¿Qué es la belleza? – por Gerardo Pereira Menaut

Para mi hija Claudia Valeria, en su XVII cumpleaños.

Mi querida Valeria,
Sabes que hace tiempo que quería escribir esto para ti, y también sabes que no conseguía afinar mis ideas. Nuevas ideas, verdaderos descubrimientos, me permiten ahora acudir a tu cita, ahora que llenas del todo el decimoséptimo año de tu vida.

Recuerda que, cuando eras pequeña, y como eras muy hermosa, yo te decía siempre aquello de “la belleza está en el interior”, para que no le dieses demasiada importancia a la belleza física. Pero nunca supe que esa frase, bien conocida pero nunca bien explicada, era tan acertada. Por razones que yo entonces desconocía.

Ahora sí las conozco.
Me daba cuenta, ya entonces, de que era la típica frase que pueden decir las personas que son hermosas por fuera, en su exterior. Como tienen esa belleza física, pueden permitírselo. Las otras personas, especialmente las feas, aunque no sólo ellas, piensan que eso es una estupidez de gente engreída, que se creen superiores por ser guapos. También me daba cuenta de que en esta frase, y en otras semejantes, se combate la idea de que la belleza es sólo una cosa de la hermosura del cuerpo, aludiendo a otra belleza interior, a la que no se ve. Y esto no me parecía mal, por cierto, ni entonces ni ahora.

En la mentalidad popular siempre ha habido escapatorias para este tipo de malas jugadas del destino, que a unos hace feos y a otros guapos. Me hace mucha gracia el dicho castellano “la suerte de la fea la guapa la desea”. Ya, como si por ser guapa fueses necesariamente más desgraciada. Pero, pensando con calma… ¿no puede haber algo de verdad en este dicho? ¿No es posible que la aceptación de la propia fealdad nos permita vivir más tranquilamente, sin tanta pretensión, conformes con lo que tenemos? Algo así como la tranquila vida del que tiene poco pero no busca tener más. En fin, si filosofamos sobre cualquier cosa siempre encontramos algo que no veíamos. Pero volvamos a lo nuestro.

Te cuento ahora lo que entonces pensaba, con las mismas palabras. Más adelante verás cómo nuevas ideas me permitieron salir del atolladero.

Empecemos con aquella poesía de San Juan de la Cruz que seguro que recuerdas,

Por toda la hermosura
Nunca yo me perderé,
Sino por un no sé qué,
Que se alcanza por ventura.

Hay aquí dos ideas importantes. La primera es que toda la hermosura no es suficiente para perderse, para entregarse, para enamorarse. La segunda idea es que para enamorarse o perderse de amor es necesario que esté presente ese “no sé qué”, que ni el poeta místico, ni tú ni yo -y probablemente nadie- sabe qué es. Es decir, se trata de algo que nos lleva al amor, pero no sabemos qué es. Y es algo distinto a la hermosura, aunque pueda coincidir con ella.

Esta segunda idea nos lleva a una situación inesperada: Una cosa es la hermosura y otra aquello que hace nacer el amor, el deseo. Diríase que la pobre belleza o hermosura se queda reducida a bien poca cosa, si no sirve para causar el deseo y el amor. ¿Servirá solamente para decorar…? ¿Tan poco valor tiene la belleza? Todo es un misterio.

Con esta sensación de no saber nada, leí mucho para poder contestar a estas grandes preguntas. Y, al final de tanta lectura, estaba como al principio. Tenía que empezar de cero, porque no había encontrado una pista por la que poder avanzar en el conocimiento de la belleza y su relación con el amor, que es en verdad lo que nos interesa, ¿no?

En primer lugar, leí sobre el concepto de belleza en el mundo oriental, en China, en Japón y en la India, en sus tradiciones y en sus filosofías-religiones. Esto fue suficiente para darme cuenta de que la búsqueda de una definición de la belleza, así, simplemente, ya era un error en sí misma. Hay mucho más detrás de la percepción de la belleza, tanto en el que la observa como en el objeto (supuestamente bello) observado. Y recordaba, además, que Umberto Eco escribe, en su bellísima Historia de la Belleza, que él no sabe en qué consiste tal cosa, a pesar de que observa solamente las creaciones estéticas del mundo europeo-occidental, sin complicadas comparaciones con otros mundos.

Tiempo después, tras haber así abandonado la idea de poder escribirte algo sobre la belleza, de repente, discutiendo con el arquitecto Juan Pinto Tasende, que estaba leyendo a Vitruvio, el romano que es considerado el padre de la Arquitectura, y que vivió al principio de nuestra era, bajo el emperador César Augusto, lo comprendí todo. Te lo voy a contar.

Vitruvio dice que una ciudad bien construida debe tener firmitas, utilitas, venustas (debe ser sólida, útil para los que en ella viven, y hermosa). Así solemos traducirlo. Pero esa traducción es incorrecta en la última palabra. Venustas no significa ‘hermoso’ ni ‘bello’, sino algo mucho más profundo y más interesante, que me va a permitir expresar mis ideas. Hasta ahora yo no era capaz de darles forma, es decir, de formularlas. Como siempre, ya ves, tiene que haber un clásico mostrándonos el buen camino.

Venustas es un substantivo formado a partir del nombre de Venus, la Diosa del Amor, y significa ‘aquello que es lo propio de Venus’; una cosa con venustas tiene las cualidades, las funciones propias de Venus, todo aquello que hace a Venus ser como es y lo que es. Del mismo modo, hay honestitas (honestidad) cuando se siguen las reglas del honos, y hablamos de vetustas (vejez) cuando algo tiene la cualidad indudable de ser vetus (viejo). Una cosa robusta es aquella que tiene las cualidades del robar (roble): dureza, fortaleza.

Hablemos ahora de Venus y de sus cualidades. La historia es conocida. Venus, acompañada de su hijo Cupido, el que te lanza la flecha cuando su madre se lo ordena, hace nacer en ti el amor. Esa es la cualidad de Venus: hacer nacer el amor, que es el deseo. Recuerda que Cupido se llama en griego Eros, de donde viene nuestra palabra ‘erótico’, que tiene más que ver con el deseo sensual que con el sexo en sí mismo. De acuerdo con todo esto, una ciudad venusta será aquella que te enamore, que haga nacer en ti el deseo, que te atraiga. Dice mi amiga, que tú conoces, la arqueóloga portuguesa Teresa Soeiro, que Compostela é uma cidade muito apelativa: eso es mucho más profundo que decir que es una ciudad bonita. ‘Apelar’ es ‘llamar’, ‘atraer’, como en el inglés ‘sex-appeal’, que deberíamos traducir como ‘la llamada del sexo’: una chica o un chico con mucho sex-appeal es aquella o aquel que te incita al sexo, que te atrae, te llama a eso. ‘Sex-appeal’ es parecido a venustas, pero mucho más pobre y más simple porque se refiere sólo al sexo.

Ahora viene la gran pregunta: ¿existe alguna cosa, alguna idea o alguna persona que tenga venustas para todo el mundo, que haga nacer el amor y el deseo en cualquier persona que se le ponga delante? Dicho con otras palabras: ¿existe una venustas de validez universal? Y si existe, ¿en qué consiste? ¿Qué es? ¿Podemos definirla? Quizá mucha gente crea que si existe algo así debe ser la belleza, la belleza de una cosa, de una idea o de una persona. Sin embargo…

Sin embargo, nos sobran ejemplos de la vida real en los que podemos comprobar que no hay nada que despierte amor y deseo a todo el mundo en todas partes. No hay nada frente a lo cual todo el mundo, ni siquiera una gran mayoría, estén de acuerdo sobre su venustas, su capacidad de suscitar el amor. Ni tampoco sobre su belleza, que es algo mucho más sencillo. Ni siquiera hay una definición de belleza que todo el mundo pueda aceptar. Permíteme una pregunta envenenada: ¿qué sería más atosigante, una cumbre llena de generadores eólicos o llena de iglesias neoclásicas? He dicho ‘atosigante’, no otra cosa. Cuando vas por una carretera de Galicia, superas una cuesta, y de pronto encuentras a pocos metros de ti, enormes, las palas girando de un generador eólico, sientes el sobrecogimiento que sintieron aquellos pintores del siglo XIX que pintaban tormentas y fenómenos naturales fascinantes por su tremenda fuerza, su magnificencia. Para esto yo he inventado el concepto de post-arte. Lo que viene después del arte. Un maravilloso impacto ambiental, como lo es una catedral. Pero, atención, de nada en demasía, como querían los antiguos griegos de Atenas.

Sin duda los antiguos griegos, y no sólo ellos, se hicieron esta gran pregunta acerca de la venustas universal. Y lo resolvieron de una forma muy sencilla, a mi modo de ver insuperable en su inteligencia y en su finura, en su perfección como estrategia vital, válida entonces y ahora. Se trata de la explicación de la realidad por medio de un mito. Sigamos, pues, con Venus.

Cuenta una leyenda antigua que Venus (en griego, Afrodita) había recibido de Júpiter (en griego, Zeus), el jefe de los dioses, un precioso cinturón, que era el que le confería a Venus sus poderes. Si la diosa llevaba el cinturón puesto, entonces todo funcionaba: ella hacía nacer el amor en quien quería. Pero si, por alguna razón, Venus no llevaba el cinturón, las flechas que Cupido lanzaba no hacían ningún efecto. Esta idea del descuido o el olvido de Venus tuvo cierto eco en la literatura posterior; te recordaré una preciosa canción del francés Georges Brassens, muy apreciado hace unos años, que decía que aquel día en que unos jóvenes retozaban sobre la tierna hierba en una hermosa mañana de primavera, se entregaban al placer pero no se enamoraban, “perdían la virtud pero no lo cabeza”, aquel día “Venus estaba distraída y Cupido pasaba de todo”.

Detrás de esta forma legendaria de explicar la realidad se oculta una forma de enfrentarse a esa realidad, o sea, de vivir la vida. Esa explicación aparentemente anecdótica nos dice, en primer lugar, que los poderes de Venus no son suficientes para producir el amor. En segundo lugar, que no hay manera de decir cuándo esos poderes funcionan y cuándo no: todo puede depender de un descuido o de un olvido. Con otras palabras, y esto es muy importante: esta leyenda nos dice que el amor es un misterio: que nunca sabremos por qué unas veces aparece y otras no. Por qué te enamoras de una persona y no de otra. La única respuesta a la pregunta es ‘porque sí’ o ‘porque no’.

Esto decía aquella estudiante de la novela de G. Torrente Ballester ‘La isla de los jacintos cortados’, que cada fin de semana se iba con un profesor a una isla, en medio de un lago, y mientras juntos miraban el fuego en la chimenea el profesor le contaba historias para consolarla, pues no era amada por un hombre del que estaba enamorada. Semana tras semana, el profesor se enamora de ella, y trata de conquistarla con preciosas historias y finísimas palabras. Al final, el profesor le pregunta por qué no se ha enamorado de él. Y ella le contesta, simplemente: “porque no”. Y fin.

Bien, y ahora viene lo bueno. ¿Te das cuenta de que la explicación del misterio del amor en la leyenda de Venus es exactamente la misma que ofrece San Juan de la Cruz? Éste dice que el amor surge cuando está presente ‘un no sé qué’ que ‘se alcanza por ventura’, es decir, unas veces sí y otras veces no. Lo mismo que sucede con Venus. Y no hay más que discutir. Sólo nos queda aceptar que el amor, como la vida y como la muerte, es así: impredecible, misterioso.

Vemos, pues, que esta idea del amor como algo misterioso se mantiene desde los antiguos griegos y romanos (que tomaron para sí la mitología griega) hasta el místico español del siglo XVI, y otros más que no mencionamos. Propongo que esta explicación mitológica o pre-científica del amor es mucho más útil y más inteligente que los estudios actuales que pretenden decir que el amor es cuestión de química o de biología. Habrás oído decir que cuando dos personas se quieren es que entre ellos hay buena química, o que un flechazo (lo llamamos así por las flechas de Cupido; amor a primera vista, dicen los franceses) es cuestión de unas hormonas. No sé si eso ha sido propuesto en serio por algún científico, pero sí he visto fotos (o algo así) de las zonas del cerebro que se estimulan cuando el portador de ese cerebro vive una emoción afectiva, y cambian de color. También sé que hay científicos que tratan de explicarlo todo, o casi todo, por medio de conexiones neuronales, substancias químicas y estímulos eléctricos (más o menos, yo no soy biólogo), para llegar a decir, como hace poco defendía un joven estudiante de medicina que tú conoces, que no existe el alma ni el espíritu. Lo hacía con aparente conocimiento y mucha convicción, de modo que no me quedó más remedio que decirle que toda la química del mundo y esas otras cosas no componen el Requiem de Mozart. Pero el tema es, en mi opinión, mucho más importante.

La explicación mitológica y la pre-científica del místico dejan abierta la puerta a dos ideas esenciales: la primera, que el azar o la casualidad juegan un papel importante en estas cuestiones centrales de nuestras vidas. El azar y la casualidad y la suerte (buena o mala) están personalizados entre los antiguos romanos en la diosa Fortuna. La fortuna también puede ser buena o mala, es decir, la diosa Fortuna te puede conceder sus favores, o negártelos. De nuevo una explicación mitológica para el hecho incontestable de que la fortuna te puede sonreír, o ignorarte absolutamente. Maquiavelo explica que como Fortuna es una diosa, una mujer, los favores no se le deben pedir. Hay que robárselos, como los besos robados, los mejores. ¿Y quién se atreve con la diosa? Pues sólo aquel valiente que esta capacitado para hacerlo, que tiene la virtud de hacerlo con gracia, y que deja encantada a la diosa: ésta le concederá sus favores y él será un afortunado. La segunda idea es que en ese mundo de fortunas y suertes cambiantes todavía podemos hacer algo para que nos sean favorables. Es, a mi entender, una llamada al vitalismo. Al cultivo de la propia vida como máximo valor, para llegar a ser un valiente capacitado y virtuoso. Y es en ese cultivo, que es un trabajo, donde aún podemos ser dueños de nosotros mismos. O al menos intentarlo. Es, como creían los atenienses en su mejor época, una vida de lucha contra los dioses, esos seres superiores que quieren determinar tu vida. Frente a ello, la rebelión personal, el rechazo del poder de los dioses para decidir sobre tu propia vida, la lucha contra los dioses para librarte de su tutela. ¿Cómo? Mediante el perfeccionamiento de ti misma, el ascenso de la persona hacia una especie de propia divinidad que anule los dictados de los dioses. ¿Verdad que esto te recuerda el gran mensaje del dios Shiva que te contó tu amigo Fernando Wulff?

A lo mejor crees que estoy cargando demasiado las tintas en el amor, como si la belleza que nos atrae siempre estuviera unida al amor. Pero por algo será que cuando nos referimos a una persona apasionada por las flores decimos “es un gran amante de las flores”. Y una vez más el lenguaje nos revela la íntima conexión entre las cosas, en este caso entre Amor y Belleza, ahora con mayúsculas.

El lenguaje… el destilado más profundo de la vida humana. Gracias al Lenguaje y a la Lingüística he llegado hasta aquí. Y hay más.

En Latín hay más palabras para significar ‘belleza’. Formosus (de ahí viene ‘hermoso’) quiere decir que algo o alguien tiene forma, que no es amorfo. Se dice de un rostro de facciones correctas, de un edificio bien proporcionado de formas agradables, o de un discurso bien construido. Bellus (de ahí viene ‘belleza’) significa que alguien o algo está bien constituido; bellus está derivado de bene (bien), como bonus (bueno, con su diminutivo ‘bonito’). ‘Bello’ se usa todavía en italiano para decir ‘buen tiempo’, para un café bien hecho, para un automóvil de buen diseño, o una chica guapa. Pulcher (de ahí viene ‘pulcritud’) significaba que algo o alguien es excelente, espléndido, perfecto en su propia forma de ser, ya se trate de personas, cosas naturales, productos artificiales, de la construcción del lenguaje, o de una actitud. La mejor forma de hacer una cosa era la forma pulcherrima, la más pulcher. Aunque ya casi no se usa, todavía se puede oír ‘qué viejecito tan pulcro’, es decir, sin ápice de degradación por su edad, su salud etc.

La primera palabra nos refiere a las formas, la segunda a la bondad de las cosas bien hechas, la tercera a su pulcritud, a su finura. La diferencia entre estas palabras y mi querida venustas es muy simple pero muy profunda: ser formosus, bellus o pulcher es algo que está en las cosas, en las ideas o en las personas, fuera de ti. Independientemente de que tú entres en contacto con ellas. Su belleza sólo depende de los gustos y modas de la época en que vives.

Por el contrario, algo es venustus cuando te atrae y hace nacer en ti el deseo, cuando te lanza las flechas y te toca el corazón. Esa cosa o persona venusta ya no es ajena a ti. Es la Belleza-en-movimiento, actuando, que hace nacer en ti el Amor. Es claro que ahora Belleza y Amor son mucho más que cuando las escribo con minúscula: puedes encontrar Belleza en casi cualquier cosa o persona y sentir Amor hacia ellas.

Estarás de acuerdo conmigo en que cuando descubres la Belleza de una persona o de una cosa, algo vibra en tu interior. Tienes una sensación de gusto y de agrado. Sientes una inclinación hacia ellas. La gran pregunta es, ¿por qué esa sensación, de dónde viene? Creo que sólo hay una respuesta: esa sensación se produce porque tú, en tu interior, tienes una idea de la Belleza que se corresponde con lo que esa persona o esa cosa te ofrecen. Dicho de otro modo: tú tienes una aspiración a la Belleza que resulta satisfecha por lo que estás contemplando, sintiendo con tus innumerables sentidos físicos o espirituales. El gran maestro Umberto Eco lo dice así: “La belleza interior se proyecta sobre el objeto exterior y se apodera de él, envolviéndolo en sus líneas”.*

Sigamos. Ahora la pregunta es: ¿quién o qué ha puesto en tu espíritu esa aspiración a la Belleza? Ya sabes que nuestra forma de ser, como personas, tiene dos patas. La primera, lo que traemos puesto al nacer (otro misterio). La segunda, lo que aporta la educación, en el sentido más amplio imaginable: no sólo lo que te enseñan, no sólo la preparación que te dan, sino todas las experiencias que vives en tu mundo.

De ahí nace tu aspiración a la belleza. Así pues, la aspiración a la belleza es algo personal, quizá irrepetible, y al mismo tiempo es algo social, determinado por la sociedad en la que te has criado. Por eso los chinos, los somalíes o los españoles tenemos distintas formas de entender la belleza. Y entre todos los chinos habrá uno que tendrá su propia aspiración a la belleza, aunque dentro del gran paradigma chino. Y ese chino, o muchos otros de ellos, podrán aprender a gustar del flamenco o del viño do Ribeiro. Porque nuestro espíritu nunca está completo. Siempre puedes aprender a Amar algo nuevo.

Tu aspiración a la Belleza no debe tener límites. Belleza de las personas, de las cosas, de los sentimientos, de las actitudes… cuando aspiras a entenderlas en lo más profundo de su ser, aquello que te satisfaga será para ti venustus, captarás su Belleza, te atraerá y hará nacer en ti el Amor en el más profundo y grandioso sentido de esa palabra mágica. Todo esto presupone un trabajo. Los antiguos dirían que tienes que buscar la sintonía con la música de las esferas del Universo. Hoy diríamos que tienes que conseguir estar on-line con la Vida, y con todo lo que la favorece. Todo, sin excepciones. Es la rebelión contra los dioses.

El mejor ejemplo que te puedo ofrecer viene del Arte. C. Cavafis escribió:

Me siento y medito. He dado al Arte / deseos y sensaciones, entrevistos / rostros y líneas, y de deseos no cumplidos / la borrosa memoria. Dejad que a él me entregue. / Es él quien da Forma a la Belleza, / completando la vida con toque imperceptible, / combinando percepciones, combinando los días.

Bien, hasta aquí hemos llegado. Ahora sé que era verdad aquello de que “la belleza está en el interior”, pero no como yo te lo daba a entender cuando eras pequeña, sino de esta otra forma: eres tú quien, cargada de belleza o de aspiración a la belleza en tu interior, la pones en tu exterior.

Pero tengo una fuerte sensación de que todo esto es poca cosa, y me aplico lo que sentía S. Juan de la Cruz después de una experiencia mística:

………………
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo
toda sciencia tracendiendo.

* Historia de la Belleza (Barcelona 2005) pág. 369

Gerardo Pereira Menaut.
Catedrático de Historia Antigua. Univ. de Santiago de Compostela.
Colaboración. El Inconformista Digital.

Incorporación – Redacción. Barcelona, 25 Diciembre 2010.