaje. En este caso tenemos a un general responsable de una base aérea que está convencido de que los comunistas están contaminando la red de suministro de agua potable para dejar a los hombres impotentes. En su delirio Jack D. Ripper decide activar el Plan R mandando una escuadrilla de cazabombarderos B-52 a bombardear sus objetivos prefijados en la Unión Soviética. Mientras el capitán Mandrake intenta convencerle para que deponga su actitud en la Sala de Guerra se encuentran también el dilema de si deben convencer a los soviéticos de que se trata de un error y ayudarles a interceptar la escuadrilla, o aprovechar el momento para derrotar a la Unión Soviética. Entonces tienen el conocimiento que los soviéticos han creado el Artefacto Definitivo que ante un ataque nuclear lanzara automáticamente los misiles contra su enemigo, y ante lo inevitable empiezan a planear como será la vida para los supervivientes en el subsuelo y en cuevas a salvo de la radiación. El personaje de Jack D. Ripper, según el historiador Paul Boyer, estaba basado en el Jefe del Comando Aéreo Estratégico (SAC) durante la década de los 1950. En cuanto al profesor Strangelove, según este mismo historiador, estaba inspirado en el científico ex nazi Wernher von Braum [5], reclutado por los estadounidenses en la Operación Paperclip después de la guerra.

Stanley Kubrick nos argumenta porque quiso enfocar la historia de esta manera:

Red Alert es una historia de suspense totalmente seria. Mi idea de darle forma de comedia de pesadilla surgió cuando empecé a trabajar con ella. Descubrí que al intentar mejorar las escenas e imaginarlas en pantalla debía eliminar cosas que eran absurdas o paradójicas a fin de evitar que hicieran gracia pese a que eran muy reales. Entonces decidí que el tono perfecto que debía adoptar la película sería lo que ahora denomino una «comedia de pesadilla» porque representa la situación más veraz.

En ocasiones, resulta difícil no tener una opinión cínica de las relaciones humanas. Pero creo que en un tema como este, el cinismo debería, al menos intentar ser constructivo. Me pareció que, dado que estamos hablando de una tragedia que aún no ha ocurrido, sería realmente útil cualquier idea que sirviese para ver el problema de forma más real y no como una simple abstracción (lo que es el problema nuclear para la mayoría de la gente). Las paradojas de la fuerza disuasoria se han vuelto tan abstractas, se han elaborado tantos eufemismos en torno a esta idea, que dudo que el problema sea real para alguien. Esta película presenta una situación en la que un general loco lanza su escuadrón de bombarderos, y a partir de ahí todo el mundo lo toma bastante en serio… en este caso, un poco tarde [6].

En el mismo artículo Kubrick nos da su opinión de la disuasión nuclear durante la Guerra Fría exponiendo la idea sobre las intenciones de las dos grandes superpotencias que durante este artículo vamos a mantener de fondo durante todo el tiempo:

Kennedy pronunció un discurso en el que decía que «el mundo vive bajo una espada nuclear de Damocles que puede caer por accidente, error de cálculo o locura» y en este caso la espada cae debido a la locura. La historia, además de hacer que las posibilidades parezcan reales, muestra el tema subyacente del interés común entre Rusia y Estados Unidos, además de su tema principal de conflicto. Ambos países tienen mucho interés por impedir la guerra nuclear y, sobre todo, evitar que se produzca sin querer. Se puede ser fatalista sobre una guerra nuclear, pero no sobre una guerra nuclear accidental [7].

El incidente de la Crisis de los Misiles lleva a Washington y Moscú a mantener una línea de comunicación directa para los momentos de crisis, el famoso teléfono rojo, que comunica la Casa Blanca con el Kremlin, e iniciar un periodo llamado distensión (entre 1962 y 1975), o también definido como de «coexistencia pacífica», en el que se decide entablar conversaciones para disminuir la tensión entre ambos bloques. Fruto de esta distensión será el Tratado de No Proliferación Nuclear de 1968, al que se fueron agregando países, y los Acuerdos SALT de 1972, para limitar la producción de misiles intercontinentales. Pero nada de esto evito que pudieran haberse producido verdaderos desastres como este se dio en el sur de España en 1966 que no altero en absoluto la relación con Estados Unidos y que pasamos a mencionar.

Abastecimiento de un Boeing B-52 por un Boeing KC-135 – Wikimedia Commons

La relación entre ambos países que se iba a mantener durante toda la dictadura es a prueba de accidentes: el 17 de enero de 1966, un avión B-52, que lleva cuatro bombas de hidrogeno, colisiona con un KC-135, sobre la localidad almeriense de Palomares, muriendo siete de los tripulantes y quedando cuatro más con heridas graves. Tres de las bombas son halladas rápidamente, pero una cuarta ha caído en el mar y no se encontrará hasta unos días después. No ha habido explosión nuclear, pero el accidente causa gran conmoción en la opinión pública, sobre todo internacional, y se desconoce en esos momentos los efectos que ha podido causar la radiactividad, por lo que el baño en una playa de Manuel Fraga, Ministro de Información y Turismo, y Biddle Duke, embajador de los Estados Unidos, es providencial para calmar todo tipo de temores. El incidente de Palomares conlleva a petición española la interrupción temporal de vuelos con armamento nuclear sobre el territorio español, una medida que contrasta con la prohibición que determina el gobierno danés dos años después ante un incidente similar, y que llega en unos momentos en que este tipo de vuelos en estado de alerta ya no son estratégicos [8].

Tampoco significó que no hubiera conflictos armados: el más importante fue la Guerra del Vietnam (entre 1964 y 1975), un conflicto heredado de la guerra de emancipación de los vietnamitas sobre los franceses, en el que una vez más las dos superpotencias apoyaban a sus respetivos aliados regionales. Durante este periodo histórico aparecieron movimientos contestarios hacía la política de bloques como los que se dieron en 1968, tanto en el lado occidental (en Paris, Los Ángeles, y México) como en el oriental (la Primavera de Praga). La culminación de este proceso de «coexistencia pacífica» es el Acta de Helsinki de 1975 bajo estos puntos:

  1. Igualdad soberana, respeto de los derechos inherentes a la soberanía.
  2. Abstención de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza.
  3. Inviolabilidad de las fronteras.
  4. Integridad territorial de los estados.
  5. Arreglo de las controversias por medios pacíficos.
  6. No intervención en los asuntos internos.
  7. Respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, incluida la libertad de pensamiento, conciencia, religión o creencia.
  8. Igualdad de derechos y libre determinación de los pueblos.
  9. Cooperación entre los estados.
  10. Cumplimiento de buena fe de las obligaciones contraídas según el derecho internacional [9].

La espada en alto

Sin embargo, las buenas intenciones quedaran superadas en 1979 por una serie de conflictos políticos y armados: la Guerra de Angola, un nuevo conflicto con enemigos interpuestos, la Revolución islámica en Irán que es la carta de presentación del islam político, que en este caso quiere permanecer al margen de la política de bloques, y la invasión soviética de Afganistán que desplegará una guerra que durará diez años, donde los Estados Unidos tenía sus propios aliados regionales. En España en 1975 había muerto el dictador y se da paso al proceso político de la Transición que culminará con la instauración de un régimen democrático. La relación con los Estados Unidos no sólo se mantiene si no que se incrementa con la decisión del régimen y los primeros gobiernos de la democracia de iniciar un proceso de integración de España en la OTAN entre los años 1976 y 1982. Nuestro país pues terminó formando parte plenamente del bloque occidental y por lo tanto sujeto también, por si quedaba alguna duda, a las reglas de la Guerra Fría.

La distensión definitivamente se rompió cuando en los Estados Unidos sale de las pantallas el actor Ronald Reagan, famoso por sus westerns, y en 1981 se convierte en presidente. Ronald Regan es un líder de la línea dura de los republicanos que de la mano de la conservadora Margaret Thatcher inicia la revolución neoliberal en lo económico y -lo que más nos interesa aquí- lleva a cabo un rearme sin precedentes y relanza los momentos más duros de la Guerra Fría con la Unión Soviética.

Entre 1981 y 1986 ascendió de 171.000 millones a 376.000 millones de dólares. Se reactivaron importantes sistemas de armas nucleares estratégicas que Carter había archivado, tales como el bombardero B-1, y se aceleró el despliegue de nuevos sistemas de defensa balística (BMD) y armas antisatélite (ASAT). Sin embargo, el grueso de los gastos militares durante el periodo de Reagan correspondió a las fuerzas convencionales. La armada planeaba aumentar sus efectivos de 454 a 600 buques, entre ellos 15 grupos de portaaviones [10].

En Europa la Unión Soviética situó cerca de la frontera centenares de misiles móviles de medio alcance SS-20 apuntando a las principales urbes, y la respuesta de la OTAN es el plan de instalación de cientos de misiles de medio alcance Pershing y Cruise en El Reino Unido, Alemania, Holanda, Bélgica e Italia. Este conflicto que se conoció como la Crisis de los Euromisiles duró prácticamente una década y al mismo tiempo que tensó las relaciones entre bloques provocó la aparición en multitud de países occidentales de un movimiento pacifista y antimilitarista, que se da la mano en España con aquellos que se oponen a la incorporación de nuestro país en la OTAN.

Por si faltaba algo Ronald Reagan puso en marcha la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE), conocida popularmente como «la Guerra de las Galaxias». Un plan para interceptar los misiles soviéticos desde tierra y el espacio:

Daniel O. Graham, teniente general retirado, afirmó que la IDE «sería una dura prueba, quizás hasta el extremo de trastornarlos, para los recursos tecnológicos e industriales de los soviéticos, que ya estaban muy agobiados». Como mínimo, según Edwar Teller, el padre de la bomba de hidrógeno norteamericana y partidario decidido de la IDE, el programa obligaría a los soviéticos a incrementar sus gatos militares más de lo que podían permitirse razonablemente. Teller declaró que aunque sólo sirviera para eso, «hubiéramos logrado algo» [11].

Tres filmes y una serie nos ayudaran a comprender mejor esta etapa final y álgida al mismo tiempo de la Guerra Fría en el que la amenaza nuclear vuelve a estar al orden del día. La primera película es El día después de Nicholas Meyer, que conmocionó a toda una generación, le sigue la serie Deutschland 83, el filme El sacrificio del soviético Andréi Tarkovsky, que nos frece una visión diferente, y la película Juegos de Guerra de John Badham.

El día después (The Day After, 1983) de Nicholas Meyerm nos presenta a los habitantes del pueblo de Lawrence en Kansas haciendo su vida con normalidad hasta que empiezan a recibir noticias por televisión de una serie de hostilidades entre en Europa central. Todo parece empeorar por momentos. En un momento dado los misiles de unos silos cercanos son lanzados y este pueblo de la América profunda se convierte en el objetivo de los misiles soviéticos. No nos encontramos ante una película en la que se explique claramente el conflicto, sin más sucede, el mecanismo se pone en marcha y es imparable, el objetivo es mostrar las consecuencias de una guerra nuclear para el pueblo americano: la caída de los misiles soviéticos, la lluvia acida, el refugio en los sótanos, las enfermedades, la falta de alimentos, y la ruptura de cualquier orden o solidaridad entre personas. El filme fue emitido por televisión y fue visto por millones de americanos que quedaron consternados ante esta terrorífica película.

Deutschland 83, de factura reciente, 2015, bajo la dirección de Edwar Berger y Samira Radsi, con un buen guion de Anna Winger, es una serie alemana que nos muestra las peripecias de un joven de la RDA (República Democrática Alemana) que se le obliga a trabajar para los servicios secretos infiltrándose en el Ejército de la RFA (República Federal Alemana). El tema de fondo son los planes de la OTAN para la instalación de cientos de misiles de medio alcance en diferentes países europeos, el conflicto que mencionábamos más arriba de la Crisis de los Euromisiles, y un plan de ataque contra el bloque soviético, en principio siendo parte de unas maniobras, que es interpretado por los alemanes del Este como real. Más allá de la trama de espionaje e infiltrados, bien realizada, es interesante ver el nacimiento de este movimiento, que mencionábamos más arriba, pacifista y antimilitarista. Deutschland 83, que tiene como continuación Deutschland 86, centrada en tanto la decadencia y estrecheces económica de la RDA, en un momento en que la Unión Soviética está cambiando de rumbo, y Deutschland 89, con el momento de la caída del bloque soviético, merece la pena ser vista para conocer nuestra propia historia.

Sacrificio (Offret, 1986) de Andréi Tarkovsky, nos ofrece una visión del apocalipsis nuclear diferente a todo lo que hemos contado hasta ahora en el que entra en juego la introspección filosófica y espiritual de Alexander, un viejo actor retirado, crítico teatral y literario. La vida transcurre como siempre para Alexander, su familia, y sus amigos, hasta que se emite un aviso por radio y televisión del inicio del desastre y todo cae hacía los infiernos. No se puede hacer nada sólo esperar un final inevitable. Sin embargo, Alexander pide a Dios que todo vuelva a la normalidad, ofreciendo un sacrificio:

«Padre nuestro que estás en los cielos, tuyo es el reino, haz que cese esta acción bélica perturbadora que acabará con toda la vida en la Tierra. Si accedes a mi demanda te daré en ofrenda sacrificial todas mis posesiones, mi querida dacha, en la que me he refugiado estos años. No volveré a hablar. Pero quiero que nada les suceda a mis familiares, a mi esposa, al médico a mi hijastra, y a mi queridísimo hijo pequeño» [12].

Entonces en otra escena, un amigo, Otto, el cartero lector de Nietzsche, le dice:

 «Sólo hay un modo de detener la -anunciada- guerra final que acabará con la humanidad y cumplirá las profecías del Apocalipsis de Juan de Éfeso: que te acuestes con María, que tengas amores con ella. Esa mujer puede detener esta catástrofe; tiene poderes; es medio bruja» [13].

Este es el sacrificio y la ofrenda que Alexander debe de hacer. Eugenio Trías nos ofrece con sus palabras como el filme muestra que este desastre que en la película sólo aparece con fugaces fogonazos:

Otto, en papel mercurial de correo y correveidile, conmina a Alex a cumplir su ofrenda como único modo de detener el desastre apocalíptico, que ya se anuncia en imágenes oníricas en blanco y negro: un coche derribado, tumbado de lado, un bebé abandonado y sobre todo una avenida en pendiente por la que corren, embalados (aunque filmados en cámara lenta), hombres mujeres, niños, jóvenes y viejos, huyendo de un escenario de apocalipsis, y que parece resbalar o deslizarse ante los ojos del espectador.

Finalmente, en su desesperación, Alexander hace caso a Otto, que le ha prestado la bicicleta, y se va por un camino hasta llegar a la mansión de la bruja, no sin antes resbalar, caer de la bicicleta, embadurnarse de barro y vacilar sobre si es eso lo que quiere o debe hacer. Otto le urge: «Esa acción sólo es eficaz si brota de un deseo profundo, si lo deseas de verdad» [14].

El de deseo total capaz de crear y cambiar el curso de los acontecimientos que aparece en otras películas de Andréi Tarkovsky como Solaris (1972) o Stalker (1979), ejemplos de buen cine de ciencia ficción con mensaje filosófico, que como este Sacrificio (de factura sueca) que hemos querido incorporar a este ensayo, nos acercan a una forma de entender el cine y la propia realidad, desde el punto de vista de un creador soviético.

En Juegos de Guerra (War Games, 1983) de John Badham, actualizamos Punto Límite y ¿Teléfono Rojo? Volamos hacía Moscú desde una perspectiva juvenil y ochentera, pero con un poderoso mensaje. Un chaval indisciplinado en el instituto, pero hábil en la informática quiere jugar a nuevos videojuegos de una empresa de software, y fortuitamente da con la computadora de un sistema de defensa que él interpreta como la susodicha empresa. Todo cambia cuando la computadora, pensada para realizar millones de cálculos de guerra, aprender de sus errores, y estar conectada a los silos de misiles después de la sustitución de los hombres responsables de girar la llave por relés electrónicos, quiere continuar el juego iniciado: la Guerra Nuclear Mundial. Ese es el momento en que el juego se convierte en real. El joven después de ser detenido por el FBI, y conseguir huir, logra contactar con el programador de la computadora y ambos trataran de hacer entender a la máquina a través del juego «de tres en raya» que en «una guerra nuclear nunca se puede vencer». El mensaje de Juegos de Guerra pues es que «la única forma de ganar una guerra nuclear es no iniciándola». Mensaje sencillo pero poderoso que resume en sí todo este artículo.

Esta escala armamentística para la Unión Soviética cada vez era más difícil de igualar. La llegada de Mijaíl Gorbachov como Secretario General del PCUS en la Unión Soviética, con su plan reformista con la Perestroika (restructuración), la Glásnost (transparencia informativa), y la doctrina Sinatra (cada cual a su manera: en referencia a libertad plena de cualquier país comunista de seguir su propio camino que explica la Caída del Muro de Berlín en 1989) sumadas a las negociaciones con los Estados Unidos lo cambiarán todo. Gorbachov y Regan en 1983 firman el Tratado INF (Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio) por el que se decide eliminar los misiles de medio alcance y por lo tanto cerrar definitivamente la Crisis de los Euromisiles, y el en 1991 el Tratado STAR (Tratado de Reducción de Armas Estratégicas) por el que se decide la reducción de los misiles intercontinentales.

El filme La caza del Octubre Rojo (The Hunt of the Red October, 1990) de John McTiernan con permiso de El submarino de Wolfgang Petersen puede considerarse la mejor película sobre submarinos, que aquí nos interesa porque encaja perfectamente en este verdadero género sobre la amenaza nuclear durante la Guerra Fría en el que hemos profundizado. La premisa es que el capitán Ramius ha decidido rebelarse con su submarino contra la armada soviética y amenaza lanzar los misiles y arrasar las ciudades estadounidenses «mientras oyen su decadente rock and roll». En realidad, Ramius de mutuo acuerdo con sus oficiales ha decidido desertar a los Estados Unidos por un poderoso motivo: el Octubre Rojo se diferencia del resto de submarinos nucleares por su capacidad de navegar en silencio y desde el momento en que Ramius vio los planos este submarino entendió que este se había diseñado para desencadenar una guerra nuclear. El filme basado en la novela homónima de Tom Clancy publicada en 1984, uno de los momentos álgidos de la Guerra Fría, cobra una nueva significación si contemplamos que el momento del estreno fue en 1990, cuando ya hacía años que estaba en marcha el plan reformista de Gorbachov, se había firmado el Tratado INF sobre los misiles de medio alcance, y hacía un año que había caído el Muro de Berlín. Ese mismo año 1990 se firmó la Carta de Paris para una Nueva Europa. Hechos muy significativos que no impiden que la La caza del Octubre Rojo sea un digno homenaje a la extinta Unión Soviética, su capacidad tecnológica, la endereza de muchos de sus oficiales y marineros.

 ~ Epilogo ~

El 1 de julio 1991 el Pacto de Varsovia se disuelve. Y lo más sorprendente, el 26 de diciembre de este mismo año, 1991, después de un golpe de estado y la deposición de Gorbachov, a través de la firma del acuerdo de Belavezha, la Unión Soviética deja de existir como Estado y como realidad geopolítica [15]. Cuando la Unión Soviética desaparece los Estados Unidos interpretan que han vencido la Guerra Fría, sin embargo, como hemos visto en este artículo más bien se asistió a un largo proceso de transformación, para intentar salvar su propio Estado que en su momento se pensó como inevitable, pero lo bien cierto es que podía haber sido conducido hacía otra dirección, como lo prueba la transformación capitalista en China que mantiene su régimen intacto. La Guerra Fría, y en concreto la amenaza de una guerra nuclear, tensionó el mundo, lo puso muy cerca en algunos momentos del abismo, hizo posible, en fin, la política de bloques, evitando la guerra directa entre las dos superpotencias, pero en cambio la desplazó hacía otras latitudes, con las guerras con enemigos interpuestos, movimientos revolucionarios, y golpes de estado en todo el mundo. En Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, y en el contexto de la Guerra Fría, se produjo algo inaudito, las naciones que en su momento se mataron en los campos de batalla decidieron cooperar e iniciaron el camino de lo que es hoy la Unión Europea. La caída del Muro de Berlín hizo posible el reencuentro con las naciones del Este [16].

El desastre nuclear de Chernóbil del que tenemos una buena serie (Chernobyl, 2019) creada por Craig Mazin, que no he querido incorporarlo en este ensayo por ya formar parte de otro género cinematográfico (el de los accidentes nucleares), es una muestra que la amenaza nuclear puede también desencadenarse en el uso de la energía nuclear para usos pacíficos, y en gran medida, por sus consecuencias sanitarias (cientos de miles de afectados), económicas (una ingente cantidad de recursos desplegados), e ideológicas (mostrar una gran debilidad al mundo y una cura de humildad para el régimen), también forma parte del fin de la Unión Soviética.

El cine cumplió un papel de mostrar esta terrible realidad de la guerra nuclear que cabía como posibilidad, pero también concienció a todos al mismo tiempo del peligro de las armas nucleares: decididamente estoy convencido que estas películas llevaron a muchos al pacifismo y al antimilitarismo, y esta corriente opinión en el pueblo fue un factor para llevar a las dos superpotencias a la firma de los tratados de eliminación o reducción de las armas nucleares. Sin embargo, no perdamos de vista que, aunque la Unión Soviética no existe, y la interdependencia económica de la globalización nos obliga a todos a cohabitar, los conflictos no han desaparecido, de hecho, desde el 11 de Septiembre de 2001 se han incrementado notablemente, con la rivalidad una vez más de aquellas naciones más poderosas, que siguen disponiendo de armamento nuclear, y por lo tanto la posibilidad del desastre, aunque ya no la veamos, sigue aún ahí.

Anotaciones

  1. Extraído del del artículo La Crisis de Suez de Francesc Sánchez, consultar bibliografía.
  2. Extraído de VEIGA, Francisco. DA CAL, Enrique U. Duarte, Ángel (2010) La paz simulada. Una historia de la Guerra Fría. 1941-1991. Alianza Editorial. Página 193.
  3. Ibídem, página 193.
  4. Phillips, Gene D. Teléfono rojo. ¿Volamos hacía Moscú? Artículo publicado en CASTLE, Alison. (2016) Los archivos personales de Stanley Kubrick. Páginas 349, 350. TASCHEN.
  5. Ibídem, páginas 321, 321.
  6. Extraído de KUBRICK, Stanley. Como aprendí a dejar de preocuparme y amar el cine. Artículo publicado en CASTLE, Alison. (2016) Los archivos personales de Stanley Kubrick. TASCHEN. Páginas 349, 350.
  7. Ibídem, página 350
  8. Extraído del artículo Antecedentes de una integración de Francesc Sánchez, consultar bibliografía.
  9. Puntos de la Acta de Helsinki de 1975, extraídos de la página web de la OSCE, consultar bibliografía.
  10. Extraído de POWASKI, Ronald E (2015) La Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión Soviética, 1917-1991. Crítica. Memoria Crítica. Página 287.
  11. Ibídem, página 304.
  12. Extraído de TRÍAS, Eugenio (2013) De cine. Aventuras y extravíos. Galaxia Gutenberg. Barcelona. Pag 214.
  13. Ibídem, páginas 273, 274.
  14. Ibídem, páginas 274, 275.
  15. Consultar el artículo La nueva política exterior rusa de Francesc Sánchez en la bibliografía.
  16. Consultar el artículo Europa: un proyecto ilusionante de Francesc Sánchez en la bibliografía.

Bibliografía consultada

Artículos:

Documento:

Libros:

  • CASTLE, Alison. (2016) Los archivos personales de Stanley Kubrick. TASCHEN. Biblioteca Universalis.
  • FONTANA, Josep (2013) Por el bien del Imperio. Una historia del mundo presente desde 1945. Pasado y Presente. Barcelona.
  • FONTANA, Josep (2017) El siglo de la revolución. Editorial Crítica.
  • POWASKI, Ronald E (2015) La Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión Soviética, 1917-1991. Crítica. Memoria Crítica. Barcelona.
  • TRÍAS, Eugenio (2013) De cine. Aventuras y extravíos. Galaxia Gutenberg. Barcelona.
  • VEIGA, Francisco. DA CAL, Enrique U. Duarte, Ángel (2010) La paz simulada. Una historia de la Guerra Fría. 1941-1991. Alianza Editorial. Madrid.
  • VIÑAS, Ángel (2003) En las garras del águila. Los pactos con Estados Unidos de Francisco Franco a Felipe González (1945-1995). Crítica. Crítica contrastes. Barcelona.
  • WESTAD, Odd Arne (2018) La Guerra Fría. Una historia mundial. Galaxia Gutenberg. Barcelona.

Francesc Sánchez – Marlowe. Barcelona.
Redactor, El Inconformista Digital.

Incorporación – Redacción. Barcelona, 18 Febrero 2021.