La nueva política exterior rusa – por Francesc Sánchez

Cathedral of Intercession aka Cathedral of St. Basil the Blessed Red Square, Moscow - Wikimedia Commons

Rusia para bien o para mal se ha metido de cabeza en la guerra regional de Oriente Medio. La campaña de bombardeos sobre los miembros del Estado Islámico, y el resto de milicias islamistas, está cambiando el curso de una guerra civil que en Siria ha provocado 300.000 muertos, 4 millones de refugiados, y 7 millones de desplazados internos. Los bombardeos sobre el Estado Islámico no son una novedad, los Estados Unidos lideran una coalición con sus aliados del Golfo Pérsico, que desde hace un año hostiga a los islamistas, pero los bombardeos de los rusos en poco más de dos semanas han sido mucho más intensos. La diferencia, aparte de la intensidad de estos bombardeos, estriba en que Moscú ha sido requerida por el régimen sirio para combatir toda la insurgencia y esto va a decantar la guerra en beneficio de Bashar Al Asad: si queremos más pruebas las tenemos en la campaña terrestre que el ejército regular sirio ha desencadenado para recuperar el territorio perdido durante estos largos años.

La intervención militar rusa en Siria ya ha cambiado el equilibrio de fuerzas en Oriente Medio, pero es importante señalar que forma parte de una nueva política exterior de Moscú, desde la ascensión al poder de Vladimir Putin, que tuvo su bautismo de fuego en el encarnizado conflicto interno en la región de Chechenia, cruzó el Rubicón en el 2008 en el conflicto con Georgia, por los territorios de Osetia del Sur y Abjasia, y continuó con el conflicto de Ucrania desde 2014, en el que los rusos en medio de una guerra civil tomaron Crimea y han estado dando soporte activamente a los pro-rusos de las regiones del Dombass. El presente texto pretende analizar si esta nueva política rusa es una amenaza para la paz mundial como señalan muchos analistas occidentales, o por el contrario es una consecuencia directa de una Rusia fortificada que se siente amenazada.

El desastre

A mediados de 1989 los regimenes comunistas de Polonia y Hungría se tambalean. El 9 de noviembre de 1989 cae el Muro de Berlín y con él en cadena todos los estados comunistas de Europa del Este. En dos años la Unión Soviética se desmorona. Se han dado tres tipos de argumentaciones para explicar esta colapso del sistema comunista: 1. las que muestran una mala situación económica que venía dada por las contradicciones económicas internas que eran provocadas por un más que importante gasto militar y en la industria pesada a expensas de la industria ligera y los bienes de consumo, algo que sumado a la bajada de los precios del petróleo, habría llevado al país al colapso, 2. las que hacen énfasis en el fracaso de la política de reformas Mijaíl Gorbachov con su glásnost (liberalización, apertura y transparencia) en los medios de comunicación garantizando la libertad de expresión, permitiendo una mayor crítica al sistema, y con su perestroika (restructuración) que a grandes rasgos liberalizaba parte de la económica pero ampliaba la brecha en un país comunista entre ricos y pobres, y 3. las que aportan una visión algo periférica pero también importante que vendría dada por el fracaso del Ejército Rojo en la guerra de Afganistán (entre los años 1978 y 1982), que aparte de infringir un importante número de bajas entre la milicia quebró la moral de los soldados, y el accidente nuclear de la central de Chernobil, que devastó por la radiación amplias zonas de Ucrania y Bielorusia, además de requerir para paliar la catástrofe medioambiental una ingente cantidad de recursos humanos, técnicos y económicos.

La descomposición soviética y su gran transición desde un sistema comunista hacía una democracia o plutocracia capitalista fue bien explicada por Rafael Poch de Feliu y otros autores, por lo que aquí tan solo señalaremos que el hueco político dejado por Mijaíl Gorbachov, después de un intento de golpe de estado involucionista por parte de una facción del ejército, fue llenado rápidamente por el presidente de la República de Rusa, Borís Yeltsin. El gran liquidador. Borís Yelsin, aunque Mijaíl Gorbachov en el mes de marzo de 1991 convocó un referéndum sobre la continuidad de la Unión Soviética, y el 78% de los votantes optó por su continuación, unos meses después, el 8 de diciembre, firma el tratado de Belavezha conjuntamente con Stanislav Shuehkevich, presidente de Bielorrusia, y Leonid Kravchuk presidente de Ucrania, por el cual «La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas deja de existir como sujeto de Derecho Internacional y realidad geopolítica». Ipso facto las repúblicas soviéticas se convertían en estados independientes, y solamente quedaban vinculadas entre si por una suerte de entidad que bautizaron con el nombre de la CEI (la Comunidad de Estados Independientes). Si esto sucedía en el terreno político en el económico y social se habían a producir cambios radicales: Borís Yeltsin impulsó una política económica de liberalización económica que llevó al estado ruso a privatizar las principales industrias del país, despuntando rápidamente una nueva clase social de nuevos ricos, que en muchos casos procedían de la vieja nomenclatura del estado, abriéndose aún más la brecha entre éstos y los más pobres, que vieron como en poco tiempo perdían las prestaciones sociales y hasta sus pensiones. Borís Yelsin pasó de ganar popularidad subiéndose encima de un tanque para parar la intentona golpista de los involucionistas a ordenar un bombardeo sobre la Duma de estos mismos tanques cuando los diputados querían destituirle.

Chechenia

Con la disolución de la Unión Soviética se iba a producir el fenómeno de la eclosión de las nacionalidades. Pueblos que durante el período soviético habían permanecido unidos formando sus territorios repúblicas federadas, repúblicas autónomas dentro de las repúblicas federadas, o regiones autónomas en ambas entidades políticas, ahora con la disolución del estado soviético empezaron, en el mejor de los casos, a tomar directamente el poder, y en el peor, a enfrentarse entre sí. Esto es importante señalarlo porque la mayoría de estados nacionales darán importancia al componente étnico, religioso y cultural por encima de una concepción ciudadana, amparada en el lugar de nacimiento y en la adopción de la nacionalidad. El dar importancia a la sangre y al componente cultural creó toda una serie de conflictos, por dos motivos: 1. porque los diferentes pueblos soviéticos no habitaban siempre un mismo territorio, y 2. porque siempre existían minorías que políticamente con la disolución de la Unión Soviética tendrán las de perder. El conflicto más serio fue el que se dio en la región autónoma rusa de Chechenia, que enfrentó a los milicianos chechenos islamistas contra el ejército ruso, y que derivó en dos encarnizadas guerras que arrojó decenas de miles muertos.

«La capital de medio millón de habitantes, recordaba al Stalingrado de 1944. A su lado Beirut de principios de los ochenta era una broma, decían los periodistas que, como Carlos Bradac, venían de allá. En los peores momentos de su salvaje cerco, Sarajevo había sufrido 3.500 explosiones al día. En Grozny se habían alcanzado las 4.000 en una hora. El resultado estaba a la vista: 3.500 edificios de la ciudad habían sido arrasados, junto con otras 4.000 casas en el resto de la república. En total 3,6 millones de metros cuadrados de vivienda destruidos, según la contabilidad oficial rusa de agosto de 1995. Para finales de 1996, cuando la guerra -la primera de las dos guerras chechenas- había concluido, los balances oficiales eran de 4.000 soldados rusos y entre 2.000 y 3.000 milicianos chechenos muertos, y una estimación de la organización de derechos humanos rusa Memorial de 50.000 civiles muertos. Además, decenas de miles de heridos y más de 200.000 refugiados y desplazados.» (Poch de Feliu, 2003: 325).

En agosto de 1996 el recién elegido presidente de Chechenia y el general ruso Alexander Lébed firman los Acuerdos de Jasaviurt por los que se establece la retirada del ejército y una moratoria de la situación política de esta región durante cinco años. Chechenia obtiene una gran autonomía pero Masájdov es incapaz de parar los excesos de los clanes chechenos, entre los que destaca el de Shamil Basaev, que se traducen en un elevado numero de asesinatos, secuestros de extranjeros y el robo sistemático del petróleo. Vladimir Putin por aquel entonces era el director del Servicio Federal de Seguridad (la sucesora de la KGB), pero será durante el verano de 1999 cuando asciende a Primer Ministro, momento en el que se produce una invasión del Daguestán por parte de los chechenos, y una cadena de atentados en el mes de septiembre en unos edificios de viviendas en Buinaksk, Moscú y Volgondosk, atribuidos también a los chechenos, que llevan al nuevo hombre fuerte a desatar la segunda guerra chechena, en la que participaron más de 100.000 soldados fuertemente equipados con armamento pesado: al final de la guerra al menos 80.000 chechenos han muerto y más de 300.000 civiles refugiados se hacinan en Ingusetia y las repúblicas limítrofes en condiciones infrahumanas. Tiempo después cuando la periodista Anna Politkóvskaya que denunció los crímenes de guerra en Chechenia fue asesinada.

«Fuera de forma inducida o espontánea, el hecho es que la invasión chechena de Daguestán de agosto de 1999 y los grandes atentados de septiembre resolvieron el problema de la sucesión en el Kremlin. Yelsin se jubilaba en junio de 2000 porque la constitución y su quebradiza salud le impedían seguir en el poder. Dejaba un legado de corrupción, crisis y debilidad de Rusia en el mundo, muy delicado tanto para su persona como para el clan de su entorno. (…) Yelsin, que decía querer sentar el precedente de una normal rotación en el poder, hizo una cosa completamente diferente: nombrar un sucesor. Su elección fue Vladimir Putin, un hombre comprometido con su clan y que, por alguna razón, el presidente consideraba más fiable y adecuado que otros, tanto para garantizarle un retiro sin incidentes como para continuar lo esencial de su política. Pero Putin debía ser votado por la población, lo que quería decir que había que convertir rápidamente en un héroe popular a un personaje que era un perfecto desconocido. La segunda guerra de Chechenia, iniciada en octubre, fue su campaña electoral, y los atentados, su incontestable justificación. Todo cuadraba y funcionó muy bien..» (Poch de Feliu, 2003: 355).

Georgia

Dos años después el mundo se conmocionaba porque el 11 de septiembre de 2001 vio por televisión como las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York se derrumbaban. Los Estados Unidos habían sido atacados con una serie de atentados terroristas por unos tíos que décadas atrás habían sido entrenados por la CIA para vencer al Ejército Rojo en la guerra de Afganistán. George W. Bush declaró la guerra al terrorismo internacional y la fuerza aérea estadounidense bombardeó el refugio de Al Qaeda en Afganistán, y más tarde, en marzo de 2003, por motivos que luego se revelaron falsos, ordenará la invasión de Iraq y la destrucción del estado hasta nuestros días. Por lo que respecta a Rusia el secuestro del Teatro de Drubrovka en Moscú, el 23 de octubre de 2002, por parte de un comando checheno, y el secuestro y posterior masacre en una escuela de la localidad de Belsán en Osetia, el 3 de septiembre de 2004, reivindicado por Shamil Basaev, fueron motivos más que suficientes para que Vladimir Putin expresará que como los estadounidenses su país estaba en la misma guerra contra el terrorismo internacional. Sin embargo, la primera intervención militar exterior de la era Putin no tuvo nada que ver con el terrorismo islamista. Fue en auxilio de los territorios de Osetia del Sur y Abjasia, encajonados en la República de Georgia. Pero antes de meternos en esta aventura militar hacen falta unos preliminares.

«Todo empezó un poco antes en Serbia en el 2000 con la revolución del Buldózer (porque emplearon uno para entrar en el Parlamento), cuando el movimiento Optor! (¡Resistencia!) liderado por Srdja Popovic, financiado por los norteamericanos, organizó las protestas que terminaron con el gobierno de Slobodan Milosevic, uno de los artífices de los Acuerdos de Dayton que pusieron punto y final a la guerra en Bosnia Herzegovina. La revolución del Buldózer, inspirada en los escritos del norteamericano Gene Sharp y su organización Albert Einstein, principalmente del texto De la dictadura a la democracia, fue exportada por miembros del CANVAS (Centro de Estrategias y Acción No Violenta Aplicada integrado por miembros de Optor!) a toda una serie de países, importantes por sus recursos energéticos o por ser su territorio paso de estos recursos, que habían integrado la Unión Soviética y que seguían aún en la orbita de Moscú. Lo hicieron en Georgia en el 2003 con la Revolución de las Rosas que expulsó a Eduard Shevardnadze, en Ucrania en el 2004 con la Revolución Naranja que expulsó a Víktor Yanukóvich, y en Kirguizistán con la Revolución de los Tulipanes que expulsó a Askar Akayev. Todas estas revoluciones denunciaron practicas dictatoriales, corrupción, y fraude electoral. Todas estas revoluciones fueron la antesala de elecciones en las que vencieron líderes políticos que introdujeron medidas liberalizadoras de mercado y cambiaron sus buenas relaciones políticas con Moscú por las de Washington. Todas estas seudo revoluciones sin contenido social no fueron espontáneas ni fueron organizas en un primer momento por las formaciones políticas o sindicales de los pueblos de estos países si no orquestadas por los revolucionarios que provenían desde el exterior que convencieron sobre todo a los jóvenes universitarios.» (Sánchez, 2014).

Más importante si cabe es que los Estados Unidos desde el 11 de septiembre empezaron a situar toda una serie de bases militares en las ex repúblicas soviéticas para dar soporte y abastecimiento a su fuerza aérea en su guerra contra el terrorismo. Por lo tanto el conflicto en Georgia, en agosto de 2008, cuando el presidente Mijeíl Saakashvili ordenó a los tanques dirigirse hacía Osetia del Sur y Abjasia, dos territorios que históricamente han querido separarse de Georgia, fue el momento de los rusos de devolver el golpe y marcar las líneas rojas con respecto a su área de influencia. Dimitri Medvédev, el que por entonces era presidente de Rusia (Vladimir Putin durante cuatro años fue Primer Ministro), expulso al ejército georgiano de los dos territorios y de facto las separó del país, sin que el bloque occidental hiciera nada por evitarlo. Se ha especulado que Mijeíl Saakashvili ordenó el inicio de esta campaña militar, que tenía como finalidad integrar en el país definitivamente estos dos territorios, para posibilitar su incorporación a la OTAN, organización que no acepta a estados que no controlen todo su territorio. Pero podría ser esto o cualquier otra razón. Recientemente Mijeíl Saakashvili, con problemas con el fisco en Georgia, sorprendentemente ha sido nombrado gobernador de la provincia ucraniana de Odesa. Circunstancia que nos entabla a la segunda aventura militar en el exterior de Vladimir Putin.

Ucrania

La gran baza de la nueva Rusia son sus inmensos recursos naturales, algunos poco explotados, pero otros como los hidrocarburos (petróleo y gas) intensivamente explotados, que una vez que se han vendido al exterior representan la principal fuente de divisas. Para Europa occidental el principal suministrador de gas es Rusia que llega a través de una importante red de gasoductos. Y los principales pasan por Ucrania. Estas tuberías que puestas en línea alcanzan 28.602 kilómetros entre el 2004 y el 2006 se cerraron y las viviendas de varios países del centro de Europa volvieron a saber lo que es el frío. Ucrania no es homogénea, el oeste habla ucraniano, es más pobre y mira hacia occidente, en cambio el este y el sur habla ruso, está más industrializado y mira hacía Rusia. Este frágil equilibrio fue roto en el 2004 con la Revolución Naranja que denunció un fraude electoral y logró expulsar a Víktor Yanukóvich, un presidente que miraba hacía Rusia, y situar a otro, Víktor Yúshchenko, que miraba hacía Europa occidental. Cuando esto se produjo Moscú dejó de vender el gas a Ucrania a un precio subvencionado y pasó a venderlo al precio del mercado: la reacción de Kiev fue robar el gas que pasaba por sus gasoductos hacía Europa occidental para su propio consumo, hecho que llevo a Moscú a cortar el suministro. Es interesante conocer estos hechos porque en cierta forma si no anticipaban por si solos el vigente conflicto si explican la dinámica que nos ha llevado de facto a una guerra civil y a una partición del país.

En el mes de diciembre de 2013 el presidente Víkctor Yanukóvich, lider del Partido de las Regiones, tenía dos ofertas tentadoras: la de un acuerdo de asociación con la Unión Europea, que abría su mercado a Europa occidental, pero que ponía en serio peligro a su industria, y la de un acuerdo muy parecido que mantenía el comercio con Rusia y otras repúblicas ex soviéticas, pero que en opinión de muchos sometía al país a Vladimir Putin. Entonces se montó el Maiden (la protestas o la revuelta) en el centro de Kiev para presionar a Yanukóvich para que aceptase la oferta de Bruselas y rechazase la de Moscú. Durante esos días en los que los mandatarios europeos presionaron a Yanukóvich, y algunos intelectuales europeos fueron a dar discursos a sus plazas, se produjeron choques con la policía, y la protesta terminó convirtiéndose en una guerrilla urbana en la que se produjeron decenas de muertes, que finalmente se tradujeron a la huida de Yanukóvich hacía Moscú, y en la toma de la oposición del poder. Por aquel entonces la mayoría de personas que veían la crisis ucraniana, aunque empezaron a llegar informaciones que entre los que protestaban había grupos de extrema derecha, la percibían como una lucha por la libertad de un pueblo ucraniano que quería sacudirse a una Rusia autoritaria y quería ser europeo. El problema es que la Ucrania silenciosa, la que habla ruso, la que hasta ese momento no había dicho nada, empezó a salir también a las calles porque no reconocía el nuevo gobierno. En cuestión de días la región minera e industrial del Dombass, que incluye los óblasts de Donetsk y Luhansk, entró en rebeldía con Kiev, y esto fue cuanto menos aprovechado por Vladimir Putin para denunciar que el nuevo gobierno de Kiev había llegado al poder por un golpe de estado. La rebelión se extendió también al sur a lugares como Odesa donde se produjeron nuevas muertes, pero fue en la península de Crimea, donde las botas militares del ejército ruso, que mantienen en este lugar la principal base naval del mar Negro, empezaron a andar y a tomar el control del territorio. Crimea, que está habitada principalmente por rusos, y que el presidente ucraniano de la Unión Soviética, Nikita Jrushchov, cedió en 1954 a Ucrania, ahora después de un referéndum volvía a la madre Rusia.

Mientras tanto las provincias rebeldes de Donetsk y Luhansk se enfrentaban a Kiev en una suerte de guerra civil y se proclamaban independientes. Moscú envío varias columnas de alimentos y medicinas, pero Kiev y el bloque occidental afirman que este soporte ha ido más allá denunciando que Moscú ha proporcionado armamento a los rebeldes. El 17 de julio de 2014 se produce el incidente del vuelo MH17, un avión de Malaysia Airlines que pasaba por la región en conflicto, que explotó en el aire. Esto fue atribuido tanto a unos como a otros: la investigación oficial holandesa (la mayoría del pasaje era de este país) atribuye el atentado a un misil BUK lanzado por los pro-rusos, mientras que Moscú afirma lo contrario, y Kiev atribuye directamente el hecho a los servicios secretos rusos. El 11 de febrero del vigente año las partes firman en Minsk unos acuerdos de alto el fuego encaminados a solucionar el conflicto pero este dista de resolverse. Moscú siempre ha querido mantener su influencia en Ucrania como Washington la quiere mantener en todos los países latinoamericanos. Ucrania a fin de cuentas fue una de las republicas fundadoras de la Unión Soviética, más de la mitad de su población habla ruso y mantiene lazos culturales con Rusia, y por si faltara algo el origen de Rusia se remonta al Rus de Kiev. Pero todos estos argumentos aunque importantes son secundarios porque Moscú desde la ascensión de Putin al poder lo que pretende es recuperar al menos la influencia sobre todo aquello que se perdió con la desaparición de la Unión Soviética. Pero volveremos sobre esta cuestión más adelante.

Siria

Rusia desde el principio ha apoyado al régimen de Bashar Al Asad. En el territorio sirio los rusos mantienen una base militar en el puerto de Tartús y otra aérea de reciente creación cerca de Latakia. Para Rusia estos emplazamientos son vitales para mantener abierto el paso de su flota del Mar Negro al Mar Mediterráneo. Las relaciones entre Moscú y Damasco se remontan a la ascensión del Baaz en Siria, formando esta influencia una baza importante durante la Guerra Fría, y se incrementaron desde el golpe de estado de Hafez Al Asad en 1971: los rusos han apoyado a esta dinastía y han facilitado previo pago todo tipo de armamento al régimen. Con la eclosión de la revuelta árabe en el 2011 y la represión del ejército contra la población que se ha levantado contra el régimen, se inicia una cruenta guerra civil que hasta la fecha, como apuntaba al principio de este artículo, ha provocado 300.000 muertos, 4 millones de refugiados, y 7 millones de desplazados internos. Antes de entrar en esta cuestión para entender la actitud rusa debemos desplazarnos a otro escenario de conflictividad que forma parte también de la revuelta: la guerra civil en Libia. La revuelta en Libia es reprimida con dureza por el régimen de Muammar el Gadafi por lo que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el 17 de marzo de 2011, promulga la resolución 1970 que permite el uso de la fuerza para imponer una zona de exclusión aérea (como en su momento se estableció en Yugoslavia y más tarde en Iraq) por motivos humanitarios para proteger a la población civil. Rusia y China hicieron posible esta resolución con su abstención pero cuando el Reino Unido, Francia y los Estados Unidos, coordinados por la OTAN, pasan de proteger a los civiles a dar soporte a los insurgentes desde el aire, y a colaborar efectivamente a la destrucción del régimen, los rusos afirman que les han engañado. Este precedente iba a traer las peores consecuencias para los civiles sirios porque la comunidad internacional frente a su guerra civil se dividía claramente y ya no tendría mecanismos legales para imponer una nueva exclusión aérea.

Entonces fue cuando el bloque occidental empezó a armar a los rebeldes sirios. Había un autodenominado Ejército Libre de Siria, que en principio estaba coordinado por el Congreso Nacional sirio en el exilio, y que el bloque occidental lo consideraba la oposición moderada al régimen, y al que los nuestros armaron y entrenaron a discreción en Jordania y Turquía. El problema llegó con la irrupción en el país de las milicias islamistas financiadas por las monarquías del Golfo Pérsico. En el fondo los colegas sunníes no estaban haciendo algo diferente de lo que hacía el bloque occidental, lo que sucede es que de entre estas milicias empezó rápidamente a despuntar el frente Jabhat Al Nusra, que no es otra cosa que la franquicia de Al Qaeda en la región, que cada vez estaba ganando más combatientes que se pasaban del Ejército Libre de Siria. Cuando el régimen sirio y los insurgentes se acusan mutuamente de usar armamento químico contra la población civil, Barak Obama por su cuenta y riesgo decide intervenir militarmente. Pero esto es abortado. La diplomacia rusa convence al régimen sirio para que se deshaga de su armamento químico y no se produce ningún bombardeo. Lo que sucede después es algo sorprendente: la irrupción definitiva del ejército del Estado Islámico de Iraq y Sham que se convertirá en pocos meses en la fuerza insurgente más importante de la región.

Los Estados Unidos frente al desastre en Iraq y Siria que está protagonizando el Estado Islámico entonces deciden intervenir militarmente liderando una coalición a la que se suman las monarquías del Golfo Pérsico, pero sus bombardeos no consiguen neutralizar este verdadero ejército que ha construido un verdadero estado borrando las fronteras de ambos países árabes. La oleada de refugiados sirios hacía los países limítrofes como son Turquía, El Líbano y Jordania, y los primeros atentados del Estado Islámico en estos países, llevan a Turquía a iniciar una campaña de bombardeos selectivos contra el Estado Islámico. Pero lo que sucede en realidad es que Ankara aprovecha esta campaña para bombardear también a las milicias kurdas del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán): da igual que estas milicias combatan al Estado Islámico para Ankara representan una mala influencia para los kurdos turcos y una amenaza para su integridad territorial. La llegada masiva de refugiados sirios desde Turquía a las islas griegas para iniciar la larga marcha hacía Alemania atravesando los Balcanes, y la fotografía de un niño muerto en una playa turca, provocan la solidaridad de la ciudadanía europea con los refugiados, mientras Hungría levanta alambradas, pero también es el momento en que Francia y la Gran Bretaña señalan que se debe resolver el problema en su origen, y por esa razón empiezan una campaña selectiva de bombardeos en Siria contra el Estado Islámico.

Frente a esto Rusia pasa a la acción anunciando una alianza con Siria, Iraq e Irán para realizar todo tipo de operaciones militares coordinadas desde Bagdad. Los rusos desplazan a Siria una cincuentena de cazabombarderos, una treintena de helicópteros, y varios buques en el Mar Caspio a miles de kilómetros, que empiezan a lanzar misiles y bombardear posiciones del Estado Islámico, también del frente de Jabhat Al Nusra, y el resto de la insurgencia que queda del Ejército Libre de Siria. En esta campaña rusa desde el aire en alguna ocasión se viola el espacio aéreo turco, por error o no, y Ankara lo denuncia enérgicamente, siendo respaldada por la OTAN con toda su fuerza. En los mismos días Francia y el Reino Unido y los Estados Unidos afirman que en Siria debe abrirse un proceso de transición a la democracia sin Bashar Al Asad, al que Francia quiere procesar por crímenes contra la humanidad. Un mes atrás el Ministro de Asuntos Exteriores español José Manuel García Margallo, durante una visita a Teherán, afirmaba que ya era hora que la comunidad internacional empezase negociaciones con el régimen sirio, palabras que luego matizó señalando que el proceso transitivo en Siria debía realizarse sin Bashar Al Asad, pero que hasta hace pocos días mantiene. Esta visita de la diplomacia española a Teherán en cierta forma también ha sido posible por la política exterior de Moscú: los rusos han jugado un importante papel en las negociaciones entres los iraníes y la comunidad internacional liderada por Estados Unidos sobre el contencioso nuclear. Durante años Teherán mantiene que ha construido centrales nucleares para obtener energía eléctrica pero el bloque occidental ha visto siempre la sombra de un programa nuclear militar que podría llevar a los iraníes a la obtención de la bomba atómica.

Rusia

La Rusia de Putin es la principal heredera tanto de la extinta Unión Soviética como del Imperio ruso zarista. Desde la Revolución de Octubre de 1917, liderada por Lenin y los bolcheviques, los rusos y el resto de pueblos soviéticos sufrieron penalidades indecibles, y también las provocaron, lograron progresar y sacar a su país de subdesarrollo. La Unión Soviética fue fundamental para la derrota del nazismo y después de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en una superpotencia, que rivalizaba con los Estados Unidos, en una tensión constante por controlar y dividirse el mundo en esferas de influencia, durante toda la mitad del siglo XX, en lo que se ha venido a llamar como la Guerra Fría. Las purgas y los crímenes de Iósif Stalin fueron denunciados por el bloque occidental, pero lo que es menos conocido es que los propios rusos desde Jrushchov lo revisaron, denunciaron, e hicieron también su autocrítica. En este artículo se han apuntado algunas de las razones de porque la Unión Soviética terminó por desaparecer, que sucedió con Rusia los años que siguieron, pero mi propósito era el de exponer sobre todo cual era la política internacional rusa en las últimas décadas. Podemos señalar que Rusia heredó tanto conflictos no resueltos entre sus nacionalidades que durante la existencia de la Unión Soviética estaban virtualmente resueltos, como estructuras y formas autoritarias del anterior régimen, circunstancias que tras una caída en los infiernos que protagonizó Boris Yelsin, el gran liquidador, fueron aplacadas las unas y apropiadas las otras por Vladimir Putin. Pienso como Rafael Poch de Feliu que el conflicto checheno fue hábilmente instrumentalizado por Putin para tomar el poder. Fue en cierta forma algo parecido a lo que hizo George W. Bush tras los atentados del 11 de Septiembre de 2001. Pero la diferencia es que en el caso ruso había un país por rehacer, en el que la venta de hidrocarburos proporcionaron importantes recursos económicos, y en el que las aventuras militares como Georgia, Ucrania y ahora Siria, en un momento delicado por la bajada de los precios del petróleo, han situado de nuevo a Rusia como superpotencia en el mundo, y ha devuelto a los rusos ese orgullo perdido tras la desaparición de la Unión Soviética.

El objetivo de Putin es doble: la recuperación de su Rusia como país con su área de influencia integrada por el resto de ex repúblicas soviéticas, por las buenas o por las malas, y la creación de un polo de poder en el mundo, como la alianza que mantiene con el BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), o con la media luna chiíta en el mundo musulmán (Irán, Iraq y Siria), que equilibre las relaciones internacionales con el bloque occidental. En cuanto a la cuestión inicial sobre si Rusia representa una amenaza a la paz mundial o por el contrario responde como una nación fortificada que se siente amenazada, mi conclusión es que estrictamente en términos absolutos no es ni una cosa ni la otra. Mi certeza, probada en hechos, es que cualquier superpotencia está tentada a hacer impunemente lo que quiera con el resto del mundo. Pero todo dependerá de dos circunstancias, la conflictividad en el mundo, en la que desde hace unas décadas ha mantenido un importante protagonismo el islamismo radical, y sobre todo los movimientos que lleve a cabo en esta partida de ajedrez el bloque occidental. Vladimir Putin, como decía más arriba, quiere recuperar una grandeza para Rusia perdida tras la desaparición de la Unión Soviética y por eso al mismo tiempo que ha puesto en cintura a los oligarcas en su país ha cambiado la política exterior.

Bibliografía:

Libros:
– Poch de Feliu, Rafael (2003) La gran transición. Rusia 1985 – 2002. Crítica. Memoria Crítica. Barcelona.
– Service, Robert (2010) Historia de Rusia en el siglo XX. Crítica. Memoria Crítica. Barcelona.

Artículos:
– Sánchez, Francesc (2003) Chechenia, una guerra olvidada.
– Sánchez, Francesc (2005) La toma de Kirguizistán.
– Sánchez, Francesc (2006) Cuando Rusia hace temblar a Europa.
– Sánchez, Francesc (2014) Ucrania en la nueva Guerra Fría.

Francesc Sánchez – Marlowe. Barcelona.
Redactor, El Inconformista Digital.

Incorporación – Redacción. Barcelona, 18 Octubre 2015.