La insoportable gravedad del ser (ciudadano) romano – por Gerardo Pereira Menaut

Gerardo Pereria Menaut recurriendo a la sociedad del imperio romano hace una reflexión sobre la supuesta perdida absoluta de valores morales en la actualidad, mostrando que ante todo se han perdido ciertos valores éticos y cívicos.

Reflexión sobre los valores ético-cívicos
La insoportable gravedad del ser (ciudadano) romano
por Gerardo Pereira Menaut

Dice Cervantes, describiendo la locura de D. Quijote (Parte 1ª, cap. 1) : “En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamas dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama” (cursivas. mías).

D. Quijote era, según esto, un perfecto ciudadano romano, que entregaba su vida al bien de su república, al bien de la sociedad diríamos nosotros. Lo hacía porque así aumentaba su honra, mientras él ganaba la eternidad, la única posible, la que dan la gloria y la fama.

Está claro que, para Cervantes, estas actitudes, esta entrega al bien común, que entre los romanos había sido la quintaesencia del buen ciudadano, habían llegado a ser una forma de locura. En aquel mundo en crisis que es la España cervantina, había que estar loco para dedicar la vida de uno al bienestar de todos.

Sirva esta cita de El Quijote para presentar mi conferencia. El tema general de este curso es “Roma y nosotros. Raíces antiguas de problemas modernos”. He tratado de ajustarme del todo al espíritu que ese tema deja traslucir, pues es tan profundo e interesante como un historiador pueda desear y tan vigente como cualquier persona con pensamiento reconocerá. Partiendo de la tan traída y llevada “pérdida de valores” en nuestra sociedad actual, que al menos en parte son aquellos que aún animaban a D. Quijote, trataré de exponer cuál es el origen, el sentido y la función de esos valores en la sociedad romana clásica, para lo cual tendremos que echar un vistazo a aquella sociedad, pues es ahí, en la realidad de su contexto, donde tales valores se entienden y explican. Terminaremos con una conclusión: que los valores se han perdido porque nuestra sociedad ha cambiado, tanto, que tales valores ya no tienen cabida ni interesan a nadie, salvo en algún que otro aspecto, y aunque parezca lo contrario. Y seguiremos esperando a que nuestra sociedad, si algún día el panorama se aclara un poco, dé origen a nuevos valores o reconstituya los ya conocidos. Pues es primero que la sociedad necesite ciertos valores, y luego que les dé forma. Y no al revés. Las casas nunca se han empezado por el tejado.

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Que se ha dado una llamada pérdida de valores, en nuestra sociedad actual, es un clamor tan extendido que no necesita más consideración. Quizá sólo una: que tal pérdida es vista y sentida como un problema. ¿Pero, cuál es, verdaderamente, el problema? No parece que sea, sin más, que se pierda uno o varios valores; en algún caso, incluso, celebramos que sea así, como sucede con aquel excesivo respeto temeroso a los padres. No, el problema reside en que los individuos, al perder los valores, pierden también la conciencia de ser parte de una sociedad, situándose por encima de ella, olvidando sus obligaciones y magnificando sus derechos individuales, por no decir sus caprichos, sus deseos sin control. Es esta tensión entre el individuo y la sociedad lo que debemos estudiar; ahí vemos a los valores en su funcionamiento real, como elementos centrales del diálogo entre el individuo y la sociedad. La sociedad pide al individuo una actitud. El individuo adopta esa actitud, o no. Ahí está el problema. Que los intereses individuales no coincidan con los de la sociedad.

Vamos a ver las raíces de ese problema en la Roma Clásica.

Cuando el magistrado romano llamado ‘censor’ dirigía la confección del censo, preguntaba a cada ciudadano si estaba casado. Las palabras eran, exactamente, “¿estás casado con objeto de dar hijos a la respública?” Si el ciudadano respondía que no, recibía un castigo, que en los primeros tiempos era muy duro; podía incluso ver confiscadas sus propiedades. Dicho con otras palabras: el ciudadano estaba obligado a casarse y a tener hijos. Como lo segundo no se deduce necesariamente de lo primero, y los antiguos creían que si no había hijos, la culpa era de la mujer, la esterilidad del matrimonio era causa principal para que el marido la repudiase. Se cuenta que Catón el Viejo, un personaje que pasa por ser de lo más reaccionario, habiendo tenido hijos suficientes con su mujer, se divorció para que ella se casase con un amigo suyo, del marido, hasta entonces sin hijos, y le hiciese el mismo servicio. Hecho tal servicio, la mujer se divorció de nuevo y se casó otra vez con Catón. Se supone que esta vez se casaron por amor, de modo que hay que pensar que la obligación de tener hijos estaba por encima del sentimiento, del afecto.

Nada podía hacer el legislador para evitar la esterilidad de los matrimonios, y ya saben ustedes que los legisladores romanos estaban muy entrenados en eso de hacer leyes sobre cualquier cosa. Pero aquí se topaban con una realidad incontestable: hay matrimonios que tienen muchos hijos, otros que tienen pocos, y otros que no tienen ninguno. Unos los tienen muy pronto, y otros tardan mucho. De modo que, al margen de que la culpable sea la mujer, debía haber otras razones para la eventual esterilidad, que ellos ignoraban. ¿Qué pensar? Pues lo propio de un buen romano es pensar que, en todo caso, lo mejor será seguir los dictados de la naturaleza. Que en esto significa hacer las cosas, mejor dicho, hacer el amor, al modo natural. ¿Cuál es el modo natural? Pues como lo hacen los perros, los toros, los caballos etc. Y así, en un mundo que conocía perfectamente el kamasutra y lo estampaba en la vajilla de uso diario, en las lámparas de aceite, en las botellas etc., había que pregonar las buenas costumbres: haga usted el amor con su mujer como la naturaleza manda, con ella a cuatro patas etc. Rehúya usted las posturas extrañas, los movimientos que sólo sirven para aumentar el placer y para dificultar el verdadero objeto del coito: el embarazo de la hembra.

Como esto no se podía legislar, fueron poetas como Lucrecio los que se encargaron de desprestigiar el kamasutra y esas otras alegrías artificiales que no hacen los perros ni los caballos. Para empezar, dice Lucrecio, la pasión desenfrenada no lleva a ninguna parte. Se besan, se comen los labios hasta hacerse daño, cada uno quiere entrar dentro del otro, poseerlo… y a la postre, nada de nada. Cuando todo se acaba, una decepción. Permítanme recordar algunas frases del poema De rerum natura (1255 ss.). Para condenar contoneos y posturas lascivas, dice: “Por su propio interés suelen actuar de este modo las meretrices, a fin de no ser fecundas constantemente y quedar embarazadas, y que al propio tiempo el mismo placer resulte más grato a sus amantes; actitud que evidentemente no tienen necesidad de adoptar nuestras esposas”. Esto era una recomendación moral y práctica, pero no es exagerado decir que es también propaganda política, en el sentido actual de la expresión: se trataba de conseguir que el ciudadano sirviese a los intereses del Estado, es decir, que tuviese hijos.

Me he extendido un poco en estas curiosas circunstancias de la vida del ciudadano romano porque son un perfecto ejemplo del tremendo intervencionismo del Estado, o de la Respública, o de la Sociedad, como prefieran decirlo, en la vida del individuo. Pero no crean, por lo demás, que esto está muy lejos de nosotros. Como contrapunto curioso les recordaré que todavía nuestras abuelas, las más piadosas, se encomendaban a Dios antes de cumplir con su débito conyugal, con la obligación de hacer el amor con sus maridos. Había una especie de oraciones o aclaraciones, como aquella conocida, cuando la mujer, antes de empezar, se dirigía al Todopoderoso y musitaba “Señor, no es por vicio ni por fornicio, sino por dar un hijo a tu servicio”. Que no les sorprenda el parecido con lo romano clásico. Es, en realidad, la continuidad de aquella misma actitud; es el matrimonio entendido como granja de niños, para la Respública en la Roma pagana, para Dios y su Iglesia en el cristianismo que, como en tantas otras cosas, continuó lo romano pagano sublimándolo hacia el cielo. También los comunistas más rancios abogaban por la tenencia de muchos hijos, pues el aumento de la población era el primer aumento de las fuerzas productivas, y hasta no hace mucho, siguiendo de nuevo a la Roma clásica, se consideraba que la potencia de un país se medía, ante todo, por el tamaño de su población.

Bien, ya tenemos un ejemplo claro de lo muy intervencionista que era el Estado Romano. Un Estado intervencionista es aquel que interviene mucho en la vida de los ciudadanos. Un Estado liberal, por el contrario, es el que interviene poco, dejándolos más libres, dejando más espacio a la libertad personal. Probablemente muchos de ustedes están pensando, sobre todo después de lo que hemos visto sobre el matrimonio romano, que es mucho mejor un Estado liberal, pero las cosas no son tan simples. Volveremos sobre ello. Sigamos ahora con el caso de Roma.

El Estado Romano es muy intervencionista porque asigna muchas funciones a muchas cosas, incluyendo las personas. ¿Qué es asignar una función? Está muy claro en el matrimonio romano: el Estado ha asignado al ciudadano la función de tener hijos legítimos en un matrimonio. Como esa función es muy importante para el Estado, el matrimonio se convierte en un ‘bien de Estado’, regulado y controlado. Con ello, el ciudadano pierde mucha si no toda su libertad en sus asuntos matrimoniales y sexuales. Podemos decir, entonces, que el Estado se ha colado en la cama del ciudadano. Decía el poeta satírico Marcial, en uno de sus epigramas, que había conseguido del emperador Domiciano los privilegios que se daban a los padres de tres hijos, estando soltero, para recompensarle por su arte. Y añade el poeta, alegremente: ya no necesito casarme… ¡adiós, matrimonio! Una liberación, al menos para él. Pero no sólo para él. Tácito, el gran escritor, nos cuenta que a pesar de todos los esfuerzos de los emperadores, los romanos y las romanas no querían tener hijos, y en su época, a mediados del siglo II d.C., dice, prevaleció una buscada esterilidad en los matrimonios.

Pero el caso del matrimonio es sólo una pequeña muestra de este intervencionismo del Estado. Todo el que vive en una ciudad romana está obligado a limpiar la calle que pasa por delante de su casa. A limpiarla, mantenerla, repararla etc. Si enfrente hay otra casa, la calle se divide por la mitad, y cada uno la suya. En realidad la obligación no es del propietario de la casa, sino de la casa misma. Asignando funciones a las cosas, como en este caso, se obliga en realidad al propietario, pero, y ahí está el genio romano, tanto si utiliza la casa como si no, si vive en esa ciudad o se ha mudado a otra. Esta función u obligación de limpiar y conservar la calle donde se vive tiene un gran alcance, que suelo explicar a mis alumnos mediante un sencillo supuesto.

En mi Facultad de Geografía e Historia de Santiago de Compostela hay, diariamente, dos personas encargadas de la limpieza de aulas y pasillos, a razón de ocho horas cada una. Se limpia, diariamente, durante 16 horas, es decir, 80 horas semanales. Como la actividad en la Facultad se extiende a lo largo de 10 meses, el número total de horas de limpieza, cada año, será de 3.600. Supongamos que se encarga a los estudiantes, si quieren matricularse, que se ocupen de la limpieza del centro, todos por un igual. Si tenemos 1.800 alumnos, bastaría que cada uno de ellos dedicase, cada año académico, DOS HORAS SOLAMENTE. Estarán de acuerdo en que sería un esfuerzo ridículo, pero el beneficio para la Facultad sería grande, pues se ahorraría, aproximadamente, unos 40.000 Euros. Si tenemos en cuenta que el presupuesto de la biblioteca de mi Facultad, para este año, es de 45.000 Euros, la conclusión es clara: podríamos casi duplicar el número de libros adquiridos por esa vía. O bajar el precio de las matrículas, dar más becas o algo semejante.

Este es sólo otro ejemplo de las obligaciones del ciudadano romano para con la ciudad en la que vive. La limpieza de las cloacas, la conservación del acueducto, los transportes que la ciudad necesita y muchas cosas más son realizadas por la aportación, el trabajo individual de cada uno de los ciudadanos. Como resumen de esta clase de prestaciones citaré un artículo de la Ley de Urso (Osuna), una colonia romana en Andalucía, ley que conservamos aunque incompleta en placas de bronce originales. Allí se dispone que todo habitante de la ciudad entre 14 y 60 años estará obligado a trabajar para ésta, en reparaciones y construcciones de edificios, vías públicas etc., cinco días al año, y, por cada yunta de animales de tiro que posea, tres días más. Imaginemos una familia con tres hijos varones mayores de 14 años, con dos carros de bueyes. Esa familia tendrá que dar a la ciudad 26 días de trabajo por año; casi un mes.

Hay muchas más cosas. Si su vecino se muere dejando niños menores, y si usted es persona normal, de buenas costumbres, y si usted tiene una posición social y económica semejante a la del muerto, es posible que las autoridades le encarguen a usted la tutela de esos niños. Y si no es a usted, será a otro convecino. Tendrá usted que atenderlo y cuidarlo convenientemente, preocuparse de su educación etc. etc. y administrar su patrimonio. Queda expresamente prohibido que el tutor gane ni un solo denario en esa administración. Además, cuando acabe la tutela tendrá que responder de su gestión, y mostrar que actuó con diligencia y esmero para conseguir que los bienes del huérfano diesen los beneficios que cabría esperar. Si no ha sido así, el tutor será castigado. Es decir, que se le exige más, en la administración de lo ajeno, que en la de lo propio. Y huelga decir que cualquiera puede ser obligado a ser tutor, aunque no conozca de nada al muerto ni a la familia.

Si su vecino tiene que salir de viaje por algún encargo de la comunidad, viaje que puede durar varios meses, ¿quién velará por sus intereses? La comunidad nombrará a otro vecino para que se haga cargo de ellos, en lo que se llama ‘curatela de los bienes del ausente’. Con el mismo rigor que en el caso de la tutela, responderá el curador de su gestión.

Si usted tiene una bonita casa, en el núcleo urbano o en el campo, temerá como a la peste el día en que le anuncien que un personaje que llega a la ciudad en visita oficial se alojará en su casa. Todo estará a su disposición para que se encuentre cómodo, bien alimentado etc. Si la casa está en el campo, peor: ahora puede ser un destacamento militar el que se le asiente allí, y que se guarden las mujeres, los odres de vino y otros objetos, porque ya se sabe como es la soldadesca. Todo esto está explícitamente reflejado en los escritores romanos. Cicerón cuenta un caso muy ilustrativo. Un alto magistrado, corrupto y depravado, aquel famoso Verres contra el que escribió las famosas Verrinas, llegó a una ciudad en viaje oficial. La ciudad lo alojó en casa de uno de los principales ciudadanos por prestigio y por riqueza, por tratarse de a un alto magistrado. Al poco, Verres se entera de que en la ciudad hay otro ciudadano del mismo nivel que tiene una hija famosa por su belleza. Verres urde una trama para trasladarse a la casa de la hermosa muchacha, pero no hay manera. La ciudad le ha asignado esa casa y no otra, y el propietario de la casa tiene esa obligación y no otra. Se le ocurre una solución: ordena a un lugarteniente que se queje del alojamiento que le han dado, y que diga que quiere alojarse allí, en casa del padre de la muchacha hermosa. Éste protesta: primero, porque en ese año no le han asignado esa prestación y, segundo, porque él aloja a alto cargos, no a suboficiales. Por su parte, el ciudadano de la casa donde está Verres, se arrodilla ante él y le suplica que no presente quejas sobre el trato que le está dando, porque entonces tendrá que repetir esta prestación, pues al hacerla mal es como si no la hubiese hecho. Finalmente, dice Cicerón, con la mayor energía trata de impedir que se vaya. Debemos entresacar de aquí dos ideas interesantes. Primera, que las prestaciones de los ricos no son iguales que las de los pobres. Segunda, que hay una organización en la asignación de estas prestaciones, una ley, todo un sistema que rige su imposición a los ciudadanos. Todo legislado, todo regulado, todo muy bien pensado, este sistema es el núcleo central de la vida de una ciudad romana. Si ahora les digo que el nombre genérico de cada una de estas prestaciones, en latín, es munus, no se sorprenderán que el nombre genérico para cualquier comunidad o ciudad sea el de municipium, municipio. Un municipio romano es una ciudad que vive gracias a las aportaciones de sus ciudadanos en trabajo, en dinero o en especie. Y supongo que ya se van dando cuenta de que vivir bajo ese sistema era un poco pesado. Pero todavía hay más.

Si usted es mujer quedará eximida de cualquier prestación que suponga esfuerzo físico. Si usted es varón, pero pobre, sólo tendrá que hacer aquellas que supongan esfuerzo físico, pero ningún gasto de dinero. Ahora bien, si es usted medianamente rico le puede tocar ser juez, con lo que dedicará un montón de horas a la tarea de juzgar, a lo largo de todo un año. Puede que le toque hacerse cargo del aprovisionamiento de trigo para el mercado de la ciudad, lo que no es muy difícil si allí mismo se ha cosechado bastante, pero muy difícil si hay escasez. Le será incómodo obligar a sus convecinos a poner parte de lo cosechado en el mercado local evitando especulaciones en los precios. En otro caso, tendrá que conseguir dinero para comprar trigo en otra ciudad… o bien tendrá que comprarlo con su propio dinero. En este último caso, está de suerte, si sus gastos no han sido excesivos: con toda probabilidad le harán una inscripción en piedra, en la plaza del foro central o en sus aledaños, con su nombre, agradeciéndole lo mucho que ha hecho por la ciudad, y su prestigio y el de su familia se elevarán todavía más. Estará usted cada vez más cerca de recibir otro encargo un poco envenenado: ser concejal del municipio o incluso más, ser alcalde. Claro que si usted tiene suficiente dinero y prestigio, y vive los valores cívicos de un buen romano, no esperará a que lo nombren magistrado, usted mismo se presentará. Esto le va a costar bastante dinero. Simplemente al tomar posesión del cargo tendrá que pagar una suma de cierta importancia, y eso será sólo el principio. Pero también así aumentará su prestigio y su fama. Y cuando haya ejercido todas las magistraturas todavía podrá hacer más cosas por la ciudad, cada vez con un tinte más claro de munificencia, de hacerlas porque quiere, por amor a la ciudad y a sus conciudadanos. Tendrá que sufragar unos juegos de gladiadores en el circo, organizar y pagar repartos de dinero o trigo a la plebe, invitar a cenar a todos en un banquete etc. Y, si el dinero le da de sí, restaure unas termas en mal estado, o construya un bonito pórtico donde los ciudadanos puedan pasear y hablar. Estará usted en boca de todos, mil veces alabado y bendecido como benefactor de la respública. Y si se siente con fuerzas, ¿por qué no hacer un viaje a Roma, la capital del Imperio, para defender la causa de su ciudad cuando haya un problema, pagando usted todo, incluyendo su séquito, cuando en realidad podría esperar que el municipio pagase el viaje? Pero así usted demostrará que su espíritu cívico está por encima de todo. Ya no hace las cosas por obligación, sino libre, graciosamente. Si usted hace todo esto, seguro que le ponen una inscripción mejor, probablemente un pedestal, y encima una estatua-retrato. En el texto de la inscripción se hablará de su benevolencia, espíritu de justicia, su honestidad, su dignidad y su amor a la ciudad y a los conciudadanos. Usted y su familia, si no se han arruinado, lo que a veces ocurría, podrán estar satisfechos. Su entrega a la ciudad les ha traído el mayor prestigio y el mayor poder. Si todo ha ido bien, usted también obtiene un beneficio. Incluso, a veces, de carácter económico. Usted representa ahora los valores cívicos. Si alguien le preguntase, diría sin dudar que los valores cívicos son la pieza clave de la sociedad.

Si, en el extremo opuesto, preguntásemos al ciudadano pobre obligado a limpiar la cloaca, por qué lo hace y qué satisfacción encuentra al hacerlo, seguramente nos contestaría, con algún exabrupto, que lo hace porque no le queda más remedio, por pura obligación, porque no ha podido escaparse etc. etc. Y en cuanto a la satisfacción que de ese trabajo obtiene, lo más probable es que no entendiese la pregunta.

Si sobre un papel dibujamos la pirámide social romana, con su punta afilada arriba (el emperador y las principales familias de senadores) y su ancha base abajo (los pobres y los esclavos, dicho grosso modo), y al lado de la pirámide, de arriba a abajo, escribiésemos las palabras que denotan la actitud cívica de las personas de cada grupo social, encontraríamos una gradación: desde una entrega total a las virtudes y valores cívicos más altos, en la parte superior, hasta el mayor desinterés, incluso desprecio de esos altos valores, en las clases sociales inferiores. Ya sabemos, la plebe se contenta con pan y circo, lo demás no le importa. Conviene decir que esto es así a grandes rasgos, porque en nuestros documentos encontramos también noticias más o menos aisladas de actitudes inciviles en los grupos superiores, incluso de casos de corrupción flagrante para aprovecharse del dinero público. Pero aquí tenemos que pintar el cuadro a base de trazos fuertes, con pocos matices.

Los altos valores de la élite y del ciudadano que tampoco siente la insoportable gravedad, o la siente pero la acepta, se resumen en una simple aunque profunda idea que se convierte en actitud: la entrega sin reparos, en cuerpo y alma se ha llegado a decir (Fustel de Coulanges), a la respública y a sus intereses. Recordemos que la palabra respublica, en latín, quiere decir “estado que pertenece al pueblo”. Esto hay que aclararlo un poco. Ni Roma era un Estado en el sentido moderno de la palabra, ni el populus era lo mismo que hoy llamamos ‘pueblo’. El populus es el conjunto de los ciudadanos, pero junto a éstos hay otros muchos habitantes de las ciudades romanas que no lo son. Respublica quiere decir que la res, algo así como el Estado, pertenece al populus, no a un rey o a un tirano. Utilizando las palabras con cierta libertad, podemos decir que entregarse a la respública, vivir para ella, es entregarse al bien común, situar el bien común por encima de los intereses privados, personales. Es, en definitiva, la ideología de D. Quijote, la de la parte más alta de la pirámide social. La de Sancho, ya se sabe: él sólo quiere ser gobernador de una ínsula, para vivir como un rey.

Buscar y vivir el bien común se traduce, en la práctica, en una serie de actitudes, que podríamos ver representadas en la definición de libertad que nos da Cicerón: la libertad consiste en poder hacer aquello que las leyes permiten hacer. Pensémoslo bien. Si puedo hacer lo que la ley me permite, soy libre. ¿Quién subscribiría hoy tal idea, aquí en España? Sólo los quijotes y algunos hombres de leyes, es de suponer. Pero incluso los más lúcidos, entre éstos, dirán que las cosas deben ser de tal manera que no nos sintamos atosigados por excesivas leyes, reglamentos etc., que podamos respirar cierto aire de autonomía, de vivir como uno quiere. Aunque esto último, ya sabemos, tiene mucho de ilusión.

Esa actitud no sólo supone el respeto a las leyes, sino también a la autoridad, y a todo aquello que es público. No se puede quemar un contenedor, ni pisar un jardín, ni impedir al vecino que duerma a base de botellones, ni defraudar a Hacienda, etc. etc. En el derecho romano clásico, la diferencia entre un acto ilegal que perjudica a la comunidad, a lo público, y un acto ilegal que sólo perjudica a una persona privada, se ve claramente en la terminología. El primero era llamado ‘crimen’; el segundo, ‘delito’.

Y se preguntarán ustedes, ¿a qué obedece todo esto? ¿Es que los romanos eran así de cívicos, de amantes de la patria, de filántropos, por haber sido educados en tales actitudes? No, no es cuestión de educación ni nada semejante. Esta mentalidad y estas actitudes del buen ciudadano nacen de la forma de ser de su sociedad, de lo que ésta tiene por fundamento y de lo que aspira a ser, de lo que podemos llamar ‘proyecto social’. ¿A dónde quiere dirigirse la sociedad romana en tanto comunidad política? Aquí están las claves.

El gran programa político o proyecto social romano tiene un nombre exacto: aeternitas, eternidad. Roma aspira a la eternidad. Pero esta palabra no significaba para ellos lo mismo que para nosotros. Aeternus viene de aetas, como maternus viene de mater, y aetas significa ‘era’, ‘edad’, como cuando decimos ‘era atómica’ o ‘Edad Media’. Aeternus quiere decir, pues ‘lo que pertenece a una edad’, ‘lo que es propio de una edad’. En su visión de las edades de la humanidad, creían que a Roma le tocaba su propia edad, mil años según la profecía etrusca. Para cumplir adecuadamente con esa profecía, Roma no podía ser destruida ni entrar en decadencia.

Conscientes de que el libre juego de la dinámica histórica, la lógica de la Historia, hace crecer los imperios y luego los destruye, quisieron evitar que tal libre juego de las fuerzas históricas hiciese lo mismo con Roma. En la práctica esto significó un programa de estabilidad, de permanencia sin cambios, evitando innovaciones de todo tipo. Estaban convencidos de que el gran Imperio Romano, con sus miles de municipios funcionando al modo que hemos visto, podrían durar sin desfallecer. No les faltaba algo de razón, porque mientras nosotros podemos quedarnos sin la limpieza de la Universidad por falta de presupuesto, ellos lo tenían todo arreglado… mientras hubiese ciudadanos y las leyes se cumpliesen. Sin embargo, el programa de eternidad era una jaula de oro, que mataba al ruiseñor. Las ciudades no debían crecer ni decrecer; estaba vetado cualquier nuevo desarrollo de formas sociales o económicas; la ciencia que heredaron del mundo helenístico sólo se utilizó para la guerra y poco más. El municipio llegó a ser un corsé que mantenía el cuerpo en pie, mientras se carcomía por dentro.

Mientras las ciudades romanas mantuvieron su esplendor, vivir en ellas era la mayor fortuna a que un hombre podía aspirar. Como escribió el gran arquitecto Vitrubio, la ciudad romana ha de ser sólida, saludable y hermosa, cómoda para vivir. Vivir en una ciudad así era la mejor recompensa que un buen ciudadano romano obtenía de su dedicación a la respública, y, en su mentalidad religiosa, era lo que más lo acercaba a la divinidad. Por eso los emperadores, máximos artífices de la permanencia del Imperio, son considerados, al morir, literalmente, divinos.

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El capitalismo, primero comercial y después industrial, y las revoluciones burguesas, acabaron con los restos de aquella visión estática de la sociedad. Los cambios se aceleraron desde el siglo XVIII; unas regiones y ciudades crecieron, otras decayeron. Las fuerzas económicas, cada vez más libres de anteriores constricciones, alteraron la vida de las gentes, de las ciudades, de los Estados, y la idea de eternidad, de estabilidad sin cambios, quedaba muy atrás. Habíamos entrado de lleno en la edad del progreso, de la innovación, de los descubrimientos, de la ciencia etc. Sin embargo, durante mucho tiempo, permaneció entre las élites europeas un rescoldo vivo de aquellos valores ético-cívicos que leemos en Cicerón o en Séneca. No en vano hubo y hay quien piensa que uno y otro eran cristianos, aunque resulte imposible. El primero, se decía, se adelantaba al mismo cristianismo; el segundo escondía su condición de tal. Aquellos valores, como el amor a la patria o la vida dedicada al trabajo y al ahorro encajaban también con los valores del capitalismo en el siglo XIX y aun entrado el XX, y de forma notoria entre los protestantes, como nos enseñó Max Weber.

En 1924 se publica La Montaña Mágica, del genial Thomas Mann. Dice allí, con parecidas palabras: “aquella persona que en nuestra turbulenta época pueda responder a la gran pregunta, la pregunta acerca de por qué en nuestras vidas hacemos más de lo que nuestro interés personal nos pide, esa persona ha de vivir con honradez intachable y en un total aislamiento”. La idea es para meditar largamente. ¿Qué dice, en síntesis? Pues dice que aquel que mantenga ese valor máximo de trabajar pensando en el bien de otros, ya no pertenece a esta época.

En La Rebelión de las Masas, J. Ortega y Gasset establece la diferencia esencial entre lo que él llama ‘masas’ y los otros, algo así como la aristocracia del espíritu, cultivadores de la ética cívica, en una sencilla cuestión: “son ‘masa’ aquellas personas que no se exigen nada a sí mismas, más allá de su inmediato interés personal”.

Sin embargo, el verdadero golpe de gracia a la filosofía romana y quijotesca no vino de lo que escribieron los apóstoles del capitalismo, sino de lo que escribieron los pensadores marxistas. Es una situación curiosa. Si, por una parte, fue el cambio vertiginoso en las sociedades occidentales capitalistas y eso que algunos llaman turbo-capitalismo, lo que en la práctica hizo inútiles aquellos viejos valores, en la teoría, en la filosofía social, fueron algunos marxistas los que con toda claridad explicaron por qué eran inútiles, por qué en la sociedad moderna, capitalista o socialista-real, no se puede esperar de nadie que sostenga esos valores de entrega al bien común etc.

Esta filosofía social marxista y crítica, representada sobre todo por la figura de György Luckács y su discípula Agnès Heller, se movía en un terreno propio, impulsada por la vieja aspiración marxista a una sociedad socialista en la que el individuo se desarrollase plenamente como tal, al tiempo que vivía para la sociedad. Así se explica que Luckács diga abiertamente que para cada persona en particular, ya sea en el capitalismo o en el socialismo realmente existente, las cuestiones relativas a lo económico y a lo social no dejan de ser puras abstracciones, y por eso mismo extrañas a la vida. En palabras de A. Heller, “Yo sentía como insuficiente la formulación de la idea del socialismo con ayuda de términos puramente estructurales, bien fueran políticos o económicos, y aún hoy lo entiendo así. Por detrás de semejantes interpretaciones creo descubrir siempre el fantasma de la filosofía hegeliana de la Historia; con ello se pierde la promesa de una forma de vida digna del hombre”. Nos recuerda la Heller que el proyecto de Carlos Marx era que cada individuo en particular, con sus nombres y apellidos, llegase a hacer suya toda la riqueza social, la totalidad de la cultura. Entonces, cuando al vivir para la sociedad el individuo estuviese viviendo para sí mismo; cuando al buscar el bien común buscásemos a la vez el propio bien, entonces y sólo entonces podríamos con toda lógica y sin esfuerzo personal, sostener aquellos valores ético-cívicos. En otro caso, y no hace falta insistir en que estamos justamente en ese otro caso, al vivir para el bien común estaré viviendo contra mis intereses. Así lo explicaba el polaco Leszek Kolakowski: “cada vez que el hombre hace algo para el Estado se niega a sí mismo. Cada vez que sigue los intereses del Estado, contradice los suyos propios”.

Los valores perdidos son morales y cívico-éticos. Los primeros afectan a las actitudes de la persona, y los segundos a las del ciudadano en cuanto tal. Su pérdida no es sentida, o lamentada, de la misma manera, tampoco dentro de cada una de las dos clases. Hay o había valores morales, como la humildad que pedía ocultar los méritos propios, el amar al prójimo como a uno mismo, o, en otro orden de cosas, la continencia sexual antes del matrimonio, cuya desaparición celebramos todos, o muchos de nosotros. Una buena estrategia vital, hoy, no niega todos esos valores, pero los supera y con ello los invalida. Por ejemplo, cuando partimos de la igualdad de las personas ante la ley y de ciertas conquistas del estado del bienestar, ya no tienen sentido ciertos valores morales antiguos, que se resumían en la llamada caridad cristiana. Por otra parte, los cooperantes de hoy y las ONGs no confesionales tampoco aluden a ningún tipo de caridad. No es necesario ni sería verdadero. Otros valores morales, como la honradez y la veracidad, no han perdido su vigencia, y aunque a veces parezcan olvidados, los vemos recuperarse con vigor en el marco de tales estrategias vitales post-post-modernas, si bien con nuevos perfiles. Lamentamos más la pérdida de los valores ético-cívicos, porque dificultan la vida en sociedad, pisotean los derechos de otros etc. Por ejemplo, el botellón que no te deja dormir. Aquí nos estamos ocupando sólo de estos últimos.

¿Qué podemos hacer? ¿Lamentarnos, simplemente? Si echamos una mirada a nuestro alrededor de mafioso urbanismo y un largo etcétera que todos conocemos, diríase que no hay nada que hacer. Si algunos intentamos mantener los buenos viejos valores ético-cívicos será, quizá, por lo que decía Thomas Mann, que en el fondo es una cuestión personal. Pero la aceptación social de esos valores no es una cuestión personal. Un excelente ejemplo es ese valor que se ha extendido y se extiende por todo el planeta, la conciencia ecológica. Ese sentimiento de que el planeta Tierra es una nave en la que todos estamos embarcados, de que debemos dejarla a nuestros hijos lo mejor conservada posible, y de que todos somos responsables de lo que suceda, viene a decirnos que todos estamos involucrados, queriendo o sin querer. Y es por eso, no porque nos hayan adoctrinado, por lo que construimos ese nuevo valor, el respeto a la naturaleza. Del mismo modo, recuperaremos otros valores ético-cívicos cuando nuestra sociedad los pida, y en la forma en que los pida. Termino con dos hechos que demuestran que no todo está perdido, y que el simple lamento por la pérdida de valores, aunque comprensible, es a su vez simplista y mal enfocado.

El señor Guy Verhofstadt, primer ministro belga, en un reciente libro titulado Los Estados Unidos de Europa, analiza las causas del rechazo en Francia y Holanda al proyecto de Constitución Europea votado en referéndum. Con ayuda del llamado Eurobarómetro, una macroencuesta periódica, concluye que el rechazo se debió no precisamente a que en ese proyecto Europa quedase dotada de demasiados poderes, metiéndose excesivamente en la vida de los europeos. Con sus propias palabras, la gente no quiere ‘menos Europa’, sino al contrario, la gente quiere ‘más Europa’, y sobre todo una Europa ‘más social’. Mutatis mutandis, y es mucho lo que hay que cambiar, creo que no es exagerado decir que quieren que se parezca un poco más al Imperio Romano: que tenga un proyecto social, aunque bien distinto, y que intervenga en la sociedad para sacarlo adelante. En esa Europa social, parece claro que los valores ético-cívicos, sean como hayan de ser, tendrían mejores posibilidades.

Al contrario, cuando hace unos años se presentó en la OMC un proyecto de AMI, su derrota fue tan clara que los neo-conservadores liberales, los que dicen que el Estado debe desaparecer y dejar a la gente tranquila, no se han atrevido a insistir de nuevo, al menos que yo sepa. Proponían que cuando una gran empresa se instale en un país ajeno, por ejemplo una empresa norteamericana en Thailandia, la tal empresa se regule por sus propias leyes, sin atender a las leyes de ese país, de ese Estado. Horarios de trabajo, salarios, derechos de los trabajadores, etc. etc., serían los que la empresa quisiera imponer. Eso sería una tumba para los valores ético-cívicos. Y no olvidemos que ‘cívico’ viene de civis, que significa ‘ciudadano’. En el fondo de todo, esa es la cuestión: los derechos y obligaciones del ciudadano. En unos y otras, y en el diálogo entre el ciudadano y la comunidad, ahí se gestan los valores. O se destruyen, como quería ese AMI que no llegó a prosperar. La propuesta significaba que la comunidad de ciudadanos quedaba disuelta por el poder de la compañía industrial, que el Estado y sus leyes, más o menos protectoras, perdería su función, substituido por la Empresa. En tal caso, ni siquiera tendría sentido hablar de valores ético-cívicos, porque, propiamente, no habría ya ciudadanos.

Gerardo Pereira Menaut.
Catedrático de Historia Antigua. Univ. de Santiago de Compostela.
Colaboración. El Inconformista Digital.

Incorporación – Redacción. Barcelona, 28 Septiembre 2006.