Viaje al corazón de Europa – por Francesc Sánchez

Plaza KIéber, Estrasburgo

Este es el relato de un nuevo viaje en tren que he hecho por Europa con un pase de Interrail. Una vez más las nuevas tecnologías y las reservas en los trenes y en el alojamiento hacen diferente aquel viaje que lleve a cabo hacía finales de los noventa: en aquel tiempo todo era improvisación y ahora si no quieres asumir el riesgo de quedarte tirado has de planificar. La edad también me ha hecho en algunos aspectos más responsable. Los tiempos cambian y yo también lo he hecho. Si quieres ver cómo me fue, adelante con este viaje al corazón de Europa.

En este mes de agosto me subí una vez más a un tren regional con destino a Cerbère. Un primer cambio inesperado me llamo la atención: el tren que iba a tomar con destino a Cerbère en el panel de llegadas aparecía como destino Portbou. Esto contradecía los horarios y hasta una llamada que hice el día anterior a Rodalies y en un primer momento lo atribuí a un error en la pantalla, sin embargo, cuando empecé a preguntar me empecé a preocupar. Primero hablé con los de información comprobando que no sabían nada del asunto y que yo tenía más información. Una de estas personas me llegó a decir que cogiera el tren en otra estación o que pusiera una reclamación, como si eso me resolviera algo cuando debía tomar justo ese tren, dando igual por donde lo cogiera, y siendo en esos momentos mi menor de las preocupaciones el poner una reclamación. Le comenté a la jefa de estación que porque aparecía ese destino y me dijo que no lo sabía, por lo que le pedí que a ver si se podía informar por teléfono: lo hizo y me confirmó que efectivamente el tren iba hasta Cerbère pero desconocía por qué aparecía en su lugar Portbou. En cualquier caso, me subí al tren. En todos los paneles de todas las estaciones aparecía lo mismo. Cuando aparece el revisor me saca de dudas y me asegura que el tren llega hasta Cerbère pero que por un problema con los códigos han tenido que poner en los paneles Portbou. Minutos después en la estación de Fornells de la Selva el tren para más de lo esperado: resulta que hay un tío que no quiere pagar el billete y el revisor está esperando a las autoridades. Estamos cuarenta minutos parados y las autoridades no se presentan. Por un caradura que no quiere pagar el billete ni bajarse del tren y por un revisor que sigue escrupulosamente el protocolo mi hora de margen para tomar el tren nocturno desde Cerbère hacía Paris está comprometida. Mientras tanto he entablado conversación con una mujer que tenía delante y descubrimos que durante mucho tiempo hemos vivido los dos en el mismo barrio. Me comenta que cruzó el charco hasta Costa Rica y que le llama la atención de ir con su familia al otro lado de la frontera. Llegamos a Portbou y efectivamente el tren, en el que no queda casi nadie, también llega hasta Cerbère. ¡He llegado a tiempo! Tengo quince minutos de margen para tomar el Intercités de Nuit con destino a París en los que apenas me da tiempo de fumarme un pitillo. Este tren, en el que en otra ocasión me he referido como el clásico, me llevará desde la que en otro tiempo fue la frontera del país vecino hasta París en un viaje de nada menos que doce horas.

Por mi reserva me toca ventanilla, pero como no hay nadie en el asiento del pasillo ahí me quedo. Para mi sorpresa la cobertura del roaming funciona bien, y al rato aparecen los mensajes del Ministerio de Exteriores dándome la bienvenida a Francia y ofreciéndome los teléfonos de los consulados. Después de pasar por las estaciones de Banyuls-sur-Mer, Port Vendres Ville, Collioure, y Argeles-sur-Mer, donde fue a parar el exilio español después de la guerra civil, pronto podemos ver esos grandes lagos a lado y lado entre Perpiñán y Narbona. Por lo que veo sigue estando también ese hangar con los aviones comerciales aparcados al aire libre. Me como el bocadillo y solo hacía la mitad de camino consigo dormitar un rato. El clásico puede legar a ser toda una experiencia de resistencia que te echa para atrás, pese a que paradójicamente no hay nada más practico si no quieres hacer noche en París, o no prefieres pagar un billete de AVE excesivamente caro. Como en otras ocasiones al acercarnos a París la temperatura desciende bruscamente por lo que me abrigo. Por fin llegamos a Paris Austerlitz y, después de fumarme un pitillo, cojo el metro con dirección hacía Bobigny – Pablo Picasso hasta alcanzar Gare de l’Est. La presencia de guardias de seguridad y de patrullas del ejército es contundente.

En la Gare de l’Est he tomar un tren de alta velocidad ICE de la Deutsche Bahn en dirección a Stuttgart para alcanzar mi destino: Estrasburgo. Mi elección de este tren fue basada en la rapidez del mismo, apenas dos horas para casi 300 km, y en dejar un margen de tiempo para imprevistos. En la estación me tomo un café, aunque no recuerdo bien dónde. Veo que hay unas mesas con enchufes para cargar el móvil, pero ninguno encaja con mi cargador. Una curiosidad de la estación es el espacio a la memoria sobre las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial con unas placas de la Federación Nacional de Ferroviarios, los Antiguos Combatientes y Victimas de la guerra, y los Hijos e Hijas de Deportados Judíos dedicadas a los miles de patriotas que pasaron por aquí hacía las cárceles y los campos de torturas nazis, hacía los miles de retornados que fueron antes prisioneros de guerra o deportados, y hacía la deportación de 70.000 judíos a los campos de exterminio, de los que solo sobrevivieron 2.500. Todo esto es muy interesante pero la espera se hace larga, más cuando anuncian que mi tren llegará 30 minutos más tarde de lo previsto. Por fin llega. El tren es rápido, perfecto, pero aquí -en la segunda clase- tampoco hay enchufes. Llegamos a Estrasburgo: la estación está muy bien, cuando salgo hace un día caluroso.  

Me dirijo a un restaurante de comida rápida de enfrente de la estación al otro lado de la plaza. Un menú te cuesta 8 euros y te regalan un vaso de cristal de la Coca Cola. Cuando salgo me dirijo a las máquinas dispensadoras de billetes de Faubourg National, las hay en todas las estaciones de tram. Sacó una tarjeta de diez viajes (unos 14 euros) y desde Faubourg National tomo el tram hacia la estación más cercana a mi hotel.

La atención es buena y en castellano. En mi estancia en el hotel con este recepcionista hablaría en muchas ocasiones. Pago la mitad que me faltaba del alojamiento y subo a la habitación a descansar. Muchos comentarios en Internet mencionaban que la habitación que les había tocado era pequeña, no es mi caso o la percepción que tenemos es simplemente distinta, esta es espaciosa, y me gusta. Por lo tanto, por el precio que he pagado es mejor que mis expectativas. Duermo dos horas. Me despierto y después de intercambiar unas palabras con un chaval que está en la terraza, que me comentó que estudiaba literatura germánica, decido ir al centro. Me bajo en la parada de Homme de Fer y me dirijo a través de la adyacente Plaza KIéber hacía la catedral. Resulta que Jean Baptiste Kléber, del que hay una estatua en medio de la plaza por ser hijo de Estrasburgo, fue un arquitecto que se convirtió en general al mando de Napoleón, y que le acompañó en su expedición a Egipto, donde reunió todos los trabajos de los sabios y los artistas que le acompañaban en la llamada Description de l’Égypte. Un soldado de esta expedición, Pierre-François Bouchard, encontró la famosa Piedra de Rosetta, con inscripciones en jeroglífico, demótico, y griego, que fue capital para que Champollion descifrara los jeroglíficos. En mi camino me tomo un café y prosigo mi marcha. La catedral de Estrasburgo es una mole impresionante que se alza hacía los cielos, sin embargo, a estas horas ya no se puede visitar, por lo que tendré que visitarla en otra ocasión. Pillo el tram y me vuelvo. Ya en el hotel me como el bocata que llevaba y me hago un café. Por cortesía del hotel cada día te ponen dos sobres de café y dos sobres de té que puedes calentar con la tetera en unas tazas que también te reponen cada día. Bajo a tomar algo y fumar. Me retiro a dormir, por hoy ya ha habido suficientes aventuras.

Me levanté sobre las siete con la claridad del día. Me hice un café y me dirigí hacía el centro histórico. Muy cerca de Faubourg National hay una iglesia que están reformando en la que no había nadie. Ya en la plaza de la catedral vi la gente haciendo cola para entrar y una mujer francesa que iba con su familia me confirmó que la entrada es gratuita. Al entrar como medida de seguridad comprueban tus bolsas. En esta catedral gótica excepcional todo el mundo espera pacientemente delante del reloj astronómico para ver moverse unas figuritas de un lado a otro. La catedral es un buen lugar para tirar fotos pero cuida los efectos de las luces y sus reflejos. Al salir me dirigí a la parada de Broglie y tomé un tram hasta République que me llevó al Parlamento Europeo. Por el camino me encontré a unos españoles. Las medidas de seguridad en el Parlamento Europeo son contundentes, te obligan a pasar tu bolsa por un detector, y también a desprenderte de todos los objetos metálicos que lleves en tus bolsillos. Ya dentro te informan de lo que puedes ver. Hay un lugar con todas las banderas de los países miembros de la Unión Europea en el que todos se hacen fotografías. En la entrada del hemiciclo te dan una Tablet con una guía en múltiples idiomas sobre el funcionamiento del Parlamento. Cuando yo visité el hemiciclo no había ya sesiones y unos operarios estaban haciendo reformas. En este hemiciclo impresionante se reúnen regularmente 751 diputados procedentes de los 28 países que integran la Unión Europea. Puedes obtener más información en otros espacios habilitados con pantallas interactivas. Hay una maquina dispensadora de agua y refrescos que en el momento en que yo la usé solo aceptaba tarjetas de crédito, pero no os asustéis porque los precios están muy ajustados. Luego me acerqué a la Corte de Derechos del Hombre, pero el guardia de seguridad desde su garita me dijo que las admisiones para las visitas deben hacerse a través de Internet. En los alrededores alguien ha dejado carteles reclamando derechos.

Esta historia que hoy llamamos Unión Europea empezó después de la Segunda Guerra Mundial con un continente devastado. Fue una mezcla de idealismo y pragmatismo para no repetir los mismos errores. El proyecto europeo fue impulsado por el Ministro de Exteriores francés Robert Schuman y el Canciller de la República Federal de Alemania Konrad Adenauer materializándose, primero, en la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, y más tarde, en 1958 en la Comunidad Económica Europea, con la cooperación económica de estos países, más Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos. Sucesivamente se fueron sumando países, y España es miembro desde el 1 de enero de 1986. La idea era unir al continente económica y políticamente, creando un mercado común, una interdependencia, y unas instituciones compartidas, que expulsará la guerra para siempre del continente. Esto se hizo en el contexto histórico que queda definido por la Guerra Fría que libraron los Estados Unidos y la Unión Soviética en todas partes y que en Europa tenía su kilometro 0 en la ciudad de Berlín, dividida en dos, como la propia Alemania. Hubo una oferta de Stalin para reunificar Alemania siempre que se convirtiera en un estado neutral pero los occidentales prefirieron mantener las cosas como estaban y, por esta razón, la Comunidad Económica Europea fue también una forma de asentar y mantener el status quo de la República Federal de Alemania. La otra forma fue la militar: casi todos los miembros de la entonces Comunidad Económica Europea y luego la Unión Europea lo son también de la OTAN: la estructura militar liderada por Washington que tenía su homónima al otro lado del telón de acero con el Pacto de Varsovia. El potencial enemigo pues, era otro, y ahí empiezan a encajar mejor las piezas que nos ayudan a entender todo el puzle.

Hoy es muy fácil criticar lo que no compartimos de la Unión Europea, o aquello que no funciona como debería, y todo ello es muy licito: podemos mencionar el desastre de las guerras de secesión en Yugoslavia, la implosión soviética y sus consecuencias, la crisis económica en Grecia, o la catástrofe en Oriente Medio y el Norte de África, todo esto son losas que pesan mucho. Está claro que Europa ahí no ha funcionado como debería. Pero desde una perspectiva histórica para los países que han formado parte hasta ahora de la Unión Europea, estamos ante un proyecto de éxito, que, sumado a los esfuerzos económicos de cada país y las políticas del estado del bienestar, durante estos años ha asentado derechos y libertades, reportado en definitiva beneficios para todos. La cuestión ahora, cuando algunos quieren abandonar el barco, es si se debe mantener lo que tenemos, o por el contrario se debe seguir avanzando, precisamente para no pasar más vergüenza.

De vuelta al centro me compré un bocata de salchicha alemana muy sabrosa muy cerca de la catedral que me comí acompañado de un refresco en un parque cercano que tiene unas fuentes. Luego en un supermercado compre seis botellas de un litro de agua mineral para disponer durante estos días en mi habitación del hotel. En la recepción hable un buen rato con el recepcionista y esto se iba a convertir en una costumbre. Por la tarde decido ir de nuevo al centro. Cenó algo en un restaurante de comida rápida cerca de la Plaza Kléber. Más tarde me tomo un café. Mi intención es hacer tiempo hasta que se haga de noche para vivir la experiencia de las luces sobre la catedral. Una hora antes ya empieza a entrar gente en la plaza y todo está muy vigilado por guardias de seguridad que comprueban tus bolsas. La gente se sienta en cualquier lado. Se apagan todas las luces y el público asombrado hace una gran ovación. El espectáculo de luces y sonidos proyectados sobre un lateral de la catedral este año va sobre la naturaleza y el espacio urbano, es emotivo, y con el calor que hace hasta refrescante. Hace dos años ya tuve ocasión de vivir la experiencia de las luces en la catedral de Rouen. Tanto este espectáculo como la gratuidad de las catedrales y el resto de las iglesias marcan la diferencia con España donde no hay este tipo de espectáculos en las catedrales y te hacen pagar entrada. Supongo que algo tiene que ver el hecho de que en Francia sea un país laico y el estado en 1905 durante la Tercera República expropiara todo el patrimonio en manos de la Iglesia a través de la Ley francesa de Separación de la Iglesia y el Estado. En España durante más de siglo y medio, desde la Constitución de Cádiz de 1812, la Primera República de 1873, La Semana Trágica de 1909, la Segunda República de 1981, y la Guerra Civil de 1936, se vivió una pulsión clerical y anticlerical que quedó soterrada manu militari por Franco, cuando este adoptó el ideario nacional católico para la dictadura cediendo todas las propiedades a la Iglesia católica a través de la Ley Hipotecaria de 1944. Durante la transición hacia la democracia el país se convertirá en un Estado aconfesional pero los privilegios no sólo se mantendrán si no que durante el Gobierno de Aznar se estableció en 1998 una reforma de la ley Hipotecaria por la que las archidiócesis pudieron inscribir todo en el registro de la propiedad: por ejemplo 30 euros toda una catedral. Se estima que la Iglesia Católica en España tiene más de 30.000 propiedades. Cuando termina el espectáculo me dirijo rápidamente hasta la parada de tram de Broglie para volver al hotel. Si te alojas lejos del centro puedes disponer de transporte al menos hasta las 23:30 horas, luego te será más difícil volver. Hoy ha sido un día completo por lo que una buena ducha no viene nada mal.

Hoy me dirijo a Sélestat. Me he subido al primer tren TER que iba hasta allí. Sélestat está muy cerca en tren desde Estrasburgo, pero el tren que he tomado hace un rodeo hasta el aeropuerto y los pueblos cercanos a los macizos de los Vosgos por lo que el trayecto dura una hora aproximadamente. Llego a Sélestat y lo primero que busco es la forma de subir al castillo de Haut-Koenigsbourg. Se hace con un autobús desde la propia estación y prefiero dejarlo para después de mi visita al pueblo. El centro histórico está a un cuarto de hora a pie desde la estación. Aparece una gran torre que la llaman Château d’Eau, que fue construida entre 1905 y 1906, y su función era de disponer de un depósito de agua potable para el pueblo. Llego al centro histórico y todas las casas parecen sacadas de un cuento de hadas. Me tomo un café en una cafetería para retomar fuerzas y después de un rodeo me dirijo a la iglesia de Sainte-Foy de Sélestat de la que sobresalen sus dos grandes campanarios. En la plaza está todo lleno de mesas que venden de todo, es el día del mercadillo. Delante de otra iglesia, esta se trata de la de Saint-Georges, se encuentra la Biblioteca Humanista donde tienen incunables medievales y renacentistas expuestos. Es temprano, pero tengo ganas de comer algo, sopeso un par de lugares, y me decido por un restaurante de kebabs, donde me zampo un döner de pollo muy sabroso y por poco dinero. Hay una mujer que me comenta que el sábado todo el pueblo será una fiesta. Doy un rodeo y me dirijo de vuelta a la estación para tomar el autobús que te sube al castillo. El calor es considerable, si vas por estas fechas te recomiendo que bebas agua en abundancia. La subida por la montaña es increíble, a tramos va por una carretera minúscula con inclinación considerable, mientras a lado y lado puedes ver arboles y vegetación. En el camino de ascenso de más de 700 metros hay un par de restaurantes y unas áreas donde muchos han dejado el coche, sin embargo, aunque en la cima hay gente no hay tanta aglomeración como puedes pensar. Puedes ver una parte del castillo de Haut-Koenigsbourg libremente y si quieres ver el interior debes de pagar una entrada de 9 euros. Al entrar en el recinto los guardias de seguridad revisaran tus bolsas. Para sacar entrada debes entrar por una larga habitación con consignas y lavabos. Vale la pena porque la visita es extensa. En su interior puedes ver las estancias y todo tipo de utensilios y armas de guerra medievales. Hay bastante gente, pero como digo, sin exagerar.

Podemos informarnos sobre la historia del castillo en la página que le dedica el Consejo Departamental del Bas-Rin:

«Los primeros registros de un castillo construido por los Hohenstaufens datan de 1147. Castrum Estuphin, como se llamaba en ese momento, se encontraba muy por encima de la llanura de Alsacia a una altitud de más de 700 metros. Este sitio de promontorio rocoso era ideal para observar las rutas principales de la región, y proporcionó un punto estratégico de retroceso. La fortaleza cambió su nombre a Koenigsburg (castillo real) alrededor de 1157. El castillo fue entregado a los Tiersteins por los Habsburgo después de su destrucción en 1462. Lo reconstruyeron y ampliaron, instalando un sistema defensivo diseñado para resistir el fuego de artillería. Este fue el período dorado para el Hohkoenigsburg («Hoh» significa … «¡Alto»!)

El trabajo de fortificación realizado durante el siglo XV no fue suficiente para mantener a raya a la artillería sueca durante la Guerra de los Treinta Años, y las defensas de Hohkoenigsbourg fueron invadidas. Asediado, saqueado y finalmente quemado en 1633, el castillo quedó abandonado durante doscientos años. Sus ruinas fueron clasificadas como monumento histórico en 1862. Tres años más tarde, las ruinas del castillo fueron compradas por la cercana ciudad de Sélestat. Se decidió un proyecto de restauración, comenzando con la consolidación de parte de las ruinas. En 1882, el arquitecto Winkler elaboró ​​un ambicioso plan de reconstrucción que nunca se llevaría a cabo, ya que la ciudad no tenía los medios para financiarlo. La región de Alsacia fue anexionada a Alemania en 1871, y Sélestat ofreció las aún majestuosas ruinas del castillo al Kaiser Wilhelm II en 1899.

Guillermo II, ansioso por subrayar el hecho de que Alsacia era territorio alemán una vez más, vio el castillo como un marcador simbólico del límite occidental de su imperio. Decidió emprender una restauración completa del castillo. El arquitecto Bodo Ebhardt fue el encargado del proyecto de restauración. Su enfoque fue uno de rigurosos principios científicos, considerando el nivel de conocimiento en ese momento: enumeró todos los restos arqueológicos encontrados en el sitio, estudió documentos de archivo, analizó la arquitectura … y, en caso de duda, se refirió a ejemplos elegidos entre las estructuras construidas alrededor al mismo tiempo. Los trabajos de restauración se llevaron a cabo entre 1900 y 1908.

Con la firma del Tratado de Versalles en 1919, el Haut-Koenigsbourg fue entregado al gobierno francés y se le otorgó el estatus de Palacio Nacional. El trabajo de restauración realizado en este monumento durante el siglo XX se convirtió en una fuente de disputa durante un período de fluctuantes relaciones franco-alemanas. El edificio ha sido completamente restaurado y fue clasificado como monumento histórico en 1993. La estructura del castillo da una idea precisa de cómo se veía una fortaleza de montaña en la Edad Media. Sus paredes interiores están decoradas en un rico estilo medieval, y alberga una colección excepcional de armas y muebles, principalmente de los siglos XVI y XVII.

La propiedad del castillo Haut-Koenigsbourg se transfiere al Consejo Departamental de Bas-Rhin en el contexto de la ley del 13 de agosto de 2004 relativa a la gestión del gobierno local («libertés et responsabilités locales»)».

Aunque puedes ver desde las ventanas una panorámica del valle, he echado de menos una gran terraza abierta desde la que puedas ver todo el conjunto. Cuando salgas no te pierdas el jardín medieval. Para bajar cojo el mismo autobús que me ha subido y llego a la estación de Sélestat donde tomo un tren de vuelta hacía Estrasburgo. Este es diferente, parece más viejo, pero tiene enchufes para cargar el móvil. En un cuarto de hora estoy de vuelta. En lo que queda del día decido ir a recargar mi tarjeta de transporte. Mientras ceno empieza a llover con contundencia. Decido descansar yéndome a dormir.

Por la mañana me levanto y veo que sigue lloviendo, pero más moderadamente. En cualquier caso, he decidido que iré al centro para visitar el museo de arte medieval y renacentista que está enfrente de la catedral. Pero antes de ello me bajo del tram en Faubourg National y desde allí vadeo el río por el lado izquierdo desde la primera gran torre. Ha dejado momentáneamente de llover. Decido tomarme un café en una taberna, se ve es que una cadena, donde hablo con una chica de origen iraquí que lleva unos años en Francia: es kurda y aunque hablamos de algo de política de Oriente Medio me termina hablando del estado de la mujer en esas tierras. Comentamos entre cosas el papel de las mujeres kurdas en las milicias. Algo que paradójicamente parece no compartir pero que en cualquier caso comparte conmigo que rompe los esquemas culturales en la región. Sigo vadeando el rio, es muy recomendable hacerlo porque ves unas casas fantásticas típicamente alsacianas, aunque en mi caso pronto empieza a llover, de más fino a más intensamente, hasta que llego a la plaza de la catedral. Pero antes no os podéis perder la iglesia protestante de Sant Thomas en la que en su interior podréis encontrar todos aquellos ilustres protestantes de Estrasburgo. Ya en el Museo de l’Œuvre Notre-Dame me resguardo de la lluvia. La entrada si no eres menor de 26 años, y da igual los carnets que lleves, es el precio general de 6,5 euros para los museos públicos en la ciudad. Vale la pena hacer esta visita porque como todo por aquí no te lo acabas. Podéis encontrar en las salas capiteles, vitrales, multitud de estatuas medievales, procediendo la mayoría de la catedral, y conforme vas ascendiendo pisos a través de una escalera, esculturas y cuadros renacentistas. En la última planta se encuentran las claves de cómo se construyó la catedral. Salgo y sigue lloviendo. Quiero comer y encuentro una pizzería italiana interesante. Por 9 euros te puedes zampar una pizza Margarita, lo más caro como en todas partes en esta ciudad es la bebida. Salgo y después de tomarme un café en otro establecimiento me dirijo a la parada de République para tomar un tram hasta el hotel. Cuando bajo cae un chaparrón por lo que hice muy bien en llevarme el chubasquero. En el hotel hablo un buen rato con el recepcionista. Esta tarde decido quedarme en la habitación leyendo y viendo la tele. En la televisión aparte de todos los canales franceses puedes ver también algunos de alemanes. El canal franco-alemán de documentales Arte tiene su sede en Estrasburgo. En un momento dado deja de llover, pero ya he decidido que me quedaré a cenar en el hotel.

Hoy decido ir en tren a Colmar. Desde la estación hasta el centro histórico hay un buen trecho andando. Puedes llegar hasta el parque del Campo de Marte y pronto encontraras el centro. Al lado del parque se encuentra también la Plaza de Rapp con su correspondiente estatua del general Jean Rapp, un héroe de la revolución y del imperio, realizada por Auguste Bartholdi, el escultor que diseñó la Estatua de la Libertad de Nueva York. Me meto por las calles y entro en la iglesia de los dominicanos, me cobran 2 euros, y esto en mi viaje es inaudito. En ella puedes ver el retablo La virgen de las rosas que confeccionó Martin Schongauer en 1473. Sigo avanzando y busco el canal. Pero antes me detengo en la iglesia evangélica, el Templo Sint-Matthieu. Al llegar al mercado en el que hay multitud de pequeños puestos que conforman un mercadillo diviso la Pequeña Venecia. Se trata de un canal no muy extenso en el que se puede navegar en bote. La peculiaridad de este canal es que lado y lado hay toda una serie de hermosas casas alsacianas que debidamente se han limpiado, embellecido, y conservado. En una taberna irlandesa me tomo un café. Desandando mis pasos veo el resto del canal hasta que encuentro una bifurcación: tanto si sigues recto como si te diriges hacía arriba el canal se estrecha. Recto sales del centro histórico, pero vale la pena para pasear, si subes llegarás al corazón de Colmar, alcanzando la catedral, que llaman Colegiata de Sant Martin, y que desde luego hay que visitar. Busco un lugar donde comer. Voy a un restaurante kebab, pero tanto el establecimiento como el Döner no tienen punto de comparación con el que me comí en Sélestat, y además es más caro. Retrocedo y me tomo un café. Mi idea ahora es ir al Museo de Unterlinden que se encuentra en un monasterio donde me han dicho que hay un famoso retablo por el que mucha gente va expresamente a Colmar para contemplarlo. En este museo sí logró colar mi carnet universitario por lo que entro con una entrada reducida de 8 euros. Si quieres por 2 euros más te ofrecen una audioguía. Nada más entrar puedes ver un claustro y alrededor todas las salas de exposiciones. Me dirigió directamente a la sala del Retablo de Isenheim laborado por Matthias Grünewald entre 1512 y 1516, y que está compuesto por varios paneles, siendo el más conocido el central que muestra la Crucifixión. Luego veo el resto de las salas que van desde la época romana hasta la renacentista. Puedes ver también unas salas de arte contemporáneo, en el que aparece una versión del Guernica de Picasso realizada por otro artista. Creo que lo vi todo, pero en este museo puedes llegar a perderte. La idea era volver a la estación andando, pero como estoy cerca de una parada de autobuses y no me motiva mucho pegarme otra caminata decido volver en autobús. Si tienes dudas no dudes en preguntar cualquier cosa a la gente que te encuentres. Cuando llego a Estrasburgo estoy tan cansado que me quedo el resto del día en el hotel.

Me comentó el recepcionista que sería una buena idea que visitará el Museo de Historia de Estrasburgo. Bajándome en Faubourg National esta vez voy desde las torres por el lado derecho del canal. La primera torre que te encuentras es la Tour du Bourreau, la segunda no puedes verla porque fue destruida y se llamaba Malzenturn, la tercera es la de Heinrichsturm, la cuarta es la de Hans von Altheimturm, y la cuarta es la de Tour des Français. Todas ellas formaban parte de los puentes cubiertos de la Pequeña Francia, que fueron construidos entre 1230 y 1250 para defender la ciudad. Me tomo mi café de rigor y, después de ver cuatro militares armados por las inmediaciones de la iglesia de Sant Thomas, me dirijo al puente más cercano a la catedral, ahí se encuentra el museo. El museo me cuesta 6,5 euros, la tarifa convencional. No está mal, pero habiendo visitado los otros, quizá se quede en poca cosa. Puedes hacerte una idea de todo la historia de Estrasburgo y la región desde la prehistoria hasta la actualidad a través de objetos, cuadros, fotografías, y mapas.

La historia de Estrasburgo como todas es compleja e interesante. El primer asentamiento que llevaba el nombre de Argentoratum fue fundado por los romanos hacía el 12 a. C, y hacía el siglo IV d. C se convierte en la sede del obispado de la región. Por aquel tiempo se produce una invasión por parte del pueblo de los alamanes y luego por parte de los hunos de Atila. En la Edad Media los merovingios de Clodoveo la reconquistan restaurando el obispado y le dan el nombre de Strateburgus. En la época carolingia los herederos de Carlomagno se reparten el imperio por el Tratado de Verdún de 843 quedando Estrasburgo dentro del reino de Lotaringia. Oton el Grande funda en 962 el Sacro Imperio Germánico del que Estrasburgo forma parte, y el emperador Otón II concede al obispo la ciudad en feudo. Sin embargo, el poder de los burgueses cada vez es más preponderante y logran afiliar la ciudad a la Liga del Rin. Los conflictos entre el obispo y los burgueses liderados por Philippe de Souabe transforman el feudo hacía 1262 en una ciudad libre. En el siglo XIV la peste que asola a toda Europa llega también a Estrasburgo y los judíos son acusados de envenenar los pozos. Sin embargo, el siglo XV será un buen momento para Estrasburgo por la revolución de la imprenta. Johannes Gensfleish, conocido como Johannes Gutenberg, se establece en la ciudad en 1434 diseñando la imprenta de tipos móviles. La ciudad se convierte entonces en un polo de atracción de intelectuales y artistas. El desarrollo de la imprenta beneficia la propagación de la Reforma de Lutero. Y con el cisma llegará la Guerra de los Treinta Años que hará que Estrasburgo se mantenga al margen pero que llevará a Daniel Specklin a fortificar la ciudad. Al finalizar la guerra, por los tratados de Wesfalia, las posesiones de los Habsburgo en la Alsacia pasan a Francia, sin embargo, Estrasburgo se mantiene como ciudad imperial libre. Esto durará poco porque en 1681 las fuerzas de Felipe XIV asedian la ciudad, y por el Tratado de Ryswick la ciudad queda integrada en el reino francés. Estrasburgo durante la Revolución, aunque el ayuntamiento es saqueado, se logra mantener un tanto al margen hasta que se inicia la guerra contra Prusia y Austria. La ciudad de Estrasburgo aporta un símbolo a la revolución convirtiendo una canción de Rouget de l’Isle compuesta para el ejército del Rin en la Marsellesa, el himno francés hasta nuestros días. Con la ascensión de Napoleón fue el momento de François Christophe Kellermann, jefe del ejército del Mosela, y de Jean Baptiste Kléber del que hablamos más arriba. La reunificación alemana trajo la Guerra Franco-prusiana entre 1870 y 1871 y la derrota de Francia: los prusianos llegan hasta el mismo corazón de París, momento en que Alsacia por el Tratado de Frankfurt es incorporada al Imperio Alemán como capital del Reichsland Elsass-Lothringen. Durante estos años la ciudad emprende un gran desarrollo industrial en las industrias mecánicas y de la alimentación. Estrasburgo lleva a cabo, también, un gran desarrollo urbano, llegando a los 178.000 habitantes. La derrota de los alemanes en la Gran Guerra devuelve Estrasburgo a Francia a través de Tratado de Versalles. Hitler la toma una vez más el 19 de junio de 1940 y la anexiona al Tercer Reich integrándola en el Gau Elsass-Baden. La liberación llega el 23 de noviembre de 1944 de la mano del general Lecrerc al mando de la 2ª División Blindada, la misma que liberó París, integrada por muchos españoles. Después de la guerra Estrasburgo se convirtió en el símbolo de reconciliación entre franceses y alemanes materializando esto con la sede del Consejo de Europa, el Parlamento Europeo, y la Corte de Europea de Derechos Humanos.

Quizá este debería haber sido el primer museo para visitar nada más llegar a la ciudad. Para comer vuelvo al establecimiento de salchichas alemanas y como la otra vez me la zampo en la plaza de las fuentes. Al terminar decido hacer mi última visita a la catedral, hay mucha gente esperando entrar, pero cuando abren esta se mueve rápidamente. Compro un recuerdo por 2 euros. Quiero ir a la estación a ver mi tren de vuelta a Paris. Paso por Homme de Fer, y desde ahí tomo un tram que lleva a la misma estación. Cuando vuelvo al hotel vuelvo a hablar con el recepcionista, esta vez sobre la historia de Estrasburgo y la región. Mis conversaciones con el recepcionista siempre fueron satisfactorias y muy interesantes. Estamos en un día caluroso por lo que no queriendo cansarme mucho frente a mi partida al día siguiente decido quedarme por el hotel y alrededores. En la televisión francesa compruebo como tienen predilección por las series policiacas y por programas que también se emiten en España. Decido quedarme a cenar en el restaurante. Por la noche llueve.

Llega el día de la partida. Me levanto temprano, me tomo un café abajo, y me despido del recepcionista, y le doy mi agradecimiento tanto a él como a todos sus colegas. Mi estancia en el hotel ha sido muy buena. Ya en la estación todo es hacer tiempo. Me como un menú en el en un restaurante de comida rápida y me tomo otro café. Como es habitual en las estaciones vienen a pedirte dinero o tabaco, uno incluso lo hace en patinete. Vuelven a aparecer las patrullas militares. Estrasburgo sufrió un atentado terrorista en el mes de diciembre de 2018, toda Francia, en realidad toda Europa permanece amenazada. A las 14:46 tomo el tren TGV en dirección a Paris. Lo único a destacar del viaje es la escrupulosa manera de proceder del revisor que no solo me pide la reserva del asiento y el pase de Interrail si no también incluso el pasaporte. Son dos horas de viaje. Llego a Paris. Desde Gare de l’Est cojo el metro en dirección a Place d’Italie para bajarme en Gare d’Auterlitz. Durante las horas que me quedan en París hago tiempo y me compro un libro. He de tomar el tren Intercités de Nuit que me llevará hasta Portbou: doce horas de las que solo dormiré unas cuantas de las primeras y de las que en el tramo de Toulouse hasta Portbou se harán francamente muy pesadas. Al llegar a Cerbère los pocos viajeros que iban en mi vagón se bajan y se sube la brigada de limpieza, en la que destaca un elemento quejándose de todo al que le sobresalen los dientes. Pero efectivamente el tren, aunque solo sea para llevarme a mi llega hasta Portbou, donde cojo en pocos minutos un tren regional de Renfe que me lleva a Barcelona. Después de ocho días y más de 3.000 km recorridos mi viaje ha concluido.

Al llegar a España compruebo como Barcelona conmemora los atentados de las Ramblas, mientras sigue convirtiéndose con los robos y apuñalamientos en una ciudad sin ley, compruebo como los partidos políticos siguen sin ponerse de acuerdo para formar un gobierno, mientras de nuevo han quedado en medio del mar sin puerto en el que desembarcar un par de barcos que rescatan a aquellos que huyen de la inseguridad y de la miseria.

Francesc Sánchez – Marlowe. Barcelona.
Redactor, El Inconformista Digital.

Incorporación – Redacción. Barcelona, 17 Agosto 2019.